“Miles de coronas”, de la prosa de Elena Ramos
El amor se despierta en el gris de su ritmo, nuestro cielo interior tiene un triunfo de sangre, pero nuestro optimismo se convierte en tristeza al contemplar las gotas muertas en los cristales.
Federico García Lorca
Cierra los ojos y refracta en su mente el reluciente rostro de María y el cuerpo en sus piernas como si ya no fuese a vivir. La saliva espumosa, el aire quedo y la fiebre le confirman su sospecha. Un manantial de lágrimas fluye sin cesar. Teme que no la atienda un médico. Teme que muera en sus brazos. Grita: «¡Auxilio, ayúdenme!» Nadie responde. Se lamenta no tener minutos en el celular, no poder llevar a su mujer a una clínica, no ser un internauta. La indiferencia de los demás se siente en el aire que respira. Al ver que nadie va en su ayuda, el miedo lo enloquece. Mira a su alrededor. Llueve, llueve fuerte. No tiene fuerza para levantar el cuerpo.
El hombre se estruja con fuerza la cara. Empieza a calentarse. No quiere ver la realidad. Sabe que su mujer está muriendo y que el próximo sería él. La mujer se infla, susurra: «Lo siento mucho, Pedro, no quería terminaras así». Llora con resignación, mientras la abandona su último hálito.
Pedro mira el cadáver que se sepulta en el calor de su pecho. Siente su corazón huir y penetrarlo. La ansiedad le espesa la sangre, y una corriente de agua baja por sus piernas mezclada con un lodo gris tóxico. Tose. Le duele la garganta. Siente mareos. Su mirada cabizbaja toca la rosa incolora. Aturdido, con la impotencia rompiéndole el alma, el espacio lo derriba. Se desmaya.
Recupera la conciencia, parece una culebra dando tumbos alrededor del cuerpo inmóvil, llora. Mientras llora, el cielo se torna en gris espeso, casi negro. La lluvia continua no le permite discernir. Una apnea le arropa los sentidos. Sigue tosiendo, la fiebre sube, la cabeza parece estallarle en mil esquilas finísimas. Siente náusea. No distingue el cuerpo de su mujer en la oscuridad. A su lado, observa un pequeño pozo. Piensa que al sumergir la cabeza en él, se le calmará el dolor. Se sumerge. Pierde la fuerza, y le viene un segundo desmayo, y con él, cesa su incomodidad. Con los pulmones flagelados queda inerte junto a la fenecida. Miles de coronas se entretejen en el abismo de su esencia, mientras el suelo mojado los acoge indiferente.
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