La nueva era espacial dispara la basura en órbita y la huella ambiental en la Tierra

La falta de regulación internacional agrava el problema de la basura espacial y su impacto en satélites operativos

La nueva era espacial dispara la basura en órbita. (ESA)

La nueva era de la exploración espacial ha desatado un ritmo récord de lanzamientos en Estados Unidos, pero también una huella ambiental sin precedentes que ya deja secuelas en el planeta y en la Luna, mientras la NASA y la industria privada tratan de mitigarla.

El impacto de la etapa superior de un cohete Falcon 9 de SpaceX en la superficie lunar el pasado 5 de agosto es el ejemplo más claro de que las misiones espaciales deben tener en cuenta qué ocurrirá con sus desechos una vez completadas.

A esto se suma el rescate fallido del telescopio orbital Swift este mismo mes, que se desintegrará a finales de este año tras reingresar en la atmósfera terrestre, en lo que supone un nuevo episodio de basura espacial.

Más de 9,000 toneladas de basura espacial

Según datos de la NASA, más de 25,000 objetos de más de 10 centímetros orbitan actualmente la Tierra, una cifra que alcanza el medio millón para las partículas de entre 1 y 10 centímetros de diámetro, y que supera los 100 millones si se tienen en cuenta todas aquellas de más de un milímetro.

En total, la agencia espacial estadounidense calcula que la basura espacial ya supera las 9,000 toneladas.

El principal problema de esta cantidad de residuos es la velocidad descomunal a la que orbitan la Tierra, lo que amenaza con impactar en satélites operativos y, en un hipotético escenario denominado 'síndrome de Kessler', provocar una reacción en cadena de colisiones que genere miles de nuevos fragmentos.

La falta de una regulación internacional vinculante para limpiar la órbita y el elevado coste técnico de retirar objetos obsoletos han provocado que la acumulación crezca a un ritmo mucho mayor que las soluciones para frenarla.

No obstante, el administrador de la NASA, Jared Isaacman, lanzó recientemente un mensaje de tranquilidad, asegurando que se ha realizado "un gran progreso" en la gestión de los residuos de misiones espaciales.

"Antes, la norma era desechar todos los cohetes en el océano. Ahora hemos visto cómo en los últimos años SpaceX ha recuperado más de 600 de sus propulsores, y Blue Origin ha hecho lo mismo con el New Glenn", dijo Isaacman en declaraciones a Fox News.

La reutilización es precisamente el principal objetivo del desarrollo de Starship, el cohete reutilizable de SpaceX con el que la NASA confía en establecer una presencia humana permanente en la Luna en los próximos años dentro de su programa Artemis.

El coste ambiental en la Tierra

Pero para conseguir estos avances y extender su hegemonía en el espacio, la compañía fundada por Elon Musk efectúa lanzamientos casi semanales desde California, Florida y Texas.

En Texas, organizaciones ambientalistas han criticado durante años las operaciones de SpaceX y han advertido sobre sus efectos en el frágil ecosistema que rodea Starbase, situado junto al delta del río Grande (o río Bravo en México) y los humedales protegidos de Boca Chica.

Las instalaciones de la compañía de Elon Musk se encuentran cerca del Refugio Nacional de Vida Silvestre del Bajo Valle del Río Grande, creado en 1979 y considerado uno de los últimos hábitats de calidad en Estados Unidos para el ocelote, una especie en peligro de extinción. La reserva alberga además halcones aplomados y numerosas aves migratorias.

Los grupos ecologistas sostienen que la rápida expansión de SpaceX ha deteriorado estos terrenos. Algunos lanzamientos del megacohete Starship han terminado en explosiones que dispersaron restos de hormigón y metal a más de diez kilómetros de distancia, incluso sobre áreas del refugio.

Un estudio publicado en 2024 determinó que, después de uno de esos lanzamientos, todos los nidos de aves costeras supervisados cerca de las instalaciones sufrieron daños o la pérdida de sus huevos.

Pese a esas denuncias, en 2025 la Administración Federal de Aviación (FAA, en inglés) autorizó a SpaceX a realizar hasta 25 lanzamientos anuales desde el sur de Texas, cinco veces más que el límite anterior. Tras efectuar un análisis ambiental, la agencia concluyó que el aumento de las operaciones no tendría un impacto significativo sobre el entorno.

La expansión de la compañía también afronta una demanda presentada el pasado mes de julio por organizaciones ambientalistas e indígenas para frenar un acuerdo mediante el que el Gobierno federal pretende transferir a SpaceX unas 294 hectáreas de terrenos públicos pertenecientes al refugio.

Los demandantes —el Centro para la Diversidad Biológica, Save RGV, la Nación Carrizo/Comecrudo de Texas y la Red de Justicia Ambiental del Sur de Texas— sostienen que el Gobierno está utilizando el deterioro provocado por las actividades de la empresa como justificación para entregarle los terrenos.

Parte de las tierras pertenece a Palmito Ranch, escenario del último enfrentamiento de la Guerra Civil estadounidense.

El crecimiento de Starbase ha generado asimismo malestar entre residentes del Valle del Río Grande debido a las restricciones de acceso a la playa de Boca Chica. SpaceX y el Condado de Cameron cierran la entrada antes y durante los lanzamientos, unas medidas que pueden prolongarse durante varios días si el despegue se retrasa.

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