Mario Vargas LLosa, el arte de escribir
Encabeza la lista de los libros más vendidos en España y América Latina con su última novela "Travesuras de la niña mala".
Aunque muchos críticos encasillan la nueva obra de Vargas Llosa entre "sus obras no trascendentes" (si la comparamos con las que sí lo son, como "La ciudad y los perros" o "La casa verde"), siempre resulta un verdadero placer leer algo de Mario. La cadencia de su prosa y claridad de sus ideas siguen maravillando, sobre todo cuando trata alguno de sus temas literarios favoritos: la pasión afectiva. Un motivo que perdura en su creación.
A sus 70 años, Llosa demuestra que todavía mantiene su pulso creativo. Escribir lo hace sentirse vivo.
Tenía cinco años cuando cogió su primer libro y experimentó su primera pasión. Porque como todo el que escribe historias, Mario fue lector antes que escritor, y, antes que lector, escuchador de ficciones. Los cuentos de sus abuelos, o de la tía abuela Elvira, la Mamaé, en Cochabamba, perduran en su memoria junto a personajes que le hicieron enamorarse, combatir, enfurecerse y hasta llorar como Pinocho, La Sombra, El Coyote, Bill Bames, el pequeño Guillermo, Mandrake y Nostradamus, las correrías del Zorro en la Misión de San Juan de Capristano, las de Sandokan y el fiel Yáñez en Malasia y las historias que irrumpían en la casona de Ladislao Cabrera con El Peneca y el Billiken.
Si algo sabía Mario Vargas Llosa es que siempre sería un lector empedernido de novelas porque las horas que pasaba sumido en esa vorágine de destinos excepcionales, paisajes exóticos y gentes estimulantes, eran siempre las mejores.
Otros que le enseñaron a animar los sueños en la vida gracias a las palabras fueron Malraux, Melville, Hemingway, Kipling, Kafka, Víctor Hugo, Stendhal, Faulkner, Johanot Martorell, Balzac, Flaubert, Tolstoi y tantos otros fabuladores formidables. Sin ellos reconoce que no habría llegado a ser un escritor.
Porque la literatura ha sido siempre su primer y más grande amor. Quizás porque para él fue la primera forma de viajar, vivir en otros países y ensanchar su mundo transformándose en muchas personas. Entretanto su vida se confundió con su vocación –el trabajo literario– sin tratar de concebir una forma de vida distinta.
Un novelista de éxito y político frustrado que sigue inventando historias mientras desempeña su mejor oficio: el de vivir.
Si algo sabía Mario Vargas Llosa es que siempre sería un lector empedernido de novelas porque las horas que pasaba sumido en esa vorágine de destinos excepcionales, paisajes exóticos y gentes estimulantes, eran siempre las mejores.
Otros que le enseñaron a animar los sueños en la vida gracias a las palabras fueron Malraux, Melville, Hemingway, Kipling, Kafka, Víctor Hugo, Stendhal, Faulkner, Johanot Martorell, Balzac, Flaubert, Tolstoi y tantos otros fabuladores formidables. Sin ellos reconoce que no habría llegado a ser un escritor.
Porque la literatura ha sido siempre su primer y más grande amor. Quizás porque para él fue la primera forma de viajar, vivir en otros países y ensanchar su mundo transformándose en muchas personas. Entretanto su vida se confundió con su vocación –el trabajo literario– sin tratar de concebir una forma de vida distinta.
Un novelista de éxito y político frustrado que sigue inventando historias mientras desempeña su mejor oficio: el de vivir.
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