La visa eterna
La fuerza de una voz familiar en defensa de la fraternidad hispana
En un artículo dominical en El País, Alejandro Sanz desmiente el mito del artista popular como sinónimo de intrascendencia. Desde el inicio, se revuelve inquieto contra la siembra de divisiones. Más que pensado, sentido, El alma no tiene pasaporte es una oda a la latinidad que nos engloba y nos nutre el espíritu. Palabras cálidas, escritas para el alma, como apunta el título.
Compartimos una historia y una comunidad de emociones. Forjamos una identidad común y, pese a las olas culturales llegadas de otros continentes y regiones, emergimos.
En el habla, en la música, en la manera de celebrar y de acompañar el duelo persiste algo reconocible de un país a otro. Un vínculo que trasciende idiomas y que las etiquetas ideológicas y los estruendos verbales no han podido destruir. El afecto admite acentos distintos; una canción atraviesa fronteras que la política levanta con obstinación.
Sanz nos ofrece material indispensable para una reflexión oportuna. Se agradece este destello en tiempos propicios para convertirnos en islas. Las fronteras se fortifican, el extraño inspira sospecha y cada cual aprende a encerrarse en su pequeña jurisdicción. Identifica con propiedad otro serio peligro: la «frialdad de la pantalla» agrava una soledad que hemos empezado a considerar inevitable. Esclavos del algoritmo, nos asomamos a la vida ajena durante horas mientras aplazamos la visita, la conversación y el abrazo. Renunciamos, con una indecorosa facilidad, al placer de estar juntos.
El artista madrileño invoca la latinidad como respuesta. Nos permite reconocernos en el otro sin exigirle que sea idéntico a nosotros. Desde el otro lado del océano, la suya es una voz familiar que nos habla, precisamente, de la necesidad de volver a encontrarnos. Ningún pasaporte concede ese derecho. Ninguna frontera debería arrebatárnoslo.