Tocando fondo

Los sucesos de los últimos días han dejado esta sociedad estremecida, horrorizada y triste

La corrupción –velada o frontal– se ha enquistado de forma tal que parece imposible librarse de ella. (Luiggy Morales)

Los sucesos del pasado reciente, con saldo trágico, nos hacen temer que como sociedad estamos tocando fondo. Los muertos se acumulan, la justicia tarda y al pueblo no se le puede pedir más paciencia.

Los sucesos de los últimos días han dejado esta sociedad estremecida, horrorizada y triste. Una muerte sin sentido, con una violencia exacerbada, nos dejó temblando, airados, llenos de preguntas. Dos familias destruidas. Orlando tenía a un Judas a su lado, suponemos que jamás pensó que la traición vendría de parte de uno de sus amigos más cercanos.

Por más que intentemos negarlo o disminuirlo, lo cierto es que la corrupción –velada o frontal– se ha enquistado de forma tal que parece imposible librarse de ella. Ser serio, en este sistema, puede costarte la vida.

¿Cuántos “Miguel Cruz” pululan alrededor de los ministerios y oficinas gubernamentales, sin ningún otro mérito que ser amigo de alguien, buscando sacar provecho de esa “amistad”?

¿Cuántos, al igual que Orlando, están dispuestos a poner su vida en juego y su familia en riesgo, enfrentando mafias e intereses oscuros?

¿A cuántos funcionarios no les han endilgado el mote de cobardes con P por no haber aprovechado el cargo y haber salido ricos de su paso por la administración pública? Muchas veces, los primeros que te critican son los que deberían estar dispuestos a protegerte.

Esta sinrazón deja varias lecciones, muchas enseñanzas y serios cuestionamientos. A Orlando no lo mató un “pipero”, ni un carajo a la vela. Lo mató un hombre rico, educado, de su círculo de confianza. Lo mató un amigo, de los que sentaba a comer en su mesa, que compartía con su familia y que lo habrá escuchado hablar mil veces de sus sueños y esperanzas. La violencia no tiene clases sociales, ni respeta amigos.

Ahora saldrán abogados y especialistas de salud mental a intentar vendernos la especie de un trastorno de conducta y que puede haber atenuantes para el hecho. Que el acusado tenía problemas que su amigo podía resolver y que no quiso. Que la presión del momento pudo más y el arma se disparó sola…13 veces. Fue un error, dirán.

También tendrá que dar explicaciones el encargado de seguridad del Ministerio que falló en hacer su trabajo. Queremos escuchar su versión y saber dónde estaba al momento del crimen. Como si de un guion absurdo se tratara, el presunto asesino que todos vieron entrar, nadie lo vio salir. Caminó frente a las narices de docenas de guardias con años de entrenamiento que a la hora buena no valieron de nada. El acusado se entregó en una iglesia, en sus propios términos, para vergüenza y asombro de todos.

Como dijo su hija Patricia Victoria con gran entereza, esta desgracia sin sentido solo puede entenderse a través de la fe. A pesar de ella, la muerte de Orlando me conmovió y me laceró el alma. Lo mataron por serio. Es de lo poco que faltaba por ver en este país. Hemos tocado fondo.

Me uno al dolor de la sociedad dominicana que despidió con profunda tristeza a un hijo bueno que le fue arrebatado muy pronto, de una forma absurda, a traición. Mi solidaridad con su esposa e hijos, con su hermana Dilia y sobrinas. Con tanta gente que lo veía como un ejemplo de político que no vendió su honra ni hipotecó su dignidad. Con uno, de los pocos, que fue a servir y no a servirse.

 Hoy, Orlando, se convierte en un espejo y un ejemplo. Que la tierra le sea leve.

Comunicación corporativa y relaciones internacionales. Amo la vida, mi familia y contar historias.