Sobre cultura gastronómica

Debemos marcar los restaurantes y bares donde deberíamos almorzar o cenar y que sean fiel reflejo de la gastronomía local.

Vacaciones, benditas vacaciones. Todo un largo año trabajando y cuando llegan pasan volando; cuando comenzamos realmente a saborearlas es ya hora de volver a la rutina del trabajo. Debemos disfrutar de este período al máximo, descubriendo nuevos destinos y sensaciones que pueden ser, por qué no, gastronómicas.

Ya que la gastronomía de cada pueblo es un fiel reflejo de su cultura, el disfrute y la búsqueda de nuevas sensaciones culinarias y vinícolas no se debiera circunscribir exclusivamente a esas rutas preconcebidas, sino ser imprescindible en cuantas oportunidades de visita a otras regiones, países o continentes tengamos. Y no me refiero sólo a viajes vacacionales, sino también a los que realizamos por motivos de trabajo o por asuntos personales.

Es común ver en ciudades como París, Roma o Pekín a multitud de turistas empapándose de las culturas gala, transalpina y china con la visita a monumentos de piedra, disfrutando de la historia del arte a través de las ventanas que ofrecen las pinturas y las esculturas de los museos. Desafortunadamente, es igualmente común ver a esa misma gente almorzando o cenando en los establecimientos internacionales o de comida rápida.

Sin tener que cruzar océanos ni mares, en nuestras playas tenemos el claro ejemplo de turistas extranjeros que visitan República Dominicana y que, con suerte, probarán un poco de sancocho durante su estadía, porque lo habitual es que sus almuerzos y cenas estén compuestos por platos internacionales y que los restaurantes temáticos ofrezcan especialidades asiáticas, mejicanas e italianas.

Quizás por falta de conocimiento sobre qué comer o beber, o por falta de valentía a la hora de pedir y, en todo caso, por falta de cultura, somos nosotros los consumidores los que, cuando viajamos, demandamos esos establecimientos de fast food o de comida internacional cuando los visitamos. Del mismo modo que nos gastamos nuestros ahorros en libros y guías sobre la historia y los lugares turísticos de los ciudades y países que visitamos, al igual que marcamos en los planos y mapas la localización exacta de monumentos y museos que indefectiblemente se deben visitar, debemos marcar con otro color los restaurantes y bares donde deberíamos almorzar o cenar y que sean fiel reflejo de la gastronomía local.

Vamos pues a disfrutar de unas ostras de Arcachon recién abiertas con una copa de champagne junto al Sena, de un buen osobucco acompañado por una copa de Barolo en una terraza junto al Coliseum o de un pato lacado con una taza de té humeante frente a la Ciudad Prohibida. Y vamos a dejar para otra ocasión las hamburguesas, hot dogs y refrescos de cola. Porque, ¿de verdad creen que las gentes que nos visitan se llevan la realidad de la cultura dominicana sin haber probado el mofongo o unos chicharrones de pollo con arroz y habichuelas acompañados con una cerveza bien fría? El autor está a cargo de los restaurantes, bares y banquetes del Hotel Hilton Santo Domingo.