El otro peso de la obesidad: cuando el estigma también afecta la salud
La discriminación, los prejuicios y el miedo al juicio pueden convertirse en barreras para buscar atención médica. Cambiar la manera de hablar sobre la enfermedad es también una forma de mejorar el acompañamiento
Cuando hablamos de obesidad, la conversación suele quedarse en el peso, la alimentación o la actividad física. Sin embargo, hay otra carga que muchas personas llevan consigo y que no aparece en ninguna báscula: el estigma.
Para quienes viven con obesidad, los comentarios, las miradas, los prejuicios y hasta determinadas experiencias en una consulta médica pueden terminar afectando su bienestar emocional y su relación con el sistema de salud.
El nutricionista clínico y dietista del Hospital Clínic de Barcelona, Marc Caballero Bartolí, lo explica a partir de una palabra que, aunque pueda parecer antigua, sigue teniendo mucha vigencia: estigma.
La Real Academia Española define este término, entre otras acepciones, como una “marca hecha en la piel con un hierro candente” o una “nota infamante”. Y esa idea ayuda a entender lo que ocurre cuando una enfermedad deja de verse como una condición médica y comienza a convertirse en una etiqueta sobre la persona.
El problema, además, no es menor. De acuerdo con los datos compartidos por Caballero Bartolí, el 78 % de los pacientes reporta problemas relacionados con estrés postraumático derivados de experiencias estigmatizantes. A esto se suma un riesgo 32 % mayor de desarrollar depresión y ansiedad asociado al estigma por el peso.
En otras palabras, el rechazo no ayuda a perder peso ni favorece hábitos más saludables. Por el contrario, puede generar aislamiento, afectar la autoestima y hacer que algunas personas retrasen o eviten una consulta médica por temor a sentirse juzgadas.
Cuando el prejuicio entra al consultorio
El estigma relacionado con el peso es una de las formas de discriminación que todavía cuenta con una amplia aceptación social. De hecho, un consenso internacional publicado en Nature Medicine en 2020 llamó la atención sobre la discriminación que enfrentan las personas con obesidad en ámbitos como el trabajo, la educación y la atención sanitaria.
Una de las ideas que más contribuye a este problema es asumir que el peso corporal es simplemente el resultado de una falta de disciplina.
“Un dato alarmante es que el 74 % de los pacientes se ha sentido maltratado por profesionales sanitarios”, señala Caballero Bartolí, quien también advierte sobre la presencia de sesgos entre algunos profesionales que pueden interpretar al paciente como perezoso o incumplidor.
El resultado puede ser un círculo difícil de romper: una persona teme ser juzgada, posterga la consulta, recibe atención más tarde y, mientras tanto, una condición de salud puede continuar avanzando.
Por eso, hablar de obesidad requiere mirar mucho más allá de la cifra que aparece en la balanza.
No todo se reduce a fuerza de voluntad
Quizás uno de los mitos más instalados alrededor de la obesidad es que todo se resuelve con “comer menos y moverse más”. Aunque la alimentación y la actividad física forman parte del tratamiento, la regulación del peso es mucho más compleja.
El organismo cuenta con mecanismos biológicos que intervienen en el hambre, la saciedad, el gasto energético y el almacenamiento de grasa. Incluso existen genes relacionados con la ingesta de alimentos cuya expresión se concentra principalmente en el sistema nervioso central, incluido el hipotálamo, una zona fundamental para regular el apetito.
Además, nuestro cuerpo conserva mecanismos que durante miles de años fueron útiles para sobrevivir en períodos de escasez. Cuando una persona pierde peso mediante una restricción importante de alimentos, el organismo puede responder aumentando las señales de hambre y reduciendo el gasto energético.
Es, en cierto modo, una respuesta de defensa de las reservas de energía.
Y aquí aparece otro punto importante: estos cambios pueden mantenerse incluso después de haber perdido peso. Por eso, recuperar parte del peso después de una dieta restrictiva no necesariamente significa que una persona “fracasó” o que no tuvo suficiente voluntad.
En personas con obesidad grave también pueden alterarse señales hormonales relacionadas con la saciedad. Entre ellas está la leptina, una hormona que participa en la comunicación entre el tejido adiposo y el cerebro.
“Cuando el cerebro no recibe el mensaje de que el cuerpo ha comido suficiente, genera un estado de hambre biológica real”, explica Caballero Bartolí.
Todo esto ayuda a entender por qué la obesidad no puede explicarse únicamente desde las decisiones individuales. Hay factores biológicos, ambientales, sociales y conductuales que interactúan entre sí.
Las palabras también forman parte del tratamiento
Si el estigma puede convertirse en una barrera para recibir atención, cambiar la manera de hablar sobre la obesidad es un paso importante.
La Federación Mundial de la Obesidad y otros especialistas promueven el llamado lenguaje centrado en la persona. La idea es sencilla: la enfermedad forma parte de la vida de alguien, pero no define quién es esa persona.
Así, en lugar de decir “paciente obeso”, se recomienda hablar de “persona con obesidad” o “persona que vive con obesidad”. Puede parecer un cambio pequeño, pero el lenguaje influye en la manera en que percibimos y tratamos a los demás.
Caballero Bartolí lo compara con otras enfermedades: “Así como no decimos ‘canceroso’ sino ‘persona con cáncer’, porque la persona no se define por la enfermedad que tenga”.
También propone sustituir expresiones como “obesidad mórbida” por “obesidad grave” y “fracaso en el tratamiento” por “falta de respuesta al tratamiento”.
De igual manera, se plantea evitar expresiones como “guerra contra la obesidad”, que pueden reforzar la idea de que existe un enemigo al que hay que combatir en lugar de una enfermedad que necesita atención.
Pero el lenguaje no es la única pieza.
El entorno sanitario también puede transmitir mensajes de inclusión o, por el contrario, hacer que una persona se sienta incómoda o expuesta. Por eso, los centros de salud necesitan contar con mobiliario adecuado, asientos amplios, básculas capaces de soportar distintos pesos, manguitos de presión arterial de mayor tamaño y batas de diferentes tallas.
Son detalles que pueden parecer secundarios hasta que uno se encuentra del otro lado de la consulta. Entonces, tener un espacio pensado para distintas corporalidades deja de ser una comodidad y se convierte en una cuestión de dignidad.
"La obesidad continúa creciendo de forma silenciosa en RD", Dr. José A. García Pérez
Una conversación que puede cambiar la consulta
En este contexto surge la campaña “Hablar te quita un peso de encima”, impulsada por Adium, que busca promover una conversación médica más abierta y respetuosa alrededor de la obesidad.
Porque hablar con un profesional de la salud no debería reducirse a escuchar un número en la báscula o recibir el consejo de “hacer dieta”. Una consulta puede ser el espacio para revisar antecedentes, enfermedades asociadas, salud metabólica, bienestar emocional, dificultades para mantener determinados hábitos y las distintas alternativas de tratamiento disponibles.
Dependiendo de cada caso, el abordaje puede incluir cambios en el estilo de vida, nutrición, actividad física, apoyo conductual, atención de la salud mental, medicamentos aprobados u otras terapias, siempre bajo evaluación profesional.
Al final, quitarle peso al estigma también significa dejar de cargar a las personas con culpa. La obesidad necesita atención médica sostenida y personalizada, pero también una conversación en la que el paciente pueda sentirse escuchado y acompañado.
Porque antes de cualquier tratamiento hay algo tan sencillo como importante: poder entrar a una consulta sin miedo a ser juzgado.