Gobernar no es seguir el coro
El valor de la firmeza frente a la ansiedad de aprobación inmediata
La política contemporánea parece atrapada por una ansiedad permanente de aprobación inmediata. Las redes sociales dictan estados de ánimo; la calle impone urgencias; los gobiernos, demasiadas veces, terminan administrando tendencias emocionales en lugar de ejercer liderazgo. Se gobierna mirando encuestas, hashtags y ráfagas de indignación pasajera. En ese clima, cualquier decisión que contradiga el ruido dominante exige un grado inusual de firmeza.
Como escribe el diplomático chileno Roberto Ampuero, las mayorías no siempre tienen razón, ni el aplauso coyuntural coincide necesariamente con los intereses permanentes de un país.
La decisión del presidente Luis Abinader respecto al proyecto de GoldQuest ocurre precisamente en medio de esa atmósfera que fertiliza el terreno para el populismo. Que consiste en prometer lo imposible, pero también en gobernar al ritmo de la presión más estridente, canjeando el análisis técnico por el cálculo emocional; y el largo plazo, por la conveniencia inmediata.
Nada más fácil, políticamente, que refugiarse en consignas absolutas. Convertir cualquier debate minero en una batalla entre “depredadores” y “salvadores” simplifica la discusión y produce aplausos instantáneos. Empero, gobernar un país sobrepasa la administración de emociones colectivas. Un Estado serio debe evaluar riesgos, beneficios, impactos y alternativas con una mirada menos impulsiva y más estratégica.
La democracia necesita escuchar a la ciudadanía, sin convertirse en rehén del humor cambiante de las redes. O de movilizaciones que muchas veces responden más al oportunismo político que a una reflexión profunda sobre el interés nacional.
Un gobernante no está para repetir el coro, sino para discernir cuándo las voces se equivocan, exageran o simplemente actúan desde el miedo. La verdadera responsabilidad política comienza justamente allí: en la capacidad de resistir la tentación del aplauso fácil y decidir pensando en el país que permanece cuando el ruido pasa.