Santiago Roncagliolo: "El camino al horror está pavimentado de buenas intenciones y de nobles valores"

Parece más joven de lo que es, y es más sabio de lo que quiere aparentar. Se refugia en el manejo de las emociones, que para Santiago Roncagliolo es lo mismo que decir: mi oficio es escribir.

Ganador del Premio Alfaguara de novela 2006 por su obra Abril Rojo, este escritor la define en pocas palabras: "Siempre quise escribir sobre lo que ocurre cuando la muerte se convierte en la única forma de vida. Y aquí está".

Negro literario, guionista de telenovelas, periodista, asesor político, biógrafo de una millonaria, traductor de literatura gay… ¿demasiado polifacético?

No, empecé a escribir a escondidas en la facultad de literatura porque era muy difícil escribir con el nivel crítico que tenía todo el mundo. Lo hacía con un gran complejo de inferioridad, pero me di cuenta que era lo que quería hacer, contar historias.

Y cuando terminé la universidad rechacé una carrera académica para escribir telenovelas. Ahí descubrí que lo que me interesaba era el oficio de escribir, no tanto la teoría crítica. Es un oficio difícil en que el que no siempre tienes trabajo, por eso la variedad tiene que ver con el hambre, tratas de hacer todo lo que puedas para mantenerte escribiendo.

Ahora puedo escoger mis proyectos, ya no es una cuestión de hambre sino de aprendizaje creativo. Aprendo de todo lo que voy haciendo y luego incorporo eso a mis novelas, que son omnívoras, se alimentan de todas las cosas que hago.

Eres un ejemplo muy claro del uso del blog como una forma de comunicación a través de las nuevas tecnologías, ¿es realmente un género nuevo?

Es un espacio para narrar, no sé si sea literario, periodístico o testimonial. Este año no puedo escribir ningún libro grande y pasan muchas cosas en mi vida. Entonces vale la pena llevar un registro y es divertido compartirlo con la gente. Se empieza a crear una especie de comunidad de amigos, como en la barra de un bar, pero cada uno de los miembros está en un continente diferente y cuentan sus cosas… No puedes controlar el flujo de información.

Tiene algo diferente a la literatura o el periodismo que es el diálogo, y eso me gusta. Me parece un género muy distinto.

Creo que lo que la gente busca en el blog es una voz muy personal, te das cuenta que la gente busca un amigo, un nivel de intimidad que quizá no quieres ofrecer. Y eso lo hace distinto a un periódico o libro, es algo interactivo, significa que la gente está buscando en la red amigos, amantes, padres…

En Pudor, tu anterior novela, tratas el concepto que tienes del amor y las relaciones ¿o no?

Sí, el amor está presente en buena parte de mi trabajo. Es muy complicado, porque las relaciones que se establecen en la familia son diferentes relaciones de amor. Al mismo tiempo son una especie de clasificación del sexo, una familia es un organigrama de con quién te puedes acostar y con quien no. Una familia organiza las posibilidades sexuales de la gente. Pero el amor no controla el deseo, hay un desfase entre nuestros deseos y nuestras obligaciones que nos obliga a mentir para seguir existiendo. El padre de Pudor no puede decirle a su mujer que se ha acostado con la secretaria, sería un acto de sinceridad, pero las cosas no funcionan así. Hay ciertas cosas que no las decimos porque la verdad no siempre es buena para las relaciones humanas. Todo lo contrario, la mentira es la cédula básica de la sociedad, nos creemos ciertas mentiras y las compartimos.

¿Piensas realmente que las cosas que no decimos son mentiras, a veces hay cosas muy personales que simplemente no queremos compartir?

Bueno, eso son secretos. Entonces serían secretos y mentiras.

¿Cuál es la diferencia?

