Ecos de Homero
La reciente cinta del director Christopher Nolan, es una buena excusa para leer o releer La Odisea
Los clásicos de la literatura siempre están cerca; al menos para quienes los consideramos parte esencial de nuestra forma de mirar y de comprender el mundo.
A aquellos que no han tenido el privilegio de encontrarse con ellos, o, aun teniéndolo, lo han dejado pasar de largo, conviene que de vez en cuando haya algo que les anime a desempolvarlos.
En nuestros tiempos el cine puede ser un aliado. Un acercamiento visual a cierta lectura de los clásicos de la literatura parece servir de acicate, al menos momentáneo, para que recordemos que los clásicos están ahí.
La taquillera La Odisea, del director Christopher Nolan, recrea, una vez más, el clásico poema homérico. Y muchos se preguntan ¿cine o literatura?
Yo respondo ¿por qué elegir? Al fin y al cabo no debemos olvidar que estamos ante dos obras distintas. Si es difícil sustraernos a la tentación de comparar, recordemos que son lenguajes narrativos y materias primas diferentes.
A nadie se le ocurre comparar la tragedia Romeo y Julieta de Shakeapeare con la sinfonía del mismo título de Hector Berlioz.
Hazme una seña
Ojalá la novedad de la película de Nolan despierte el interés por los clásicos en aquellos que todavía no los han leído.
Y no hay ningún autor ni ninguna obra que se haya ganado con más méritos esta consideración que Homero y sus poemas, la Ilíada y la Odisea, en los que se funda la tradición literaria occidental.
Nada sabemos de Homero, ni siquiera si existió en realidad. Ni falta que nos hace. Su obra está ahí, al alcance de nuestra mano desde hace casi tres mil años.
Su poesía sigue viva también en muchos de los libros que leemos. Su espíritu poético está detrás de Simbad en las Mil noches y una noche, sobrevive en el homenaje que Virgilio le hace con Eneas en la Eneida, y Dante con Virgilio en la Comedia: viajes extraordinarios de héroes extraordinarios.
Mucho más cercanos en el tiempo –aunque los clásicos siempre están cerca, porque para ellos no existe el tiempo–, Borges, Cavafis, James Joyce.
Y, casi de una forma mágica, todas estas obras deudoras de la Ilíada y la Odisea se engarzan en ellas cuando las releemos.
Como dijo bien Italo Calvino, que se empeñó en explicarnos por qué leer a los clásicos, «si leo la Odisea, leo el texto de Homero, pero no puedo olvidar todo lo que las aventuras de Ulises han llegado a significar a través de los siglos…».
La luz que emana de los textos clásicos nunca se extingue. Siempre cabe en ellos una lectura más, un disfrute más, una experiencia más. Su riqueza y su profundidad los hace inagotables.
Y esa luz nos llega distinta porque nuestra mirada cambia con el tiempo, con la experiencia, con las lecturas. Un buen libro siempre es el mismo y siempre es distinto. Un buen libro es eterno, pero no inmutable.
Los poetas saben decirlo mejor que nosotros; así Borges en su poema «Nubes»: «No habrá una sola cosa / que no sea una nube. […] Lo es la Odisea, / que cambia como el mar. Algo hay distinto / cada vez que la abrimos».
Un buen libro es eterno, pero no inmutable, porque su voz es capaz de seguir hablándonos a través de los siglos.