La magia del Inca Trail

En pleno corazón de la sierra peruana subsiste el desafío supremo para todo aventurero.

Las oscuras y torrentosas aguas del río Urubamba son el escenario perfecto para comenzar a calentar motores antes de comenzar la aventura.

Atrás quedó el Cusco, la capital del Imperio Inca que, seis siglos después, aún conserva esa magia cósmica, ese encanto que la ha llevado a convertirse en icono mundial del turismo cultural.

Ahora nos espera el famoso Inca Trail o Camino del Inca, una vereda de piedra que se interna en la montaña peruana y que conduce por la alturas a la ciudad perdida de los incas, a Machu Picchu.

Se trata de una experiencia única en la vida, un encuentro con el pasado vivo y glorioso de una civilización ancestral que alcanzó altos niveles de desarrollo, como por ejemplo, su complejo sistema vial que ahora recorremos con la sensibilidad y la adrenalina a flor de piel.

Ciento veinte kilómetros separan Cusco de Machu Picchu, bordeando la ribera del Urubamba, el río sagrado incaico. En el kilómetro 80 de la ruta, un puente colgante marca el inicio de la aventura de los cientos de turistas que se agolpan cada día para iniciar la marcha de 40 kilómetros por la montaña, de cuatro días y tres noches, de un soberbio esfuerzo físico.

Aunque el Inca Trail se puede hacer por cuenta propia, lo más saludable es pagar 150 dólares en cualquier agencia de turismo del Cusco y comprar un tour, que incluye alimentación y alojamiento en sendas casas de campaña.

Los grupos por cada tour no superan las 15 personas, más el personal de apoyo que porta, caminando a la par con el turista, los calderos y el instrumental para formar los campamentos.

El primer día de marcha es suave, recorremos el llano montañoso mientras se suceden ante nosotros una serie de villorrios incaicos, como Wayllabamba, ruinas que han subsistido el paso de los años y que duermen intactas, tal como las dejaron los incas y luego los españoles.

Atahualpa, nuestro guía y homónimo del más celebre emperador incaico, nos seduce con míticas historias de la época, cuando avanzamos por esa vereda de piedra.

Cae la primera noche y la luna se une al grupo, un regalo inesperado y que condimenta aún más la magia que nos invade en medio de la oscuridad y el calor de la fogata.

El segundo día de caminata es el más agobiante. Debemos subir una escalera infinita que nos lleva de los 2,400 a los 4,200 metros de altura. Desde la base de esa pared de escalones que se encarama al cielo es posible divisar unos puntitos negros que tocan las nubes y que corresponden a los turistas del grupo que va delante de nosotros.

A mitad de subida miramos hacia abajo y se repiten los puntitos negros. Estamos colgando de la montaña, un paso en falso y podríamos besar la selva de una sola caída.

Logramos la cima de la escalera cósmica y el regocijo es grande entre esa universalidad humana concentrada en las alturas. Gente de todas las nacionalidades, colores y lenguas unidas por un denominador común, vivir el Inca Trail, se unen en torno a la dulce música de la quena, la flauta andina. Llegamos a Pacaymayu, el destino del día. Nos espera comida caliente y nuestras casitas de tela.

Casi sin darnos cuenta llegamos al tercer día de ruta, donde el objetivo es llegar a Wiñaywaina. Es una marcha tranquila, donde superamos túneles labrados por la mano inca. La vereda corta la montaña y el declive obliga a caminar con extremo cuidado.

Wiñaywaina, una ruina enclavada entre la espesa vegetación, es el punto de reunión de todos los aventureros durante la última noche.

Las hojas de coca corren por cada turista y alivian el peso de la caminata. La noche es corta y debemos levantarnos al alba para caminar una hora hasta el Inti Punki, el mirador desde donde contemplaremos el amanecer y el desvelo de la ciudad perdida que, metros más abajo, nos espera con los brazos abiertos.

El sol comienza a calentar en el cuarto día y las 500 personas apostadas en el Inti Punki esperan ansiosas que los rayos celestiales sacudan la bruma que tapa Machu Picchu. Una batucada brasileira aguarda el momento preciso para iniciar su música.

De improviso suena un silbato y las cajas y sonajeros de los amigos cariocas no paran de agitarse. La neblina huye y tras de sí asoma, metros más abajo de nuestra presencia, la gran recompensa a nuestro esfuerzo.

Como una gran maqueta blanca incrustada en el macizo andino, Machu Picchu ya es una realidad y sólo nos resta bajar media hora por el Inca Trail para encontrarnos con ella y toda esa mística desbordante que encierran sus paredes y casas de piedra.