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Conjugación de un verbo en verano

“Abuelear” nos coloca frente al espejo de la existencia. Nos devuelve este una imagen nueva, susceptible de moldeado a voluntad, sin ángulos inoportunos, protuberancias indeseables o reconditeces.

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Conjugación de un verbo en verano

Las temperaturas han trepado por el termómetro hasta alturas intolerables, y en esa búsqueda inclemente de nuevos récords aportan la certeza de que las consecuencias del cambio climático son más duras que las previsiones. Las olas de calor disparan las alarmas. Quien nada tenga que buscar en las calles, pues que se quede en casa y cuide los pulmones porque la calima, con su manto de suciedad y tormentos,  se enseñorea por doquier.

Los parques cierran porque también en sus espacios de verdor flotan vapores impuros. Desaconsejados los ejercicios y paseos, de pronto aquello del aire libre traspasa los linderos de la ficción. Si faltasen agravantes, la pandemia, sumada a la crisis económica y dificultades de abastecimiento que castigan a los mundos de los desarrollados y subdesarrollados, ha devenido caos preocupante.  Los boletos aéreos andan por las nubes, las cancelaciones de vuelos arruinan vacaciones y los servicios dejaron de ser tales. Miles de puestos vacantes en la hostelería apuntan hacia una nueva realidad económica. Por igual en tiendas, grandes y pequeños almacenes y todas esas actividades que requieren presteza, buena presencia y amabilidad a cambio de salarios para morirse de hambre. Para colmo,  el aire acondicionado, el que resfría y al que estamos acostumbrados, apenas es un susurro templado en esas latitudes civilizadas en las que me desenvuelvo.

Llegaron las vacaciones y toca conjugar un verbo al que se resiste el diccionario y sin embargo suena añejo, con toques azucarados que traen memorias de los buenos vinos de postre: “abuelear”. En esas tareas en que la espontaneidad  reina y lo básico es la práctica, hay emociones insospechadas. También claroscuros que sobrevienen como emboscadas de las que conviene apartarse prontamente: el mensaje contundente de que los mejores veranos ya nos antecedieron. Y no precisamente porque el aire era más puro y la temperatura, más benévola. Admite solo dos tiempos, presente y futuro. En las acepciones de mi diccionario particular, prefiero la  volver sobre nuestros pasos, tomar aliento y creer nuevamente en sueños. Pertenece a una gramática de reglas que entusiasman  por su sencillez y la rapidez con que se aprehenden y nunca se olvidan.

Abuelear” nos coloca frente al espejo de la existencia. Nos devuelve este una imagen nueva, susceptible de moldeado a voluntad, sin ángulos inoportunos, protuberancias indeseables o reconditeces. Nos traslada a raíces profundas, afectos inacabables y a la verdad de que, para bien, dejaremos huellas. Contribuimos a la propagación de la especie en un sentido que trasciende la biología. Los nietos son un desiderátum.  Reflejan la ambición de lo que siempre hemos querido ser, de ese yo superior encarnado en virtudes que ahora anhelamos transmitir, irremediablemente cortos ya de veranos.

En el inicio a la vida de quienes muy pronto nos reemplazarán en la cadena familiar y de la existencia, la convención manda compartir, con esperanza de futuro. Convencido estoy de que por temprano que sean los años, las experiencias dejan sustratos que el calendario nunca borra. Que hay impresos que se quedan en el alma y sin que lo sepamos ilustran el porvenir. Razón de que, por ejemplo, al pequeño haya que llevarlo a espacios en que los adultos celebramos la reunión familiar en torno a la buena mesa.

No he visto en las cartas estivales de los restaurantes, ni siquiera en los más sofisticados, alimentos para  quienes aún les restan muchos años antes de sentarse en el sillón del dentista. O, dado el caso, en cualquier sillón. En el apartado de los entrantes, diseñados casi siempre para simplemente cosquillear en el aparato digestivo y por tanto de dimensiones moderadas, no figuran las compotas. Siempre dedico particular atención, sobre todo por los precios, a las ofertas líquidas salvo el agua gratis. Y, sin embargo, en mi largo inventario de consultas de caldos, cerveza de barril o embotellada,  brebajes y cócteles con o sin alcohol, cafés, tés e infusiones, jamás he tropezado con leche pasteurizada y homogeneizada. Puede que mi ignorancia haya alcanzado el grado supino, pero en las fórmulas de la novedosa cocina molecular no se encuentran las infantiles.

