En el tren
Siempre soñé con viajar en tren, quizás por la influencia de lo que leía en los libros y las aventuras encontradas en ellos me llenaba de ilusión la experiencia. Al fin se me dio. Estoy en el AVE de Madrid a Sevilla para luego tomar en Sevilla otro tren a San Fernando y llegar a Cádiz, donde se celebra el festival de teatro al cual he sido invitado.
Finales de octubre, el día más caluroso de mi vida y yo que vine vestido de invierno, bueno de otoño, que es más o menos lo mismo (nada más allantoso que un caribeño). El sonido del tren adormece, voy tranquilo, atravieso los campos, amplias planicies sembradas de olivos, uno que otro laurel se cruza en mi mirada. Un cielo azul sin nubes desafía mi imaginación y me invita a soñar, ¿dónde estará Dios a estas horas? Frente a mí, sentadas, dos señoras que no paran de conversar; la mayor se arregla el pelo constantemente, la otra escucha sus susurradas historias con cara de aburrimiento; no me entero, estamos frente a frente con una mesa de por medio. Nuestras miradas se cruzan constantemente y eso me pone un poco nervioso. El tren prácticamente lleno, estoy en el vagón número diez, y con una maleta grande y otro maletín la pasé mal tratando de moverme en él y luego tener que subir ambas al maletero; nadie me da una mano, ¡qué solo me siento!
Dentro del tren hace calor, aunque un ligero aire acondicionado se deja sentir en cada uno de los asientos. Atravesamos un túnel y todo se vuelve oscuridad, se interrumpe el paisaje y, de repente, de nuevo la luz. Una cañada me sorprende, pero hasta el momento no he visto una sola persona en estos vastos campos, ni siquiera una lejana casita. Otro túnel, este un poco más largo, frente a mí unos niños serbios juegan entre ellos, la madre está dormitando sobre la mesa y el marido, absorto, mira el paisaje contrario al mío. Un extraño silencio nos arropa, algunos pasajeros duermen, otros leen, otros escriben en sus computadoras, y los más gozones saborean en el bar un vino o un trago de su bebida favorita. Otro túnel -y van muchos-, el paisaje apenas cambia, diría una prima que todo lo compara, la monotonía es el común denominador de este viaje.
El niño dejó de jugar y cerró los ojos; se recuesta en la barriga de su padre y aparenta dormir. El tren se desliza tranquilo sobre un puente seco y más túneles y túneles y túneles, oscuridad y luz, oscuridad y luz, es como la vida misma, y una sequedad tremenda, y piedras, y nadie, nadie, nadie, al fin vislumbro una casita blanca, ladrillos blancos pero las puertas cerradas, una chimenea sobresale, es pequeña, siento una ligera paz, no tengo deseos de leer, ni de hablar, solo dejarme transportar para llegar a un lugar donde me esperan los amigos, y entonces pienso en mi país, en mi gente, en la vida, en lo efímero que es todo, y me refuerzo en mi creencia de que la vida es este presente que vivo, que la vida es ahora, que el mañana sigue siendo un espejismo, y de repente no me hago preguntas, ¡y soy tan feliz!
Ilustración: Ramón L. Sandoval
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