Una estrella para cambiar el mundo

Cuando los adolescentes no pueden elegir qué leer, el sistema pierde una oportunidad de formar lectores.

La lecturas obligatorias escolares aleja a los adolescentes de la literatura. (Shutterstock)

Con dieciséis años está lista para encarar un nuevo curso después del verano. En su nombre luce un cuerpo celeste que, para no desvelar su identidad, llamaremos, solo por hoy, Estrella. Cuando le pregunto por la lectura no lo duda: le gusta leer, analizar las obras, comentarlas.

En cierto modo me sorprende y pienso que quizás es un intento de congraciarse conmigo. Me equivoco.

Empezamos a hablar de libros, incansablemente; una señal inequívoca que delata a los letraheridos. ¡Qué hermosa palabra! ‘Que siente una pasión extremada por la literatura’, define el Diccionario de la lengua española. Y Estrella y yo lo somos, dos letraheridas sin remedio.

Me cuenta Estrella que en su colegio, como en tantos, les asignan lecturas obligatorias. Hasta aquí, nada nuevo bajo el sol. ¿Quién elige esas obras que van a animar a futuros lectores o a desanimarlos para siempre? Lo desconozco.

Estrella y algunos de sus compañeros de curso tuvieron una idea brillante: que los dejaran elegir al menos una de esas obras. Parece que pillaron desprevenido al sistema y colaron la novela 1984 de Orwell.

Me engranojo solo de sentir la esperanza que representa para todos nosotros que un grupo de estudiantes adolescentes se impliquen en su formación lectora, en su futuro, y lo hagan por la puerta grande de la mejor literatura.

Pero ya no más. Para el próximo curso no habrá ni tan siquiera la posibilidad de elegir una de esas lecturas.

Se impondrán las que dicte quién sabe quién, que, mucho me temo, y por lo que la misma Estrella me cuenta, no habrá leído demasiado y habrá olvidado hace mucho lo significa tener dieciséis años y el mundo por descubrir.

Con la pasión de la adolescencia, Estrella me comenta una de estas desgraciadas lecturas obligatorias. No quieran ustedes saber la madurez lectora de su análisis, que muchos que se dicen lectores quisieran para sí.

Me confiesa que una lectura desafortunada no ha hecho palidecer su amor por la literatura; al contrario, es capaz de comparar otras obras y de razonar por qué unas sí y otras no serán parte de su vida como lectora.

Pero Estrella y sus compañeros han querido ir más allá (¡ay, benditos dieciséis!). Si no pueden elegir sus lecturas del curso, ¿por qué no un club de lectura como actividad extraescolar?

De nuevo me asalta una oleada de esperanza. De nuevo un jarro de agua fría: nada de clubes de lectura en el colegio, no vaya a ser que estos carajitos se nos descontrolen.

Estrella ya es lectora, pero se lamenta, con una visión madura, de las consecuencias para sus compañeros, para aquellos para los que, tal vez, una de estas haya sido su primera y, en su opinión y en la mía, su última lectura. No los culpo.

La culpa no está en Estrella, la culpa no está en sus compañeros, que nunca llegarán a ser lectores. La culpa y la responsabilidad está en la ceguera institucional, en una concepción errada de la educación, en dejar a nuestros niños y a nuestros jóvenes en manos de un sistema calamitoso.

Estrella tiene suerte; sus padres la animan a leer, a expresarse, a cambiar el mundo. Estrella eligiendo leer y queriendo compartir este patrimonio con sus compañeros es cambiar el mundo. Por muchas más Estrellas que iluminen el nuestro.

María José Rincón González, filóloga y lexicógrafa. Apasionada de las palabras, también desde la letra Zeta de la Academia Dominicana de la Lengua.