La vacuna cubana
El espejismo del milagro revolucionario cubano
Cuba duele. No tanto por el fracaso de una revolución que prometió redención y terminó administrando escasez, sino porque su colapso abarca una tragedia más amplia, y que a todos al menos roza. La geopolítica también fracasa cuando deja solos a los pueblos y convierte la solidaridad en consigna vacía.
Noventa kilómetros separan Cayo Hueso de La Habana. Esa distancia mínima encierra una verdad incómoda. La geografía pesa más que la ideología y la cercanía física termina siendo más decisiva que la afinidad política. La amistad ideológica no se traduce en comida caliente ni en ropa decente. No crea empleos ni garantiza bienestar. Las consignas, por el contrario, flotan, sin producir electricidad ni medicamentos.
Durante años se habló del milagro revolucionario como si fuera una excepción histórica. Hoy es evidente que fue, en buena medida, un espejismo sostenido por control y propaganda. Las palabras, contrario a los hechos, suelen volar.
Cuba no se derrumba por una herejía doctrinal, sino porque ningún país puede vivir indefinidamente de la retórica, aislado del comercio, de la inversión y de las reglas elementales de la economía.
Como dominicanos hay una lección que conviene asumir sin alardes. El contagio cubano nos sirvió de vacuna. Lo miramos de cerca y, con todas nuestras carencias y disparidades sociales, escogimos otro camino. Esa diferencia explica también una obligación moral en el presente.
No se trata de celebrar derrotas ajenas ni de ajustar cuentas ideológicas extemporáneas. Culpar al pueblo cubano por sus gobernantes y una revolución detenida en el tiempo carece de razones. Por eso, insistir en que enviemos ayuda humanitaria no es un gesto político ni una concesión ingenua. Es simple solidaridad. En momentos como este, es la única que cuenta.