Argentina, Messi y el problema de castigar a los que ganan
La trayectoria del jugador y el dominio de la selección argentina invitan a reflexionar sobre la presión del éxito, el papel de las redes sociales y por qué la excelencia sostenida suele generar más críticas que admiración
Descubrí el fútbol en el Mundial de México 86. Mis hermanos, todavía unos niños, me enseñaron que durante unas semanas el planeta entero parecía detenerse frente a un televisor y que noventa minutos podían contener más emociones que muchas películas.
Un gol es una de las mejores sensaciones que podemos experimentar, comparable incluso con encontrar dinero en el bolsillo de un pantalón que teníamos meses sin usar, llegar al banco y descubrir que no hay fila o escuchar que se fue la luz en todo el sector menos en nuestra casa.
Porque cuando la pelota entra, uno grita, salta, abraza al que tiene al lado (aunque cinco minutos antes estuviera discutiendo con él) y por unos segundos se olvida hasta de la pastilla de la presión (aunque sea favorable tomársela sin falta), de la compra y de que al día siguiente hay que madrugar.
Sergio Goycochea y Ricardo Darín
Pero fue en Italia 90 cuando ocurrió algo más importante: me enamoré de la selección Argentina. La culpa la tuvo Sergio Goycochea (Ricardo Darín, que es, para mí, el mejor actor del mundo, también tuvo algo de culpa).
Además de que parecía un modelo de revista, Goycochea parecía tener una relación especial con los penales y con los nervios de millones de personas.
Confieso que nunca me convertí en una fanática que conoce los calendarios, las alineaciones o las estadísticas. Soy de esas personas que reaparecen cada cuatro años, se sientan frente al televisor y vuelven a emocionarse como si nunca se hubieran ido.
Pero una cosa permaneció intacta: Argentina se quedó siendo mi selección. Y sospecho que ya no tiene remedio.
En la película El secreto de sus ojos, también argentina, una de las mejores películas que he visto y, para rematar, protagonizada por Darín, hay una frase memorable sobre las pasiones humanas y su extraordinaria capacidad de sobrevivir al tiempo, a las circunstancias y a las decisiones racionales:
- una persona puede cambiar muchas cosas en la vida, pero no puede cambiar de pasión.
Quizás por eso, por este cariño casi inexplicable hacia un país que no es el mío, y que tuve la dicha de conocer durante unos pocos días, me entristece lo que he visto recientemente en las redes sociales alrededor de la selección, del país sudamericano y de Lionel Messi.
Estuve en Buenos Aires en octubre del año pasado, en el inicio primaveral de esta ciudad inolvidable. Confieso que viajé esperando encontrarme con un lugar lleno de personas convencidas de su propia superioridad.
Después de todo, ese es uno de los estereotipos favoritos del resto de América Latina. Basta escuchar cualquier chiste sobre argentinos para encontrarse con esa idea. Al contrario de mis aprehensiones, descubrí una ciudad culta, llena de librerías, teatros y conversaciones interminables en los cafés.
Descubrí personas orgullosas de su cultura y de su historia, algo que probablemente todos los países deberíamos aprender a hacer mejor. De todas las ciudades latinoamericanas que he visitado, Buenos Aires es probablemente aquella a la que más deseo regresar.
El problema de las redes sociales
Volviendo al mundial y desprendiéndome de la nostalgia de los días que pasé recorriendo Buenos Aires, siento que las críticas constantes y el aparataje de descrédito montado en las redes sociales, específicamente hacia Messi, habla más de los demás que de él.
Pareciera que una parte del público nunca termina de estar satisfecha con su desempeño. Es más, con su existencia. Si marca un gol, debió marcar dos. Si asiste, debió ser él quien anotara. Si gana, ganó el equipo. Si pierde, perdió Messi.
Las redes sociales han convertido el éxito sostenido de Argentina en una especie de delito. Nos encantan las historias del pequeño que derrota al gigante, pero nos incomoda el gigante que sigue ganando. Celebramos al desconocido que sorprende al mundo, pero empezamos a cansarnos del que lleva años demostrando excelencia. Es una tendencia curiosa.
Yo misma me descubrí apoyando con entusiasmo a algunas de las selecciones consideradas pequeñas durante este Mundial (jamás en contra de Argentina). Porque el deporte tiene esa capacidad maravillosa de hacernos creer en lo improbable. Pero apoyar al pequeño no debería implicar destruir al grande. Admirar la sorpresa no debería obligarnos a despreciar la constancia.
Quizás esa sea la primera gran lección que nos deja este Mundial: el éxito prolongado también merece respeto.
La segunda es que ningún talento, por extraordinario que sea, gana solo. Las estrellas se llevan las cámaras, pero los campeonatos suelen ganarlos los equipos que entienden cómo jugar juntos.
La tercera es que la disciplina sigue siendo más poderosa que la inspiración momentánea. Detrás de cada gran actuación hay años de entrenamiento, repeticiones y sacrificios que nadie ve.
La cuarta es que las historias pequeñas siguen teniendo espacio para emocionarnos. Algunas de las narrativas más hermosas del deporte nacen precisamente allí donde nadie esperaba encontrarlas. Después de todo, soy escritora. Siempre estoy buscando historias.
Y la quinta lección quizás sea la más importante de todas: nunca agradaremos a todo el mundo.
Si Messi sigue siendo cuestionado después de ganar prácticamente todo lo que un futbolista puede ganar, tal vez muchos de nosotros podamos abandonar la fantasía de que existe un nivel de éxito, esfuerzo o excelencia que nos pondrá finalmente a salvo de la crítica. No existe.
Así que sí. Argentina seguirá siendo mi selección, no importa que gane o pierda. Porque algunas elecciones no se hacen desde la lógica sino desde el afecto. Y porque, al final, podemos cambiar de trabajo, de ciudad, de ideas e incluso de país. Pero hay pasiones que deciden quedarse a vivir con nosotros.