Cuando se rompe el “nosotros”: el sentido de pertenencia peligra
La educación cívica como herramienta para reconstruir el nosotros
Se está instalando, casi sin hacer ruido, una sensación incómoda en una parte importante de nuestra población: la de no estar del todo “dentro” del país, aunque se viva físicamente en él. Es como caminar por la misma calle de siempre, saludar a la misma gente y, aun así, sentir que se está fuera de la conversación colectiva. A eso se le llama pérdida del sentido de pertenencia: esa identificación subjetiva que nos permite sentirnos cómodos, bienvenidos y aceptados en la organización social donde hacemos vida.
El sentido de pertenencia no es un adorno emocional ni una palabra bonita para discursos patrióticos. Es un pegamento social. Es lo que hace posible cooperar, confiar, respetar reglas comunes, asumir compromisos y trabajar con otros sin preguntarnos a cada rato “¿y yo qué gano?”. Sin ese “nosotros” básico, la coordinación se vuelve difícil, la convivencia se endurece y cada quien empieza a funcionar como país aparte… con bandera propia y aduana en la puerta de su casa.
En grupos pequeños, la pertenencia nace de manera espontánea: familia, amigos, barrio, iglesia, escuela, equipo deportivo. Pero cuando hablamos de un colectivo amplio —la ciudadanía de un país— el sentido de pertenencia no siempre aparece por generación espontánea. Se construye. Y se construye, sobre todo, con dos herramientas: educación cívica y transmisión de valores compartidos.
La educación cívica no consiste únicamente en memorizar fechas patrias o repetir símbolos. Es aprender —desde temprano— que vivir en comunidad implica derechos, sí, pero también deberes: respeto por el otro, cuidado de lo público, participación, cumplimiento de la ley, rechazo a la violencia y a la trampa. Y hay que decirlo: un país no puede sostenerse si el civismo se limita a cantar el himno con la mano en el pecho mientras se busca la forma de colarse en la fila.
Ser dominicano, haber nacido en esta tierra, conlleva responsabilidades claras: defender nuestro territorio y nuestra soberanía, ser fieles a la nación, respetar la Constitución y las leyes, ejercer una ciudadanía responsable dentro de los valores aprendidos en el hogar, la escuela y la iglesia. No es romanticismo: es supervivencia social. La democracia, por ejemplo, no se mantiene solo con elecciones; se mantiene con hábitos cívicos cotidianos.
Hay, además, una verdad simple y contundente: este es el único lugar del mundo donde no somos extranjeros. En cualquier otro país podremos ser bien recibidos, prosperar, integrarnos, hacer amigos; pero siempre existirá una frontera invisible que nos recuerda que venimos de fuera. Solo aquí podemos decir, con propiedad íntima: esta es mi tierra. Esa frase no es un eslogan; debería ser un compromiso.
¿Por qué se debilita hoy el sentido de pertenencia? Hay muchas razones que se combinan: desigualdad que hace sentir a algunos que el país no les pertenece; desconfianza en las instituciones; polarización que convierte al vecino en enemigo; migración interna y externa que fractura vínculos; y una cultura de “sálvese quien pueda” que premia al vivo y castiga al correcto. También influye el ruido permanente de las redes, que nos da la ilusión de pertenecer a algo mientras nos desconecta de lo más cercano: la comunidad real.
La psicología lo confirma desde hace décadas. La teoría de las necesidades humanas de Abraham Maslow (1908–1970), uno de los grandes exponentes de la psicología humanista, ubica la pertenencia como una necesidad afectiva esencial, junto al amor y la amistad. Es decir: sin pertenencia, la persona no florece; y sin personas que florezcan, la sociedad se marchita.
Recuperar el sentido de pertenencia exige acciones concretas: reforzar la educación cívica en las escuelas, apoyar espacios comunitarios, dignificar lo público y volver a enseñar —con el ejemplo— que cumplir normas no es ser “tonto”, sino ser civilizado. También implica un acuerdo moral mínimo: que el bienestar colectivo vale tanto como el individual.
Si el “nosotros” se quiebra, todo se dificulta: la seguridad, la convivencia, la política, hasta la esperanza. Y un país sin esperanza es como una casa sin puertas: cualquiera entra, pero nadie se queda. La buena noticia es que la pertenencia se puede reconstruir. Pero hay que empezar hoy, antes de que ser dominicano sea solo un dato en la cédula y no una certeza en el corazón.