Veinte cambios y una acción desesperada: el relanzamiento tardío del gobierno
El frenazo económico y el suspenso de una reforma fiscal inviable
El año 2026 no comienza como una nueva etapa para el Gobierno dominicano. Comienza como una reacción defensiva a un 2025 que cerró mal en casi todos los frentes relevantes: desempeño económico, calidad de los servicios públicos, cohesión política y legitimidad moral.
Ese es el verdadero contexto del llamado “relanzamiento” gubernamental.
El presidente Luis Abinader ha presentado las recientes designaciones y rotaciones como el inicio de una nueva etapa orientada a dejar una transformación y mejorar la calidad de vida de los dominicanos. El discurso es optimista. Pero la pregunta política es inevitable: si estos cambios eran necesarios, ¿por qué no se hicieron antes?
El cierre de 2025 estuvo marcado por señales claras de agotamiento del Estado. Fallas persistentes en el sector eléctrico, presión acumulada en el sistema de salud, problemas operativos en el Metro, debilitamiento del sistema 911 y un sector agropecuario golpeado por bajos resultados configuraron un año particularmente adverso. No fueron hechos aislados, sino síntomas de una administración que perdió capacidad para ejecutar con eficiencia.
A ese deterioro se sumó una crisis aún más grave: la pérdida de licencia moral del gobierno. El escándalo de SENASA y las extradiciones de dirigentes vinculados al partido oficialista por presuntos nexos con el narcotráfico abrieron un cuestionamiento público profundo sobre el control político, el financiamiento electoral y la autoridad ética del poder. Más allá de los procesos judiciales, el daño político fue inmediato: la narrativa de pulcritud quedó seriamente erosionada.
En política, la legitimidad no se pierde solo en los tribunales. Se pierde cuando los escándalos se acumulan y las explicaciones dejan de ser creíbles. Ese fue el clima con el que terminó 2025.
Como si fuera poco, ese cierre coincidió con un frenazo económico que terminó de cerrar el margen de maniobra del Gobierno. La desaceleración de la actividad y la presión creciente sobre las finanzas públicas hicieron políticamente inviable la ansiada reforma fiscal que el propio Ejecutivo había reconocido como necesaria. Un gobierno sin resultados visibles y bajo sospecha no está en condiciones de pedirle más sacrificios a la sociedad.
La reforma quedó en suspenso no por falta de diagnóstico técnico, sino por ausencia de capital político.
En lugar de enfrentar ese problema de fondo, el Gobierno optó por una salida administrativa: más cambios, más rotaciones y más anuncios. Pero el problema no es cuántos cambios se anuncian, sino qué se busca realmente cambiar. Cuando los relevos se concentran en nombres y cargos, pero no en el modelo que produjo el deterioro institucional, el riesgo es evidente: que el cambio de caras funcione como una distracción.
Eso tiene un nombre en política: gatopardismo.
Cambiar las caras para preservar el mismo modelo.
Mismo infierno, distintos diablos.
Este iba a ser el gobierno del cambio.
Terminó siendo el cambio para mal.
Desde 2020, la administración sustituyó técnicos especializados por activistas políticos, expandió la nómina pública de forma acelerada y disparó el gasto corriente sin mejorar la calidad de los servicios. El resultado fue un Estado más grande, más caro y menos eficaz.
Por eso los cambios anunciados a inicios de 2026 no se leen como una reforma planificada, sino como un intento apresurado de recuperar control cuando el tiempo político ya se agotó. De ahí también la resistencia interna en el PRM, donde sectores comienzan a pagar el costo de una politización del Estado que el propio gobierno promovió.
No es casual que desde el mismo oficialismo se haya hablado de “desesperación” para describir el momento del Presidente. En política, la desesperación no es un estado emocional: es la señal de que las decisiones llegan cuando las opciones ya se redujeron.
El problema no es cuántos cambios se anuncian, sino por qué se concentran todos al mismo tiempo. Cuando un gobierno no logra sostener el crecimiento, pierde autoridad moral y se queda sin margen para una reforma fiscal, el relanzamiento deja de ser estratégico y pasa a ser defensivo.
Por eso, veinte cambios no transmiten transformación. Transmiten urgencia.
Y en política, la urgencia tardía suele tener un solo nombre: una acción desesperada.