Nadie sabe quién es Eduardo Halfon, ni siquiera él mismo
María D. Valderrama
París, 7 nov (EFE).- Con barba canosa de varios días y uno de sus libros debajo del brazo, el escritor guatemalteco Eduardo Halfon aparece por una calle de París, donde reside este año preparando sus nuevos relatos, y no tarda en confesar: '¡Estoy harto de Eduardo Halfon! O me mata él o lo mato yo'.
La primera vez que el público supo de este descendiente de judíos libaneses y polacos, criado en Estados Unidos, fue con un artículo en un diario guatemalteco que un crítico titulaba: 'Tenemos que ayudar a Eduardo Halfon'.
El escritor tenía entonces 32 años y había escrito 'Saturno', una larga carta a un padre inclemente entreverada del recuerdo suicida de una treintena de famosos escritores. Todos creyeron que el protagonista con ganas de matarse era el propio Halfon.
Ahí empezó el engaño.
A Halfon (Guatemala, 1971) le gustó la confusión y siguió con la serie de cuentos de autoficción recogidos en 'El boxeador polaco', publicados a partir de 2008 y reeditados ahora por Libros del Asteroide, a la que sigue una saga de relatos breves recogidos en otros libros: 'Monasterio', 'Signor Hoffman' y 'Duelo'.
SALVADO DE AUSCHWITZ
En todos ellos, un tal Eduardo Halfon narra sus peripecias a lo largo y ancho de medio mundo para deshilar la historia de su familia: la misteriosa muerte de un tío, la lección de un profesor arrogante o el boxeador que entrena a su abuelo en Auschwitz y lo salva de una muerte segura.
La historia de su abuelo, que se fue a Guatemala donde nunca volvió a pronunciar una palabra de polaco, fue la mecha de esta saga.
Pero no es él, insiste en una entrevista con EFE en su apartamento de París. Es otro Halfon más inseguro, uno que fuma mucho y es menos neurótico, que conoce a muchas mujeres y tal vez imagine más guapo.
Un Halfon incomprendido por su familia, que le reprocha -quizás con razón- que haya mostrado los trapos sucios de la casa llegando incluso a matar a su padre, que sigue bien vivo.
‘Un escritor siempre va a tener problemas con su familia’, admite.
Salvadas por la vanidad, sus relaciones familiares han mejorado con el tiempo. Todos están contentos, dice, de que al final las historias de la familia queden sobre papel y les sobrevivan.
Tras mudarse a Estados Unidos con 10 años con su familia, huyendo de la situación política en Guatemala, regresó a mediados de los 90 convertido en un medio gringo que aún hoy piensa en inglés y escribe en español: todo en la vida de Halfon es un gran acertijo.
Sus libros llegan ya a Japón -donde lo llevan invitado como escritor libanés-, Holanda, Alemania, Francia o Estados Unidos, y en todos ellos ha recibido numerosos premios. Pero él ni siquiera sabe qué responder cuando le preguntan de dónde es.
‘No sé. Ahora estoy en París, no sé donde iremos después. Empecé a deambular a los 10 años pero te diría que empecé mucho antes porque crecer en una familia judía en un país donde apenas hay judíos es muy extraño’, dice.
SIN RAÍCES
De esa infancia en Guatemala, a la que vuelve continuamente en sus cuentos, guarda recuerdos de no pertenencia: sus amigos hacen la primera comunión, él no; sus amigos celebran la Navidad, él no.
‘No tengo raíces, aún no las tengo’, dice, y cuenta que su hijo esta semana volvió de la guardería cantando ‘Jingle Bells’, aunque tampoco ahora, casado con una católica hija de un excura español, celebra la navidad.
Con la literatura ha recuperado su lengua materna, que reaprendió al regresar a su país de origen a los veintitantos tras abandonar su profesión de ingeniero. Con ella vuelve a una Guatemala de la que de nuevo tuvo que escapar cuando empezó a publicar, aunque aún no se explica por qué recibió amenazas que le invitaban a dejar el país.
No gustó, por muy sutil que fuera, la denuncia social que esconden sus cuentos.
Ahora vive con su familia una vida nómada pero va una o dos veces al año con la inseguridad con la que viven los guatemaltecos: ‘de que te roben, de que te secuestren, de que asalten. Yo diría que hay más inseguridad que nunca’.
Por las noches, sucumbe a la dictadura narrativa de su hijo de tres años, quien le pide las mismas historias una y otra vez: ‘Papá, cuéntame lo que me pasó ayer en el parque’, ‘papá, cuéntame lo de cuando lloré porque no me diste un chocolate’. Y Halfon se lo cuenta otra vez.
En sus cuentos nadie sabe exactamente quién es Eduardo Halfon, aunque él lo intuye: ‘Soy un cuentista, en todas las acepciones de la palabra’. EFE