El ponche que nos invita a compartir
Ponche y Navidad son para los dominicanos como pelota y merengue para el pueblo llano. Es la bedida navideña por excelencia, y la que convoca el último mes de año a esos que en ningún otro período encuentran el camino para animarse con un traguito.
Como tejer y bordar, hacer un buen ponche era un atributo antaño valorado cuando la familia apostaba por cultivar buenas costumbres en las hijas que se formaban para encontrar marido. Esfumada en gran medida la tradición, quedan sin embargo los recetarios de las abuelas, y la fama que han dejado les ha valido a muchas los encargos que se repiten cada año para disfrutar en casa o regalar.
En la relevancia que en determinados círculos mantiene el ponche no sólo entra en cuestión el aroma y el sabor, también vale mucho la presentación.
Los que se fabrican en casa, al menos en muchas de Santo Domingo, han recurrido a la creatividad para hacerse la competencia y más que nada apabullar a las marcas famosas. Las botellas decoradas están a la orden en los pedidos caseros.
También las marcas comerciales reputadas, con las botellas que se fabrican en serie y se promueven con grandes campañas comerciales, han recurrido a la envoltura para sumar atractivo a la oferta.
Las botellas parecen señoritas espigadas, que transmiten exquisitez, sobre todas las cosas. Porque el ponche es, ante todo, en muchos grupos sociales, sinónimo de buen gusto. La idea la comparte Gisselle Morla, quien dedica parte de su jornada productiva (cuando cumple su horario en una afamada empresa local) a vender y despachar los ponches que prepara su suegra.
Diseñadora de Interiores, de profesión, asistió al ritual familiar de compartir tardes festivas con el ponche de la casa como degustación principal. Tantos eran los piropos que recibía la receta de doña Raquel Pichardo que un día reparó en que podía ser un producto con buena acogida, aunque sólo fuera promovido entre conocidos. Con habilidades para la decoración, pensó al mismo tiempo que unas botellas diseñadas con creatividad sumarían valor y atractivo al producto. Puso manos a la obra y pronto consiguió una clientela que ahora le sigue con fidelidad.
Morla prefiere no abundar en la clave, el secreto, que ha hecho famoso el ponche de doña Raquel, pero sí precisa que las porciones de calidad no pueden fallar. Sustituir esto por aquello porque sale más barato no resulta. Nuera y suegra preparan raciones de un litro, con mercado asegurado. Y aunque saben que hay competencia, apuestan a su secreto familiar para enaltecer la calidad de su amalgama.
El ponche convida. Deben ser pocos los que destapen una botella de ponche y la tomen solos. Los vasitos con las raciones son parte del ritual, como también lo son esos segundos en los que casi se gorjea para atrapar un poquito más la esencia que se cuela por los sentidos con un sabor que tiene mucho del Caribe.
De dónde viene…hay ponches de muchos tipos, pero el que tiene la esencia caribeña, con el ron entre sus componentes básicos, es una mezcla espirituosa de leche, huevos y especies. El mismo que da a la Navidad un sabor muy definido cuando se trata de aprovechar el ambiente festivo para compartir más de lo acostumbrado. O cuando se quiere agradar a un amigo o colaborador, un familiar bondadoso o un vecino no muy afectivo, con una bebida que pasa por ser más noble que los licores fuertes y socialmente muy aceptada.
Porque el ponche es parte de la historia licorera de la región. Una historia que se remonta a la traída de la caña y la posterior destilación del ron, su derivado etílico más popular, hacia el siglo XVI. Fue a finales del siglo XIX que la producción industrial del ron seco y liviano comenzó comercializarse en el país y el resto del Caribe, donde las plantaciones de azúcar eran la principal fuente de vida.
Los que se fabrican en casa, al menos en muchas de Santo Domingo, han recurrido a la creatividad para hacerse la competencia y más que nada apabullar a las marcas famosas. Las botellas decoradas están a la orden en los pedidos caseros.
También las marcas comerciales reputadas, con las botellas que se fabrican en serie y se promueven con grandes campañas comerciales, han recurrido a la envoltura para sumar atractivo a la oferta.
Las botellas parecen señoritas espigadas, que transmiten exquisitez, sobre todas las cosas. Porque el ponche es, ante todo, en muchos grupos sociales, sinónimo de buen gusto. La idea la comparte Gisselle Morla, quien dedica parte de su jornada productiva (cuando cumple su horario en una afamada empresa local) a vender y despachar los ponches que prepara su suegra.
Diseñadora de Interiores, de profesión, asistió al ritual familiar de compartir tardes festivas con el ponche de la casa como degustación principal. Tantos eran los piropos que recibía la receta de doña Raquel Pichardo que un día reparó en que podía ser un producto con buena acogida, aunque sólo fuera promovido entre conocidos. Con habilidades para la decoración, pensó al mismo tiempo que unas botellas diseñadas con creatividad sumarían valor y atractivo al producto. Puso manos a la obra y pronto consiguió una clientela que ahora le sigue con fidelidad.
Morla prefiere no abundar en la clave, el secreto, que ha hecho famoso el ponche de doña Raquel, pero sí precisa que las porciones de calidad no pueden fallar. Sustituir esto por aquello porque sale más barato no resulta. Nuera y suegra preparan raciones de un litro, con mercado asegurado. Y aunque saben que hay competencia, apuestan a su secreto familiar para enaltecer la calidad de su amalgama.
El ponche convida. Deben ser pocos los que destapen una botella de ponche y la tomen solos. Los vasitos con las raciones son parte del ritual, como también lo son esos segundos en los que casi se gorjea para atrapar un poquito más la esencia que se cuela por los sentidos con un sabor que tiene mucho del Caribe.
De dónde viene…hay ponches de muchos tipos, pero el que tiene la esencia caribeña, con el ron entre sus componentes básicos, es una mezcla espirituosa de leche, huevos y especies. El mismo que da a la Navidad un sabor muy definido cuando se trata de aprovechar el ambiente festivo para compartir más de lo acostumbrado. O cuando se quiere agradar a un amigo o colaborador, un familiar bondadoso o un vecino no muy afectivo, con una bebida que pasa por ser más noble que los licores fuertes y socialmente muy aceptada.
Porque el ponche es parte de la historia licorera de la región. Una historia que se remonta a la traída de la caña y la posterior destilación del ron, su derivado etílico más popular, hacia el siglo XVI. Fue a finales del siglo XIX que la producción industrial del ron seco y liviano comenzó comercializarse en el país y el resto del Caribe, donde las plantaciones de azúcar eran la principal fuente de vida.