Sobre el estrés del amor
Este San Valentín, más que celebrar una fecha, tal vez valga la pena preguntarnos qué tipo de amor estamos buscando y cuánto estrés estamos dispuestos a cargar en su nombre
Es temporada de corazones, rosas rojas y listas interminables de expectativas. Y sí, enamorarse es una experiencia única e interesante… tanto que incluso el cuerpo entero participa en ella.
No es solo una idea romántica: hablamos de química cerebral.
En las primeras etapas, sustancias como la dopamina, la oxitocina y la serotonina se activan en zonas relacionadas con el placer, la recompensa y el apego, generando euforia, conexión intensa y esa sensación tan conocida de no poder pensar en nada más que en esa persona especial.
Algunos creen que el enamoramiento ocurre una sola vez; otros descubren, con los años y los fracasos amorosos, que puede repetirse más de lo esperado.
También están quienes, cansados del desgaste emocional, deciden abandonar la idea por completo.
Y es que, cuando combinamos esa neuroquímica con nuestras inseguridades, las experiencias pasadas, la forma en que aprendimos a vincularnos y las heridas que arrastramos, cada historia de amor se vuelve tan única como la persona que la experimenta.
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La química del amor
Desde lo biológico, el cerebro entra en un estado particular durante el enamoramiento. La dopamina impulsa la búsqueda del otro, la oxitocina fortalece la confianza y el apego, y la serotonina intensifica el foco emocional.
Es como si el cuerpo nos dijera: esto no es un juego, esto es algo profundo. Pero con el tiempo, el cerebro también busca equilibrio. Si la relación continúa, ese estado inicial evoluciona hacia una forma de amor más madura: menos intensa químicamente, pero más estable, más consciente y más real.
Y justo ahí es donde muchas veces inicia el conflicto. Cuando el vínculo se vuelve más consciente, también debe integrarse al resto de los elementos que componen nuestra vida diaria. Se acerca San Valentín y, con la fecha, aparece un tipo particular de estrés: el de no tener pareja… o el de tenerla.
He escuchado a más de una persona decir que febrero no es un buen mes para iniciar una relación, casi como si esta fecha cargara consigo expectativas difíciles de sostener. Es como si lo que quisiéramos vivir con alguien se midiera en artículos envueltos en celofán, cenas con velas y demostraciones públicas que parecen obligatorias.
Entonces, San Valentín termina funcionando como un espejo incómodo. Nos muestra cuánto confundimos amor con consumo, conexión con presentación y vínculo con validación externa.
Vivimos en un mundo que no se detiene, atravesado por la comparación constante, y sin darnos cuenta comenzamos a creer que mientras más grande y costoso el gesto, mayor es el significado que damos al amor, como si el afecto pudiera cuantificarse o validarse por el precio del regalo.
Si les pregunto, sé que muchos dirán que amar va mucho más allá de eso y que lo saben. Pero también sé que dirán que hay compromisos sociales que cumplir. El amor se demuestra, sí, buscando la forma de comunicarlo.
Y aunque no todos tengamos la misma facilidad con las palabras, el amor nunca se ha limitado al lenguaje verbal. Existen pequeños actos, presencias sostenidas y esfuerzos cotidianos que dejan claro que ese gesto, aparentemente simple, nace de un lugar genuino, reservado solo para la persona que lo recibe.
El amor en el día a día
Quizá el verdadero desafío no sea enamorarnos, sino aprender a amar cuando la química baja y aparece la vida real, la cotidianidad. Cuando ya no todo es novedad, cuando surgen las rutinas, las diferencias, el cansancio y las expectativas no dichas.
Es ahí donde el amor deja de ser solo una reacción del cuerpo y se convierte en una decisión consciente, sostenida por la comunicación, el respeto y la presencia emocional.
Este San Valentín, más que celebrar una fecha, tal vez valga la pena preguntarnos qué tipo de amor estamos buscando y cuánto estrés estamos dispuestos a cargar en su nombre.
Porque el amor no debería sentirse como una obligación ni como una carrera por cumplir estándares ajenos, sino como un espacio que acompaña, sostiene y permite crecer.
Y si algo nos enseña el amor, en cualquiera de sus formas, es que no todo lo valioso necesita un envoltorio. A veces, lo más importante se reconoce en lo cotidiano, en lo que no se publica, en lo que se cuida en silencio.
Deja que tu mente hable en voz alta.