Viaje hacia el recuerdo
Este diciembre no cae nieve en la calle el Conde ni hace frío. Me quito el disfraz de invierno (unos guantes gastados de mi abuelo y una vieja capa de agua de tío Pol) y decido jugar a otra cosa. Estoy cansado de jugar a vaqueros y bandidos, donde a veces muero yo, y qué bien lo hago, y otras Guaroa, ese nunca sabe morir pues abre los ojos y apenas aguanta la respiración.
Nunca he visto un muerto pero Tavo vio a su abuelo y me contó que lo miró y no se le movía el pecho. Él no se atrevió a tocarlo, su mamá le comentó lo friíto que estaba.
Tener siete años es una gran responsabilidad. Mi abuela me repite constantemente que ya soy todo un hombre y mi mamá lo ha reconfirmado regalándome un reloj para que aprenda a manejar el tiempo.
A las seis me despiertan, la guagua me recoge en la calle Mercedes a las siete en punto. Trigo, el chofer, tiene muy mal carácter y echa carajos con sólo mirarte. Solo sonríe cuando cobra y esa sonrisa le dura poco. Paso el día en el colegio aprendiendo cosas que no entiendo, bueno ya sé leer de corrido.
A las cinco de la tarde me baño y luego las tareas. A las seis, cena y a las nueve, cama. No tengo vida.
Hoy es Nochebuena. Estoy contento y aunque a mí me ponen los Reyes, esta noche Santacló me dejará algún regalito.
Han puesto el mantel blanco y las copas de cristal, también la vajilla francesa de la abuela, la que trajo de Córcega.
Mi mamá hace la ensalada de papas con espárragos y mayonesa, en el horno –desde temprano– un pavo y en las dulceritas todo tipo de golosinas. No puedo tocarlas hasta la noche. Este año el árbol de Navidad está lleno de pelo de ángel. Renelia, mi niñera, me ha prometido un regalo. Me dijo que es un regalo para toda la vida, algo diferente que irá creciendo con los años. Estoy curioso. La noche transcurre como siempre, he encendido mis patas de gallina y tirado los cohetes chinos. Huelo a pólvora. Renelia me lleva al balcón. Abre los brazos, me dice, obedezco, ella abre los suyos y me aprieta con cariño. Ya está. Este es mi regalo. La miro perplejo. Sé que ahora no entiendes, me dice; un abrazo es el mejor regalo. Un abrazo, cuando es sincero, es acercarte a Dios, te da alegría, seguridad y cariño. La miro sin entender y sus ojos se llenan de lágrimas. Le doy un beso y me voy a acostar. Desde entonces aprendí a regalar abrazos, estoy seguro que en cada uno está el milagro de la Navidad.
A las seis me despiertan, la guagua me recoge en la calle Mercedes a las siete en punto. Trigo, el chofer, tiene muy mal carácter y echa carajos con sólo mirarte. Solo sonríe cuando cobra y esa sonrisa le dura poco. Paso el día en el colegio aprendiendo cosas que no entiendo, bueno ya sé leer de corrido.
A las cinco de la tarde me baño y luego las tareas. A las seis, cena y a las nueve, cama. No tengo vida.
Hoy es Nochebuena. Estoy contento y aunque a mí me ponen los Reyes, esta noche Santacló me dejará algún regalito.
Han puesto el mantel blanco y las copas de cristal, también la vajilla francesa de la abuela, la que trajo de Córcega.
Mi mamá hace la ensalada de papas con espárragos y mayonesa, en el horno –desde temprano– un pavo y en las dulceritas todo tipo de golosinas. No puedo tocarlas hasta la noche. Este año el árbol de Navidad está lleno de pelo de ángel. Renelia, mi niñera, me ha prometido un regalo. Me dijo que es un regalo para toda la vida, algo diferente que irá creciendo con los años. Estoy curioso. La noche transcurre como siempre, he encendido mis patas de gallina y tirado los cohetes chinos. Huelo a pólvora. Renelia me lleva al balcón. Abre los brazos, me dice, obedezco, ella abre los suyos y me aprieta con cariño. Ya está. Este es mi regalo. La miro perplejo. Sé que ahora no entiendes, me dice; un abrazo es el mejor regalo. Un abrazo, cuando es sincero, es acercarte a Dios, te da alegría, seguridad y cariño. La miro sin entender y sus ojos se llenan de lágrimas. Le doy un beso y me voy a acostar. Desde entonces aprendí a regalar abrazos, estoy seguro que en cada uno está el milagro de la Navidad.