La república del engaño
En la sociedad contemporánea, la verdad ha perdido su peso moral
Vivimos en una sociedad donde el engaño ha dejado de ser una excepción para convertirse en método. Ya no se trata solo de mentir —eso ha existido siempre—, sino de algo más profundo y peligroso: la indiferencia frente a la verdad. En la sociedad contemporánea, la verdad ha perdido su peso moral, su autoridad simbólica y su capacidad de ordenar la vida colectiva. Lo que importa no es si algo es cierto, sino si resulta útil, viral, rentable o políticamente funcional.
Esta es, sin exagerar, una sociedad del engaño. Una sociedad donde la apariencia sustituye a la realidad y donde el relato importa más que los hechos. La mentira ya no necesita ocultarse: circula a plena luz del día, se reproduce en las redes sociales, se normaliza en los discursos oficiales y se disfraza de opinión. El engaño, hoy, no provoca escándalo; provoca likes.
En la República Dominicana este fenómeno adquiere formas particulares y, por momentos, grotescas. Vivimos en un país donde se proclama crecimiento económico mientras se oculta la precariedad cotidiana; donde se habla de institucionalidad mientras se normaliza la impunidad; donde se celebran cifras macroeconómicas que no se traducen en bienestar real para la mayoría. El engaño no es solo un acto individual: es una estructura que atraviesa el discurso público.
La política dominicana se ha convertido, en gran medida, en una fábrica de narrativas. Promesas recicladas, discursos grandilocuentes, gestos simbólicos vacíos y una puesta en escena permanente que busca convencer más que gobernar. No importa tanto resolver los problemas como administrar la percepción de que se están resolviendo. La verdad, cuando estorba, se posterga; cuando incomoda, se relativiza.
Los medios de comunicación y las redes sociales amplifican este escenario. La información se mezcla con la desinformación, la noticia con el rumor, el análisis con la consigna. Todo vale mientras genere tráfico, ruido o posicionamiento. La velocidad ha sustituido a la veracidad, y la indignación momentánea ha reemplazado a la reflexión crítica. Así, el ciudadano termina desorientado, cansado y, en muchos casos, resignado.
Pero el engaño más profundo no es el que viene desde arriba, sino el que hemos aprendido a tolerar y reproducir. Nos acostumbramos a vivir en la simulación: fingimos normalidad frente a la desigualdad, fingimos orden frente al caos institucional, fingimos democracia plena mientras aceptamos prácticas que la vacían de contenido. El engaño se vuelve cómodo porque nos exime de responsabilidad.
En este contexto, decir la verdad se vuelve un acto incómodo, casi subversivo. Exigir coherencia, transparencia y honestidad parece ingenuo o exagerado. Sin embargo, una sociedad que renuncia a la verdad renuncia también a la posibilidad de transformarse. Sin verdad no hay diagnóstico; sin diagnóstico no hay solución; sin solución solo queda la repetición del fracaso.
La República Dominicana no necesita más relatos edulcorados ni más discursos optimistas desconectados de la realidad. Necesita una ética pública que recupere el valor de la verdad, aunque duela, aunque incomode, aunque rompa consensos falsos. Porque cuando la mentira se vuelve norma, la sociedad deja de avanzar y empieza, silenciosamente, a descomponerse.
Recuperar la verdad no es un gesto moralista; es una urgencia histórica. Sin ella, seguiremos atrapados en una puesta en escena permanente, creyendo que avanzamos, mientras en realidad solo aprendemos a engañarnos mejor.