Ateneo Insular dedicó su encuentro literario de agosto a Jit Manuel Castillo

El encuentro reunió a interioristas e invitados para acercarse a la obra del fraile franciscano dominicano

Interioristas en el encuentro literario del Ateneo Insular, celebrado en el Museo Presidente Ramo´n Ca´ceres en Estancia Nueva (Moca). (Cedida por Ateneo Insular)

Celebrado en el Museo Presidente Ramón Cáceres, ubicado en Estancia Nueva, Moca, esta actividad del Ateneo Insular fue dedicada al laborioso escritor Jit Manuel Castillo, fraile franciscano dominicano. 

Luego de contemplar el maravilloso e histórico campus, el privilegiado día 8 de agosto de este 2026, los interioristas e invitados se dedicaron al estudio de los textos que se escribieron en honor de la literatura de Jit Manuel.

"Reminiscencia del vacío", poemario de Jit Manuel Castillo

En sus palabras, el maestro Bruno Rosario Candelier manifestó:

  • «Escrito en San Juan de Puerto Rico este año de gracia del 2026, sugiere que el contenido de esta obra poética se inspira en la sabiduría espiritual de las emanaciones estelares del Numen cósmico y en la sabiduría sagrada de las irradiaciones sutiles del Nous de lo Alto».

Agregó que «esa doble vertiente inspiradora, espiritual y mística, trascendente y sutil, florece en los espíritus impregnados de la gracia estética y la gracia divina, singular dotación de los iluminados, contemplativos, místicos, santos y profetas».

«No sorprende, por tanto, que en el pórtico de este poemario encontremos los siguientes versos dotados de la visión que ilumina la conciencia sutil:

Hacia delante, un túnel/hacia atrás, un precipicio/a la derecha, un barranco/a la izquierda, un derrisco. //Hacia arriba, una sima/hacia abajo, una fosa/por fuera, un abismo/y por dentro, el vacío” (Fray Jit Manuel Castillo de la Cruz, Reminiscencias del vacío, San Juan de P. Rico, 2026, p. 8)».

Argumentó que «el pensador francés Henri Bergson enseñó, en su Introducción a la metafísica, que para crear hay que instalarse en el interior de la cosa, y Pierre Teilhard de Chardin enfatizaba que para entender el sentido del mundo había que auscultar el interior de la conciencia».  

Por su parte, Juan Santos Santos explicó: «No estamos únicamente ante un poemario de espiritualidad cristiana; en su centro existe una pregunta más arriesgada: ¿qué ocurre con el lenguaje cuando quien escribe pretende acercarse a una Presencia que, precisamente por ser absoluta, desborda cuanto pudiera decirse de ella?».

Explicó que «el poeta sitúa conscientemente su obra dentro de una tradición: san Juan de la Cruz, san Agustín, san Francisco de Asís, Pseudo Dionisio Areopagita, Simone Weil, Ernesto Cardenal, Hugo Mujica e incluso Heidegger aparecen en sus epígrafes».

Señaló que éstas «no son referencias decorativas: funcionan como señales de una genealogía espiritual y filosófica desde la cual debe entenderse el gran símbolo del libro: el vacío».

Y Evelyn Ramos Miranda, en su integración divina con el texto, sostuvo: «El vacío, entonces, se convierte en una experiencia de despojamiento. El sujeto poético pide ser podado, limpiado, transformado. No quiere simplemente adquirir nuevas cosas; quiere desprenderse de aquello que le impide recibir».

«Esta imagen es esencial —puntualizó—: para que una vasija pueda contener agua debe tener espacio; para que una tierra pueda recibir una semilla necesita estar abierta; para que una persona pueda entregarse al amor necesita desprenderse de la obsesión por poseerse completamente a sí misma».

"El reverso en un barrio", novela de Jit Manuel Castillo

Otro de los géneros que ocupa la escritura de este sensible escritor es el de la novela, desde donde aboga por la fertilización del amor.

Rafael Peralta Romero expuso: «La historia inicia con el regreso del narrador a su país, procedente de México, donde realizó estudios de posgrado. Y cuenta:

  • “A mi llegaba a Villa Duarte me alojé en la fraternidad de Fray Juan de la Deule, nombre que un amigo mío muy querido y yo —siendo todavía unos jóvenes novicios, por allá por noviembre del ya lejanísimo año 1996— elegimos para esta casa de formación como un homenaje póstumo al misionero homónimo que junto a fray Juan de Cosin fue uno de los primeros franciscanos en venir al mal llamado Nuevo Mundo” (p. 16)».

«De inmediato —continuó explicando—, el viajero se pasea por el templo Nuestra Señora del Rosario y examina los cambios, ridículos y extraños. El narrador no oculta su molestia y considera que lo sucedido es la adaptación de una iglesia al gusto del párroco en vez de el del pueblo. 

No tardará en recordar las luchas para sanear la famosa Cañada del Diablo, un ícono afrentoso del barrio. Sentado en la casa de su tía Belinda recordará el sector el Dique y el Faro a Colón, al que llama “octava porquería del mundo”».

De Carmen Pérez Valerio escuchamos dulcemente: «La memoria, lejos de funcionar como un simple depósito de recuerdos, constituye en la novela el principio que permite organizar y resignificar lo vivido.

Miguelo reconoce, desde la distancia que le proporciona el tiempo, que las experiencias regresan “entre las añoranzas y el dolor”, pero ya “sin el amargo sabor con que entonces las percibí” (p. 81).

Esa distancia permite a Miguelo otorgar un sentido diferente a heridas que permanecían abiertas y convierte la memoria en parte esencial del proceso de reconciliación iniciado con su regreso».

A la unción recibida hasta aquí, sumamos la de Luis Quezada Pérez: «Me atrevo a decir que la obra de Jit Manuel que hoy nos convoca, El reverso en un barrio, un servidor la considera una novela poetizada o una poesía novelada. Pero en ambas simbiosis, la esencia es la mística, la interioridad.

Y puedo afirmar, que Jit Manuel es, para honra de todos nosotros, y siempre será un escritor creativo interiorista: por su talante místico; y sabemos que la mística es el camino hacia el Misterio, esa dimensión profunda de sentido que da cuenta de todo lo que existe».

Para completar, cerramos con estas breves palabras de Miguel Ángel Durán sobre la literatura: «La literatura es mucho más que contar historias. Es el arte de jugar con las palabras, de embellecer el mensaje, de trabajar el idioma.

Los recursos estilísticos, conocidos también como figuras retóricas o literarias, alteran en cierta manera el uso convencional de las palabras, pero para embellecerlas y dotarlas de personalidad y potencia expresiva tanto a la prosa como a la poesía.

Narrar es una experiencia humanizante, permite a las personas compartir sus experiencias y emociones fomentando la empatía y la conexión emocional individual y colectiva. Tiene analogía lingüística con un sinnúmero de sinónimos, tales como: relatar, contar, historiar, reseñar, describir, novelar…».