Al rescate de un hogar del siglo XVI

El restaudor analiza los dilemas actuales de la Ciudad Colonial, entre la preservación de la memoria histórica y las nuevas presiones de uso cultural y turístico

Parte del mobiliario de la Casa de Tostado. (Diario Libre/Dare Collado)

La Ciudad Colonial vive una nueva fase de transformaciones que reabre la polémica  sobre cómo intervenir el patrimonio sin diluir su memoria. Desde la Casa de Tostado, donde dirige la intervención patrimonial, el arquitecto e historiador José Enrique Delmonte repasa experiencias, criterios y dilemas que hoy marcan el rumbo de la conservación patrimonial en la República Dominicana.

¿Cómo evalúa el estado actual del patrimonio arquitectónico dominicano y, en concreto, de la Ciudad Colonial?

Lo primero que debemos señalar es que estamos en un momento distinto en el proceso de rescate y puesta en valor del patrimonio arquitectónico dominicano, iniciado a finales de la década de 1960. El propio crecimiento económico y demográfico del país es un componente esencial para comprender el cambio en el significado del patrimonio para la sociedad dominicana actual.

Durante los primeros años del programa de rescate hubo mucho interés en descubrir lo “oculto” que guardaban los muros y los suelos. Los edificios se trataban como objetos cubiertos por diferentes etapas, y la mayor atracción era determinar los vestigios de los esquemas originales, los patrones de una arquitectura de principios del siglo XVI y sus variaciones. Se contaba, además, con “cronistas” que narraban las intervenciones en diferentes medios de comunicación, logrando que la población acompañara estos procesos.

En años recientes, la actitud ha cambiado. Prima una interpretación menos rigurosa de lo que se considera un inmueble histórico. Bajo esta premisa, se tiende a privilegiar la “experiencia estética” por encima del “documento histórico”. Entre ambos conceptos hay una distancia enorme, porque de ellos depende la manera de entender el valor patrimonial, de sentir atracción por él, de reconocerlo como valor colectivo y de comprometerse con su preservación. En la experiencia estética predominan los efectos que puede provocar el inmueble en la sensibilidad de los usuarios; pervive, hasta cierto punto, un uso efímero y una apuesta por la novedad.

En cambio, entender el edificio como testimonio de distintas etapas históricas —en las que cada generación ha dejado su huella— permite fortalecer su vínculo con la autenticidad histórica. En la búsqueda de esa autenticidad se debe actuar con mucho cuidado, para eliminar lo menos posible las marcas de otras épocas y combinarlas con nuevas versiones del presente. Es probable que hoy la tendencia apunte a intervenciones más esteticistas, como respuesta a las aspiraciones de nuevos usuarios o auspiciadores.

Por ejemplo, ante una ruina colonial como el hospital San Nicolás de Bari o el monasterio de San Francisco, la sociedad actual podría reclamar su reconstrucción para darles nuevos usos, más activos y plurales, por encima del valor testimonial que representan en su estado natural. Se apostaría a la novedad, mientras que en el ruinismo predomina la libertad de la imaginación, la poética de lo estático y los límites del presente frente a la fuerza del pasado. Lo interesante sería lograr una propuesta que una ambas tendencias. En fin, son momentos y visiones distintas.

 

¿Qué criterios aplicó para que el espacio del Museo de la Familia Dominicana del siglo XIX conserve su autenticidad sin perder su papel actual?

El edificio debe mostrar su propia dignidad, su flexibilidad y su capacidad para existir más allá del uso que tiene en este momento. De ahí la necesidad de entender los inmuebles históricos como piezas arqueológicas y antropológicas de escala mayor que la colección de objetos que conforma el contenido museográfico. Si se debilita este criterio, el inmueble histórico pierde su capacidad de transmitir su propio lenguaje.

En el caso particular de la Casa de Tostado se ha realizado una intervención de rescate de algunos elementos fundamentales: techumbre, muros de tapia y ladrillo, cornisas, mirador y cerramientos. No se trata de una transformación de lo que se conoce del inmueble, sino de reparaciones y soluciones técnicas a problemas acumulados durante los últimos cuarenta años. Estas se han hecho con un presupuesto muy bajo, lo que limita la actuación. Uno quisiera realizar intervenciones más ambiciosas y profundas, pero no siempre se puede.

