Libertad sin relojes
Periodistas y ciudadanos enfrentan retrasos injustificados
Si la embajadora de Estados Unidos, Leah F. Campos, quiso dejar una lección durante la celebración del 250.º aniversario de la independencia de su país, bienvenida sea. La libertad de expresión es la condición indispensable para que una democracia pueda corregirse a sí misma.
No es casualidad que Campos haya elegido, entre todos los símbolos de 1776, la figura de Charles Carroll of Carrollton, aquel firmante que decidió estampar no solo su nombre, sino también su dirección, al pie de la Declaración de Independencia. Su gesto —la claridad frente a la ambigüedad que lo habría protegido— es, en el fondo, la misma apuesta que exige hoy la transparencia: dar la cara, asumir el riesgo de ser encontrado y corregido.
Ciertamente la libertad de expresión constituye "el oxígeno de la democracia". Apenas semanas atrás, la Junta Central Electoral decidió, sin una base legal convincente y al margen de la mejor tradición democrática, amordazar la publicación de encuestas fuera del calendario electoral. Se restringió un derecho donde debía prevalecer la libertad, olvidando que una democracia robusta confía más en ciudadanos informados que en ciudadanos protegidos de la información. Es exactamente el tipo de silenciamiento del que hablaba la embajadora: uno que erosiona la libertad "al principio de forma silenciosa y luego de golpe".
La censura se ejerce prohibiendo, pero también agotando la paciencia del ciudadano. La transparencia no consiste en cumplir el calendario de la ley, sino el de la democracia. La información vale cuando llega a tiempo. Después, deja de ser un instrumento de control para convertirse en un simple archivo. Una sociedad verdaderamente libre no teme a las encuestas, a las preguntas difíciles ni a los periodistas persistentes. Teme, más bien, al silencio que se instala cuando el poder descubre que retrasar puede ser tan eficaz como prohibir.