Duarte, Traición y Gloria
"Duarte, Traición y Gloria", de Leo Silverio, tiene a su favor las actuaciones de Iván García y Josué Guerrero como Duarte y Miguel Ángel Martínez en los roles de Ramón y Pedro Santana, acompañadas de dignísimas actuaciones, como la de Mario Peguero, en Mella y Judith Rodríguez en Rosa Duarte.
Iván y Josué están a la par en intensidad, organicidad y entrega. Como también lo hace Miguel Ángel Martínez, con su caracterización de los hermanos Santana. Sobre todo un Pedro creíble, que le nace en las entrañas.
El esperado filme intenta contar la historia del Padre de la Patria dominicana. Una intención que a manera que van pasando los minutos, se va desvaneciendo por varias razones.
Lo primero es que carece de un guión que le permita al discurso narrativo fluir como agua de luz sencilla. Los saltos en el tiempo son hechos a trompicones, y los cortes son televisivos, no cinematográficos. Por lo tanto los 106 minutos (que bien pudieron quedar en 90) tienen ese conocido sabor a 'bio pic' televisivo, llevado a la pantalla grande. Sólo que sin los recursos de las grandes cadenas televisivas. Esta situación se ve acentuada por la colocación de nombres de los personajes (algo que debe estar sugerido y no masticado), que por demás sólo ocurre con algunos. Por ejemplo, en una de las primeras escenas, cuando están sentados a la mesa familiar, esperando por Duarte, aparece el nombre del padre, pero no el de Manuela Díez Jiménez, su madre.
Contra "Duarte…" conspiran, además, algún que otro tono recitativo en actores, como la fatalidad de personaje por construir de Serra. Lo más patético fue la forma en que aquel pobre actor, suelto a la desbandada, intentaba boxear, en la más amanerada de las prácticas boxísticas que se puedan concebir. El general Borgella, de Juan María Almonte es efectivo, pero hay momentos de exceso o sobreactuación, en particular esa risita irónica que convierte al personaje en caricaturesco. Algo que a falta de dirección de actores -como se evidencia- pudo haber solucionado el propio Almonte, de gran experiencia actoral. Hay un extenso monólogo del arzobispo Portes que bien pudo no estar; muy teatral y como traído por los pelos. Hay un actor a la cola de los secundarios que hace de demandado en la escena del juicio. El mismo actor con otro personaje (al menos eso parece) está en otra escena durante la procesión, luego con otro en la presentación de la obra de teatro, y más adelante en otro rol en la escena donde Santana en la escalinata anuncia que desde ese momento es el presidente.
Contra "Duarte…" conspiran una iluminación inadecuada -aunque los encuadres de la fotografía no son malos-; y un sonido fatal, que la acercan en esos dos aspectos al toyo de "Lascivia". En la película, los haitianos hablan entre sí en español. Y los coros que demandan Dios, Patria y Libertad, suenan a coros escolares, demasiado coreanos. Conspira una Batalla de Ázua, donde a lo sumo aparecen 20 0 30 soldados de uno y otro bando, y en su caricaturización queda como una escaramuza de poca monta.
En el dispendio de tiempo e información a la que es sometido el espectador, "Duarte…" es lenta, y no avanza por momentos, y casi es salvada, gracias al monólogo final de Duarte, cuando está muriendo. Ese Duarte delirante parece que va a ser el gran final, sobre todo cuando está danzando… (la mejor actuación que he visto de Iván García), y uno cree que ahí van a subir los créditos. Pero no, la cosa sigue, y se torna reiterativa y previsible. Hasta ese momento kistch a no dar más, que es el de la flor sembradita delante de la cruz.
Uno fue con la expectativa de ver un Duarte humano, con las novias anunciadas en los medios. Pero no: se trata de un héroe perdido en la carrera contra reloj de la producción, la falta de un guión sólido, irrefutable, sin brechas; y la falta de concentración para discernir cuál Duarte quería mostrarse y de qué manera.