Por ejemplo, sería importante reformular el patio para adaptarlo a actividades culturales, tan necesarias en los museos contemporáneos. La intervención se ha realizado con cuidado, sin premuras innecesarias, para preparar el inmueble a los cambios museográficos que deberán hacerse en un futuro muy cercano.

¿Cuál fue su enfoque metodológico al abordar el remozamiento?

Es un inmueble de alto valor histórico, con un uso residencial continuo desde las primeras décadas del siglo XVI. Su imagen exterior es una estampa, un sello que identifica al patrimonio arquitectónico de la etapa colonial de Santo Domingo. Es una estructura que muestra con orgullo su simpleza, referente de la imagen urbana que tantos cronistas y visitantes señalaron a lo largo de los siglos.

La ventana gótica que destaca su acceso principal es un elemento único en el hemisferio occidental, de una calidad artesanal y expresiva que debe enorgullecer a todos los dominicanos. La incorporación en la esquina del mirador techado de tejas, que evoca a otros que existieron en la ciudad en una de sus antiguas etapas, le aportó una marca de identidad al inmueble.

Lo que se ha hecho en este momento es respetar la actuación de la restauración profunda a la que fue sometido el inmueble en la década de 1970, bajo la dirección del arquitecto Teódulo Blanchard y el acompañamiento museológico de María Cristina de Carías.

¿Qué aprendizaje destacaría de su experiencia con la Casa de Tostado que puedan servir para futuras intervenciones en otros inmuebles patrimoniales?

Que no siempre los arquitectos deben jugar a ser novedosos, y permitir que la huella histórica de un inmueble los guíe, sin que se pierda su capacidad creativa. Sentir que somos instrumentos para su preservación.

La documentación histórica arquitectónica es, a menudo, insuficiente en el país. ¿Cómo puede institucionalizarse mejor?

Es un reto que hay que comprometerse a solucionar cuanto antes. Hay tantos vacíos en los datos que acompañan la historia de nuestros inmuebles patrimoniales que esto contribuye a intervenciones de logros menores. Un inmueble histórico va más allá de su materialidad. Hay silencios y narraciones acumuladas en su existencia.

Toda intervención debe estar acompañada de informes iniciales, documentación del proceso e interpretaciones de lo logrado. Toda decisión debe quedar justificada. A veces, solo el resultado no es suficiente para comprender la complejidad de las actuaciones técnicas en estos inmuebles.

A pesar de que existe el Centro de Inventario de Bienes Culturales, el compromiso de depositar la documentación requiere acompañamiento y motivación. El país carece de herramientas documentales suficientes sobre su patrimonio edificado, por lo que es necesario transformar esa realidad. Sin la data, la lectura de la arquitectura histórica deja muchas interrogantes. En mi práctica profesional, la investigación histórica del inmueble es uno de los componentes que más me apasiona. Voy siempre tras sus misterios.

Más allá de la restauración física, ¿cómo visualiza el papel de los museos y centros culturales  en la educación ciudadana y el fomento de una cultura patrimonial más amplia en República Dominicana?

Son fundamentales para el sostenimiento de la conciencia de la dominicanidad. La historia se comprende —y se disfruta— mejor a través de la fuerza interpretativa que ofrece la arquitectura.

Con experiencias previas en rescates de monumentos coloniales dominicanos, ¿cuál resaltaría, por sus implicaciones y retos, para lograr una preservación que trascienda otro siglo?

En mi caso, la reciente intervención en el hospital Padre Billini fue un reto. Lo que en principio fue una acción de emergencia por un socavamiento en el subsuelo se convirtió en una obra multidisciplinaria, donde la inclusión de un restaurador incidió en varias decisiones fundamentales. La consolidación estructural del edificio tuvo que contar con las observaciones del conservador para evitar que se perdiera la huella distintiva de su propia historia.

Proteger la memoria constructiva y sus elementos más representativos fue un reto dentro del equipo de ingenieros que actuaba en el inmueble. El rescate de la capilla de San Andrés, adyacente al hospital, fue una decisión vital dentro del proyecto. Estamos hablando de un conjunto que data del siglo XVI y cuya huella constructiva abarca los siglos XVII al XX, con procesos de adaptación y ampliación. Es un libro abierto para conocer el desarrollo de la ciudad y la trascendencia de un edificio público. Pienso que se preservó para episodios futuros de Santo Domingo.

Investigadora y autora de estudios sobre periodismo y comunicación en la República Dominicana. Ha sido reportera durante décadas en diarios nacionales. Es editora de Actualidad de Diario Libre.