Lo que aprendí el día que llevamos a mi mamá al asilo

No todo puede ser como queremos, pero sí puede ser hecho con respeto y conciencia

Llevar a mi mamá al asilo no fue rendirme; fue aceptar. Y aceptar, aunque duela, también libera. (Shutterstock)

Ayer llevamos a mi mamá a un asilo. Lo escribo así, sin rodeos, porque durante días intenté suavizar la palabra: residencia, centro, hogar de adultos mayores. Pero al final, el nombre no cambia el peso del momento.

Fue una decisión que tomamos entre mis hermanos y yo, no desde el abandono ni la comodidad, sino desde una realidad concreta y honesta. Pensamos que ella necesitaba más compañía de la que un apartamento alquilado y dos cuidadoras por turnos podían ofrecerle.

Desde hace tres años, cuando sufrió un ACV, su vida se fue achicando. No de manera escandalosa, sino silenciosa. De lunes a viernes una cuidadora, de viernes a lunes otra. Rutinas cumplidas, medicinas a tiempo, comida servida, la casa limpia. Todo correcto. Pero también mucha soledad.

Mi mamá fue siempre una mujer profundamente sociable. Coordinaba fiestas, reuniones, encuentros. ¡Imagínate! Su grupo de amigas antes de su desafortunado episodio se llamaba “Gozadera Full”.

Si yo tenía la suerte de salir a algún sitio con ella (tenía una agenda muy apretada) y que tuviera música en vivo, todos la conocían, desde el dueño del local, el cantante y los músicos del grupo de turno, hasta los meseros.

La incómoda realidad

Pero ayer al acompañarla a su nueva residencia, entendí algo con una claridad incómoda: no todas las relaciones crean vínculos reales. Hay personas que pasan por tu vida en abundancia, pero no necesariamente se quedan.

Las amigas que hoy la visitan, las que se han mantenido presentes, son las de toda la vida. Incluso algunas a las que ella misma llegó a rechazar en algún momento, porque cambió de entorno, de estilo de vida, de prioridades. No lo digo para juzgarla.

Al contrario. Lo digo reconociendo una vez más que todos hacemos lo que podemos con las herramientas que tenemos en cada etapa. Ese fue mi primer aprendizaje, porque yo no fui solo a acompañarla, también fui a aprender.

Aprendí además, que no te llevas nada. Nada. Una enfermera (bastante poco empática en su forma, aunque seguramente entrenada para hacer su trabajo rápido) empezó a sacar de la habitación todo lo que no se podía quedar en el centro de acuerdo a sus políticas.

No dinero. No joyas. No objetos de valor, “por si acaso se los roban”. Sin cuadros, sin fotografías, porque no podemos hacer hoyos en las paredes. Ella estaba en modo automático, demostrando quien era la jefa del lugar y me dejó atónita.

Y aunque le dije que creía que ella necesitaba ser más empática (ella muy sabia me dijo que yo tenía razón y me pidió disculpas), entendí que yo no estaba ahí para discutir, sino para aceptar.

Ver cómo sacaban esas cosas al pasillo fue brutalmente simbólico. No porque mi mamá fuera materialista (nunca lo fue) sino porque en ese gesto comprendí, de verdad, no como frase repetida, que al final no nos llevamos nada.

Ni los objetos, ni los títulos, ni las versiones de éxito que construimos. Nos llevamos lo vivido. Y ni siquiera eso completo.

Aceptar y liberarse

Lo que yo siento no es solo tristeza. Sería muy fácil decir eso y ya. Siento tristeza, sí, pero también siento tranquilidad, paz y, sobre todo, aceptación. Mucha aceptación. Porque hay cosas que ya no están dentro de mi control, y pelear con eso no me devuelve nada.

Me hubiera gustado hacer muchas cosas con ella. Llevarla a Italia, por ejemplo. Compartir planes que nunca se dieron porque, a veces, ella elegía otras compañías, otros ritmos, otras prioridades que no siempre éramos sus hijos. Pero no me quedo enganchada en esos pensamientos. No porque no duelan, sino porque no ayudan. No suman.

Tengo suficiente entrenamiento para reconocer cuándo un pensamiento llega solo a lastimar y cuándo es mejor soltarlo, dejarlo ir, no alimentarlo. Porque quedarse ahí no cambia el pasado ni mejora el presente. Y la vida ya me ha enseñado demasiadas veces que uno tiene que hacer las paces con la incertidumbre.

Nos pasamos la vida planificando el retiro, el futuro, el “algún día”. Tenemos ideas muy claras de cómo deberían terminar las cosas. Pero nadie sabe cómo va a morir.

Puedes morir con demencia, como mi papá, sin poder recordar lo recordable ni lo importante. Puedes morir en tu cama, tranquilo. O puedes atravesar una larga y dura agonía. No hay garantías. Ninguna.

Por eso creo tanto en vivir el día a día. En mirar lo lindo que tiene, incluso cuando no es perfecto. En disfrutar lo que sí está, lo que todavía funciona, lo que no produce quejas. En no gastar la poca energía emocional que tenemos en pelear con lo inevitable.

Llevar a mi mamá al asilo no fue rendirme; fue aceptar. Y aceptar, aunque duela, también libera.

No la llevamos para desaparecer de su vida. La llevamos para que su vida tenga más vida. Más voces. Más miradas. Más historias alrededor. Y entiendo que, dentro de todo, va a estar bien. Ayer confirmé algo que ya intuía: honrar a nuestros padres no siempre se ve como uno lo soñó.

Ayer llevamos a mi mamá al asilo y entendí que esta etapa de la vida no admite fantasías. No todo puede ser como queremos, pero sí puede ser hecho con respeto y conciencia.

Yo no salí de allí sintiéndome heroica ni derrotada; salí entendiendo que hay procesos que no se controlan, solo se acompañan. Dejar de pelear con lo inevitable es hacer que aparece una paz distinta, más silenciosa, menos espectacular, pero necesaria.

Me quedo con:

  1. No todas las relaciones crean vínculos reales.
  2. Al final no nos llevamos nada material. Nos llevamos lo vivido. Y ni siquiera eso completo.
  3. Seguir haciendo las paces con la incertidumbre. Cuéntale a Dios tus planes, pero acuérdate que Él decidirá.
  4. Nadie sabe cómo morirá. Ni cuándo.

Es escritora, mentora de futuras autoras, consultora de bienestar, facilitadora de Mindfulness, y cofundadora del Instituto Dominicano de Mindfulness (INDOMIND). Puedes conectar con ella en redes sociales: @ericarolcarlo