Kilia Llano y la presencia de la luz
A través de sus murales, la artista dominicana explora la identidad caribeña, la memoria y las historias de las comunidades que habitan cada territorio
Kilia Llano siempre encuentra un lugar para la luz. Incluso cuando una parte de la imagen permanece en sombra, procura que exista un punto desde donde la claridad emerja. Sus murales nacen de una investigación del territorio y del diálogo con quienes lo habitan.
Sostiene que el mural no le pertenece a quien lo pinta, sino a la comunidad. Por eso escucha antes de plasmar la primera pincelada. Reúne a los vecinos, les propone distintas dinámicas y los invita a compartir sus recuerdos, el entorno y las personas que han marcado ese lugar.
A partir de ese diálogo comienza a dar forma al proyecto. Así ocurrió en Guadalupe, donde tras investigar sobre la isla conoció a un líder comunitario dedicado a preservar un ritmo tradicional del carnaval y decidió convertirlo en el rostro del mural. Sus habitantes no solo abrazaron la obra, sino que se reconocieron en ella.
Desde que tiene memoria quiso ser artista. A los cuatro años ya dibujaba sin descanso y su madre alimentó esa vocación llenándole las manos de pinceles, pinturas y materiales para construir.
Más tarde llegaron la Escuela de Diseño Altos de Chavón, Parsons School of Design, la ilustración, el trabajo en Listín Diario y la docencia. Nunca sintió la necesidad de elegir un solo camino. Fue sumando experiencias que hoy confluyen en una misma mirada.
Esa misma curiosidad por comprender atraviesa los temas que aborda. La justicia social y medioambiental, la identidad caribeña, la migración, la decolonialidad, la memoria, la negritud y el lugar de la mujer aparecen de manera constante en su trabajo.
No responde a una agenda preconcebida, sino a una necesidad permanente de investigar, experimentar y hacer visible aquello que considera importante. Esa inquietud la llevó a los cincuenta años a regresar a Nueva York para cursar una maestría en Bellas Artes, con la certeza de que el aprendizaje nunca termina.
Cada lenguaje alimenta al otro y cada proyecto representa una nueva oportunidad para seguir explorando. De ese modo, su trabajo ha contribuido a enriquecer el arte público dominicano y a propiciar que quienes se encuentren con sus murales puedan reconocerse en ellos.
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