Un regalo de los dioses
Palabras para un diálogo sobre la lectura
Ahora que tanto oímos hablar de neurociencia, y tantas veces de manera acientífica y medalaganaria, les traigo una propuesta. Yo me he propuesto volver a leerlo. Me zambullí en sus páginas ávidamente y creo que necesito volver a hacerlo con pausa.
Se trata de un libro que la editorial Siruela ha publicado este otoño con este precioso título: Un regalo de los dioses. Neurociencia de la lectura.
En él Nazareth Castellanos, neurocientífica, y Antonio Basanta, filólogo, dialogan acerca del aprendizaje de la lectura, de sus beneficios, también para la salud mental, de cómo la lectura moldea nuestros cerebros.
La obra viene recomendada por Irene Vallejo, que nos recordó no hace tanto la historia de la palabra escrita; de este libro nos dice que nos trae «ciencia y humanismo unidos para ahondar en la lectura como obra de arte cotidiana. Un diálogo socrático revelador, deslumbrante y delicioso».
Un librito deshojado y dos mariposas
Nazareth Castellanos es física, neurocientífica, especializada en la investigación de la actividad cerebral, y, para nuestra suerte, divulgadora.
Antonio Basanta es filólogo, doctor en Literatura Hispánica, autor del delicioso Leer contra la nada, en el que reivindica la libertad, la crítica, el compromiso y la creación que hay detrás del acto de leer.
Ciencia y humanidades conjugados: ¿quién se empeña en insistir una y otra vez en que no lo están?; ¿quién nos ha inculcado errónea o interesadamente a pensar como una dicotomía irresoluble a las ciencias y a las letras?
Ciencia y humanismo son inseparables; nos lo recuerdan nuestros dos sabios: «La curiosidad es el motor de la ciencia y el humanismo, que son, o deberían ser, campos de conexión inmediata, sinónimos inseparables, pues a ambos les une idéntica pasión por el saber».
Y Nazareth y Antonio se sientan a dialogar (¡oh, maravilla!) sobre lo que la lectura nos ha traído de bueno a los seres humanos.
Nazareth nos recuerda que la lectura es, también, una experiencia corporal, que ralentiza y acompasa nuestra respiración, que la navegación de nuestros ojos de una palabra a otra, de una línea a otra, de una página a otra, modula nuestro cerebro.
Antonio insiste en que la lectura es una herramienta de conocimiento y un legado colectivo que se pone en nuestras manos en cada buen libro.
Nos cuentan Nazareth y Antonio que a leer aprendimos mucho antes de que se inventara la escritura. Aprendimos a leer el mundo y al otro.
Y para eso desarrollamos la curiosidad, la atención, nuestro «mecanismo biológico de comunicación con los demás y con el mundo»; mecanismo con el que además se fue desarrollando nuestra empatía, una relación cada vez más cercana con el otro, ese que se parecía a nosotros.
Y esa comunicación, nos cuentan Nazareth y Antonio necesitaba de la palabra, «el instrumento comunicativo más asombroso que jamás haya podido inventarse». Y dice Antonio que la palabra es casi infinita.
Milenios después, el mundo y el otro nos siguen pidiendo, cada día más, una lectura comprensiva, dedicada, crítica, empática.
Nosotros mismos necesitamos la lectura para saber leer eso que llevamos en nuestro interior. Las palabras y los libros están ahí para eso.
Basta con abrirlos y leer. Integrar en nuestro cerebro lo visual, lo sonoro y la interpretación. Si además podemos compartirlo en un diálogo abierto, calmado y fructífero, miel sobre hojuelas.