Siempre hay un lugar nuestro que es secreto, un lugar de intimidad que no revelamos, de hecho en el momento que lo hacemos deja de ser íntimo. Y ese lado no siempre se parece a lo que debería parecerse, creo que vivimos siempre en un conflicto entre lo que la sociedad nos exige ser y lo que nosotros queremos o podemos ser. Y es un concepto que le pasa a todos mis personajes, nunca se parecen a lo que deberían y no quieren verlo porque tienen mucho miedo de enfrentarse a lo que son en realidad.

Ese núcleo de lo que somos en realidad son nuestros secretos, pero cuando no tenemos más remedio que exteriorizarlo inventamos todo lo posible para que no se note. Hay mentiras que son como instituciones.

Es como en política, también sabemos que están mintiendo, y en realidad nos molesta cuando dicen la verdad. Si todo el mundo comienza a decir la verdad el sistema colapsaría. Toda persona saludable tiene la faceta de lo que puede mostrar y la faceta de lo que tiene que ocultar. Y en ambos extremos oscilan todos mis personajes.

Abril Rojo

"Toda novela es un intento de darle sentido al mundo, o a un mundo", decías en una entrevista en El País. Abril Rojo surgió intentando darle sentido al horror, ¿lo conseguiste?

No lo sé, se supone que el horror está más allá de las palabras, por eso es un reto para un novelista. Pero supongo que una novela es muy similar a navegar hacia el horizonte, siempre lo tienes delante y nunca llegas (risas). Pero tratas de crearte la ilusión de que llegas, de que estás haciendo lo que quieres.

Es una novela sobre la ambigüedad moral, el horror en casi todas las guerras es producido no por enfermos mentales, sino por gente con nobles intenciones y los más elevados valores de justicia, orden y ley. Lo que he aprendido quizá es que los ideales son muy peligrosos, la gente que tiene ideales ya no negocia, si me va a matar un sicario quizá aún pueda negociar, pero si me va a matar un hombre de dios, de la justicia social o del bien, no hay nada que hacer, voy a morir en cualquier caso. Y creo que el camino al horror está pavimentado de buenas intenciones y de nobles valores.

El personaje central de "El Pintor de las batallas" de Arturo Pérez-Reverte decía que el ser humano es civilizado mientras no le cueste esfuerzo. ¿Estás de acuerdo?

Sí, claro, creo que la desigualdad hace que te cueste mucho esfuerzo ser civilizado porque no ves por qué tendrías que serlo, si no tienes nada por qué seguir defendiendo una democracia, aunque sea una democracia.

Pero creo que hay otras cosas, al menos en el caso peruano o del terrorismo, y es la aparición de una ideología trascendental. Si vas a matar a alguien como método político quiere decir que has deshumanizado a esa persona, no es fácil matar a alguien, necesitas reducir su humanidad, por lo tanto necesitas un discurso que te lo permita o por lo menos que haya un fin por encima de su humanidad. Este tipo de violencia no es incivilizada en el sentido en que puede serlo la delincuencia común, es una violencia metódica, dramática y depende no sólo de causas humanas sino trascendentales, razones que consideran que están por encima de la razón y por lo tanto no hay nada que discutir al respecto.

Cuando hablas con un terrorista es muy difícil que admita que ha cometido errores efectivamente violentos, porque eso sería admitir que su vida ha sido un error. No sólo admitimos las verdades porque sean verdades, las admitimos por cómo nos dejan a nosotros ante nosotros mismos.

¿Sigues pensando que la democracia peruana se suicida con regularidad?

Sí, pero soy optimista, creo que el efecto que producen Hugo Chávez u Ollanta puede servir para reforzar la democracia. No porque ellos quisieran, si no que después de lo de Ollanta he escuchado a gente con mucho dinero en Perú decir: "vamos a meternos a reducir la pobreza o nos va a elegir un Ollanta dentro de cinco años". Y realmente la democracia no va a funcionar mientras haya esos niveles de pobreza, la mitad del país no tiene ninguna razón para que siga existiendo la democracia.