La Cueva y la luz
El conflicto que se resolvió caminando juntos bajo la piedra
En una tierra de colinas y ríos, donde la piedra guarda historias más viejas que el recuerdo, se alzaban unas cuevas sagradas. Todos sabían que eran un tesoro, una herencia de los que vinieron antes. Nadie las poseía, pero todos las defendían, cada quien a su manera.
Doña Lourdes, a quien todos llamaban “la china”, vivía cerca del valle. Mujer de campo, de manos duras y corazón sabio, conocía el ritmo de la tierra. Desde su casa veía pasar los camiones de la empresa, escuchaba las voces de los ambientalistas y, a veces, el eco de las promesas del Estado, que llegaban tarde, como lluvia anunciada.
Ella no entendía de estudios de impacto ni de geología, pero sí sabía cuando una palabra venía cargada de rabia y no de razón.
—“Aquí todos hablan fuerte, pero pocos escuchan con calma”, murmuraba, viendo cómo el aire se llenaba de desconfianza.
La empresa llevaba años trabajando con cuidado, aplicando controles y normas. Había invertido en caminos, en empleos, en escuelas. Pero la gente no recordaba eso cuando veía el polvo levantarse con el viento.
—“¡Están destruyendo las cuevas!”, decían muchos, sin mirar los mapas, sin esperar los estudios.
Los ingenieros intentaban explicar:
—“No trabajamos dentro de las cuevas, ni tocamos su entorno directo. Tenemos límites y vigilancia constante”.
Pero el ruido de las emociones tapaba el sonido de los argumentos.
Los ambientalistas llegaron con pasión sincera. Amaban las cuevas, las habían visitado desde niños, sentían su energía ancestral. Cuando vieron máquinas en los alrededores, el miedo se convirtió en verdad sin prueba.
—“¡Protejamos lo que es de todos!”, gritaban, y tenían razón en el fondo.
Pero las formas se endurecieron. Y entre la razón y el corazón, la ciencia quedó en silencio.
El Estado apareció cuando el conflicto ya ardía. Convocó reuniones, pidió informes, emitió comunicados.
—“Hay que evaluar los impactos”.
—“Hay que suspender mientras tanto”.
Y entre el “hay que” y el “ya”, se perdieron semanas valiosas.
Doña Lourdes veía pasar los días desde su rancho. Decía a los que se le acercaban:
—“El problema no es quién ama más la tierra. Es que nadie se sienta a hablar de verdad”.
Un día, un grupo subió a las cuevas y grabó un video. Decían que el daño era irreversible, señalaban grietas que llevaban siglos ahí. El video se volvió viral. Al día siguiente, los titulares hablaban de desastre.
La empresa abrió sus puertas, mostró planos, mediciones, estudios. Invitó a todos a mirar con sus propios ojos. Pero las emociones ya habían hecho su trabajo: la confianza se había desmoronado, como una roca antigua bajo la lluvia.
La china, cansada de ver el pueblo dividido, reunió a sus vecinos y a los estudiantes. Invitó también a los técnicos, a los ambientalistas y a los funcionarios.
—“Si no nos entendemos hablando, tal vez nos entendamos caminando juntos”, dijo.
Ese día, entraron todos a las cuevas y salieron al mismo sol. Nadie gritó. Solo se oyeron las gotas cayendo del techo de piedra.
Un joven ambientalista, con la voz más baja, comentó:
—“Pensé que estaban trabajando aquí mismo”.
Y el ingeniero, con paciencia, respondió:
—“Queremos proteger lo mismo que ustedes. Si nos escuchan, podemos hacerlo mejor”.
Doña Lourdes sonrió.
—“La verdad no se impone —dijo—, se comparte”.
Con el tiempo, el Estado organizó mesas técnicas abiertas. La empresa apoyó nuevos estudios científicos. Los ambientalistas volvieron, esta vez con sus propios instrumentos, no solo con su pasión.
Las cuevas siguen ahí, firmes y silenciosas, recordando que el progreso y la protección no son enemigos, sino caminos que deben cruzarse con respeto.
Y Doña Lourdes, la china, sigue en su rancho, regando las matas al amanecer. A veces dice, mirando al horizonte:
—“Si todos escucharan la tierra antes de hablar por ella, nos sobrarían las peleas y nos bastarían las soluciones.
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