Juan Lockward, el cantor de ciudades, murió en minúscula
Su entierro es este sábado a las 11:00 a.m. en la M. Gómez
Santo Domingo. Fue Marcio Veloz Maggiolo quien hace años se aventuró a escribir el mejor epitafio al cantor que murió el viernes a las 8:30 de la mañana. "Si Juan Lockward muriera, se moriría en minúsculas, / como se muere un dulce trino de ave que vaga", escribió entonces.
Es por eso que su familia ha decidido hacer escuchar sus canciones, sus discos en el velatorio que comenzó el viernes, a las 3:00 de la tarde en la Funeraria Blandino de la Lincoln. "Él hubiese estado contento de que fuese así. Lo recordaremos con mucha alegría, orgullo y respeto", dijeron ayer sus nietas Zoraya Reynoso Lockward y Xiomara Lockward.
En 1977, Fernando Villalona cantaba de Tite Curet Alonso el tema "Juan Lockward", donde decía "Oh, Juan Lockward, préstame tu guitarra bohemia, ayayayay, Juan Lockward".
Sus nietas dijeron que el abuelo bohemio hizo lo que quiso en vida. "Vivió 91 años, creó una familia muy bonita y tuvo 9 hijos. Su esposa, nuestra abuela, de la misma edad de él, está viva y fue su mujer de toda la vida", explicaron.
"Ayer estaba normal y hoy amaneció en coma. Murió sin agonía ni sufrimiento", aclararon el viernes en la funeraria, mientras manifestaron que Lockward recordaba Guitarra Bohemia, Puerto Plata, Santiago, La India Soberbia, "que le gustaba mucho. En la pasada Navidad, a la hora de la comida familiar tarareó sus canciones".
ELEGÍA A JUAN LOCKWARD
Autor: Marcio Veloz Maggiolo
Este Juan Lockward se morirá, sin dudas.
Habría que pensar en su epitafio.
Habría que pensar en su guitarra y en un torrente
de perdida voz dentro de la guitarra.
Cuando Juan Lockward muera, -si es que muere algún día-,
los físicos nucleares buscarán tiernamente átomos musicales
para entender las uñas, los callos, la saliva de su larga fonética
conservada en alcoholes.
Si Juan Lockward muriera, se moriría en minúsculas,
como se muere un dulce trino de ave que vaga.
Se moriría en minúscula, como las golondrinas
o como los planetas, quién sabe.
Sus deudos -los que oímos su voz una vez en la vida
y nos lo enfamiliamos-, quedaremos absortos ante una
muerte oval, tan mínima y profunda
como aquel caracol de estrías muy concéntricas y música por dentro.
Hoy, que estoy tan borracho como una quiromántica,
tan ebrio como un oso comenzando el invierno,
he visto a Juan cantando, cerca de Marcelino,
y he pensado en su muerte,
y he pensado en sus ojos encendidos de altura y muertos de paisajes.
Su guitarra tenía costumbre de sirena;
oídlo, esa es la voz de un cadáver lejano;
se nos fue de cabeza, o de pies, hacia el Hades,
Homero, ciego y lírico, le guíe mientras pueda.
Sus nietas dijeron que el abuelo bohemio hizo lo que quiso en vida. "Vivió 91 años, creó una familia muy bonita y tuvo 9 hijos. Su esposa, nuestra abuela, de la misma edad de él, está viva y fue su mujer de toda la vida", explicaron.
"Ayer estaba normal y hoy amaneció en coma. Murió sin agonía ni sufrimiento", aclararon el viernes en la funeraria, mientras manifestaron que Lockward recordaba Guitarra Bohemia, Puerto Plata, Santiago, La India Soberbia, "que le gustaba mucho. En la pasada Navidad, a la hora de la comida familiar tarareó sus canciones".
ELEGÍA A JUAN LOCKWARD
Autor: Marcio Veloz Maggiolo
Este Juan Lockward se morirá, sin dudas.
Habría que pensar en su epitafio.
Habría que pensar en su guitarra y en un torrente
de perdida voz dentro de la guitarra.
Cuando Juan Lockward muera, -si es que muere algún día-,
los físicos nucleares buscarán tiernamente átomos musicales
para entender las uñas, los callos, la saliva de su larga fonética
conservada en alcoholes.
Si Juan Lockward muriera, se moriría en minúsculas,
como se muere un dulce trino de ave que vaga.
Se moriría en minúscula, como las golondrinas
o como los planetas, quién sabe.
Sus deudos -los que oímos su voz una vez en la vida
y nos lo enfamiliamos-, quedaremos absortos ante una
muerte oval, tan mínima y profunda
como aquel caracol de estrías muy concéntricas y música por dentro.
Hoy, que estoy tan borracho como una quiromántica,
tan ebrio como un oso comenzando el invierno,
he visto a Juan cantando, cerca de Marcelino,
y he pensado en su muerte,
y he pensado en sus ojos encendidos de altura y muertos de paisajes.
Su guitarra tenía costumbre de sirena;
oídlo, esa es la voz de un cadáver lejano;
se nos fue de cabeza, o de pies, hacia el Hades,
Homero, ciego y lírico, le guíe mientras pueda.
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