Una rampa para estudiar en la UNPHU

Las personas con problemas de movilidad que deciden hacer carrera se encuentran con universidades infranqueables. Las barreras arquitectónicas están por doquier y ninguna facilita su acceso, Edgar

Acostumbrado a salvar barreras, Edgar Barnichta Geara no tuvo reparos para ingresar a la universidad. Se matriculó en la Nacional Pedro Henriquez Ureña a sabiendas de que la carrera de Derecho implicaría cinco años de ir y venir por las tres plantas de la facultad e incluso por otras edificaciones del campus.

La silla de ruedas que lo asiste desde que a los 14 años de edad sufrió una lesión permanente al lanzarse en la playa de cabeza, desde un bote sobrecargado que amenazaba con hundirse, nunca ha sido un obstáculo entre él y sus metas. La rotura de la quinta vertebra cervical provocó daños en la médula. Barnichta no estaba dispuesto a dejarse arrastrar por la adversidad, aunque tendría que enfrentar un mundo que excluía a los discapacitados de sus diseños.

El primer año en la universidad se las ingenió, como había hecho desde la adolescencia, entonces en el Colegio La Salle, para cursar sus estudios secundarios. A raíz del accidente perdió un año; siete meses permaneció sometido a tratamientos y terapias en el extranjero.

En La Salle se valió del único recurso con que cuentan los estudiantes con problemas de movilidad: la asistencia de sus compañeros. Los primeros dos años no tuvo problemas por la estructura de la edificación que dispone de una rampa que conduce desde el primer al segundo piso. Los dos siguientes, era asistido por amigos que lo ayudaban a subir al tercer nivel donde se impartían las materias.

En la UNPHU, su carácter amistoso, osado y atrevido le sumó el cariño de sus compañeros y le permitió superar las barreras que lo separaban de las aulas en el segundo piso donde recibió el 95% de las asignaturas.

"Al principio no conocía a nadie –relata– Me mantenía cerca de la escalera y cuando veía a alguien subir, le pedía ayuda. Recuerdo el día que conocí a Emilio Conde, un joven rubio de San Francisco de Macorís, al que le dije: ¡hey tú, coge por aquí! (señalándole la silla de ruedas). El me miró, pero accedió a ayudarme. Luego se convirtió en mi mejor amigo; no se movía sin darme ayuda. Con el tiempo me recordó mi atrevimiento de ese primer día y me dijo que en su interior pensó: pero qué se cree éste, dándome ordenes. Él fue un gran colaborador".

No fue el único, Marcos Reyes Mora, fue otro estudiante de derecho que ofreció su ayuda incondicional antes las barreras que la arquitectura imponía.

También hicieron sus aportes los profesores que impartían el 5% de las asignaturas que en ese primer año de carrera se impartían en edificios fuera de la facultad. Solo el trayecto hasta ellos adicionaba otros obstáculos. Esta vez Barnichta logró que la montaña llegara hasta Mahoma.

Los catedráticos Alcantara y Rubén Silié, quien impartió Sociología Política, son recordados con infinito agradecimiento por Barnichta porque aceptaron su propuesta de que en lugar de los estudiantes desplazarse hasta el edificio donde impartían las docencias, ellos trasladaran sus cátedras a la Facultad de Derecho.

[b]En busca de la independencia[/b]

Al término del primer año, Barnichta entendió que no podía pasar los cinco que dura la carrera dependiendo de otros para que, aunque fuera de buena voluntad, cargaran su silla de ruedas. "Sentí que debía buscar independencia".

Como el edificio tenía dos escaleras, una prácticamente en desuso, le planteó al profesor Bernardo Fernández Pichardo, decano de la Facultad, la idea de utilizar la mitad de la menos frecuentada para construir una rampa.

Autorizado por el decano, se puso en comunicación con la ingeniero Melo, que trabajaba en la universidad, le mostró el croquis que había hecho y con su anuencia se inició la construcción de su propuesta.

La rampa que, ya levantada, suplió más de una necesidad porque entonces todos los estudiantes bajaban por ella junto a Barnichta, fue construida en pino sobre los escalones.

Resultó un proyecto sencillo y económico que, además, evidenció lo viable que resulta hacer accesibles los edificios a las personas con discapacidades. En casos como éste ni siquiera hay que hacer modificaciones a las estructuras, más aún, la escalera sobre la que se construyó la barrera siguió fungiendo como tal a través del tramo que se dejó intacto.

Lamentablemente, esta rampa no fue conservada. Tras la salida de Barnichta, que egresó con honores de la universidad, una parte de la misma fue retirada haciendo el resto inservible. "Quizás necesitaban más espacio o la vieron inoperante –trata de justificar–, aunque realmente no se concibió la idea de que fuera permanente, aunque quizás hoy se pueda pensar en esa posibilidad".

Mientras eso sucede, cree que el dinero que una familia puede gastar en la eliminación que una barrera de un lugar al que tiene que ir por cinco años, bien vale la pena. En su caso, cuando la UNPHU quitó parte de la rampa regaló el resto de la madera a alguien que la necesitaba retornando la escalera a su condición original.

[b]Nuevos obstáculos[/b]

Subir en sillas de ruedas a pisos altos no es la única dificultad que enfrentan los discapacitados. Barnichta se queja de una serie de trabas que para el resto de la población pasan desapercibidas: botones de timbres y ascensores muy altos a los que también tienen difícil acceso las personas de baja estatura, puertas muy estrechas, aulas con butacas fijas al piso, baños y ascensores muy pequeños, sillas de lugares públicos donde no puede sentarse una persona obesa.

Durante toda su carrera, Barnichta tuvo que condicionar su organismo para no necesitar el baño en horario de universidad. Había quebrantado una barrera al construir la rampa, pero los baños seguían siendo inaccesibles a su silla y condición.

Luego, vinieron los postgrado y otros cursos de especialización y con ellos nuevas barreras que sus compañeros nuevamente les ayudaron a superar llevándolo de un curso a otro.

En su vida privada no son pocos los obstáculos que le dificultan llegar a su objetivo. Por eso lamenta que los arquitectos aún no tomen en cuenta al universo de la población al hacer sus diseños, más aun, se queja del Estado porque entiende que en los edificios públicos no deben existir ningún tipo de barreras. Pero también debe velar porque se respete el derecho al libre tránsito peatonal o en silla de ruedas por las aceras obstaculizadas cada vez más por vehículos que las usan de parqueos a la vistas de todos y en otras ocasiones bloqueadas por pilotillos que algunos negocios y familias colocan para evitar el cruce vehicular por ellas. Igualmente se queja de la falta de conciencia de quienes se estacionan en los parqueos destinados a discapacitados y en la indiferencia de los agentes de Amet que se hacen de la vista gorda.