Pese a la inexistencia de atención restauradora especializada para lactantes y preescolares, la conjugación del verbo “abuelear” no cesa ni siquiera con el propósito de resolver las insistencias urgentes de un estómago abandonado con el rayar del día veraniego.

Ir a todos lados con los niños es ya parte de una cultura que dispensa comprensión y respeto al abuelo, como si fuese el progenitor de los vástagos incipientes. Y hasta resulta gracioso que la crianza traviesa o desinhibida voltee la copa de agua por enésima vez (la del vino siempre la pongo a resguardo de los manotazos infantiles arteros), lance el tenedor al suelo luego de cansarse de usarlo como mandoble, llore desconsolado y, con igual desparpajo, me regale una y muchas otras sonrisas.

Dentro de poco el pequeñín manejará el lenguaje y paulatinamente adquirirá una visión del mundo, manejará conceptos primarios, entenderá funciones y podrá representar mentalmente imágenes visuales. No se habrá librado, sin embargo, del egocentrismo que atestigua su conducta. Amo y señor de su reducido universo, reclama para sí toda atención. Empero, no hay mácula en esa conducta propia de quien apenas se adentra en los recovecos más fáciles, menos intrincados,  de la vida. Le está permitido discriminar, exponer su disgusto por la cercanía de cualquier persona y hasta propinar un manotazo al camarero que diligente le trae una servilleta de papel,  sin que se le acuse de violento o racista. Su desafuero cuenta con indulgencias plenarias, se celebra, provoca sonrisas, despierta ternura.

Los niños son cosa sencilla, sin las complicaciones ni los vicios que taran a los adultos. Su inocencia es una virtud que lamentablemente se pierde con el correr de los años y el aprendizaje (¿?) social. Desconozco en qué etapa de su ruta cognitiva los nietos hoy niños sabrán qué es la inflación, las verdades y mentiras de una guerra, la torpeza de políticas internacionales que solo miran hacia un lado, y si para su adultez continuará el debate sobre el cambio climático o simplemente será la ruina ambiental. No hay más remedio que aceptar lo incierto de un futuro para el cual no hay bola de cristal.

Quema el sol que en estos letargos veraniegos se niega a tomar la corta vacación de cada día y resiste con soltura la amenaza de las tinieblas nocturnas. Aunque más tarde que de costumbre, la oscuridad terminará por imponerse. No abatirá el calor, para beneficio de los turistas que bajan desde el norte de temperaturas empecinadamente frías aunque lo estival ocupe el calendario. Y para desgracia de este caribeño que abomina del abuso canicular Más luz para abarrotar plazas, paseos marítimos, caminar por el campo o detenerse ante la majestuosidad de esos paisajes arrobadores que hacen de Europa un continente de vacaciones continuas para el espíritu, y para conjugar repetidas veces el verbo “abuelear”.

(adecarod@aol.com)

“Abuelear” nos coloca frente al espejo de la existencia. Nos devuelve este una imagen nueva, susceptible de moldeado a voluntad, sin ángulos inoportunos, protuberancias indeseables o reconditeces. Nos traslada a raíces profundas, afectos inacabables y a la verdad de que, para bien, dejaremos huellas. Contribuimos a la propagación de la especie en un sentido que trasciende la biología. Los nietos son un desiderátum. Reflejan la ambición de lo que siempre hemos querido ser, de ese yo superior encarnado en virtudes que ahora anhelamos transmitir, irremediablemente cortos ya de veranos.

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Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Se ha mudado a la diplomacia, como embajador, pero vuelve a su profesión original cada semana en A decir cosas, en DL.