El loco sin Dios y el loco de Dios: Javier Cercas frente al abismo de la fe

Un viaje con el papa Francisco lleva a Javier Cercas a interrogar el sentido de la fe

La pregunta de una madre impulsa la reflexión espiritual de Javier Cercas. (Generada con IA)

En El loco de Dios en el fin del mundo (2025), Javier Cercas abandona por un momento las trincheras de la historia española reciente y se lanza, sin escudo ni ironía, a un territorio más incierto: el del misterio. Con la lucidez del escéptico y la honestidad del narrador que no se esconde tras la máscara de la ficción, el autor traza una crónica del viaje que emprendió junto al papa Francisco a Mongolia. Pero más que una bitácora diplomática o una travesía espiritual, el libro es una interrogación prolongada sobre lo que no se ve, pero arde: la fe, la resurrección, la presencia o ausencia de Dios. Cercas, que siempre ha escrito desde el filo de la duda, ahora se asoma al precipicio de lo trascendente.

Lo hace no por vocación teológica, sino por fidelidad emocional. Todo comienza con una pregunta sencilla y devastadora que le formula su madre, envejecida y debilitada por la cercanía de la muerte: “¿Crees que volveré a ver a papá?” La pregunta, íntima y maternal, actúa como detonante ético del libro. Cercas, racionalista confeso y ateo militante, no sabe qué responder, pero no elude el compromiso. Acepta un insólito encargo del Vaticano: acompañar al papa Francisco en su visita a Mongolia y escribir un libro. La geografía del relato se desplaza al fin del mundo. La geografía interior, sin embargo, lo lleva a una zona más radical: la del alma.

El escritor como testigo

A lo largo de su obra, Cercas ha ejercido el papel de narrador-testigo, empeñado en iluminar los intersticios de la verdad histórica. Desde Soldados de Salamina (2001), pasando por Anatomía de un instante (2009) y El impostor (2014), su literatura se ha definido por una voluntad de indagación: no tanto reconstruir los hechos, como interrogar sus sentidos morales. La historia, en Cercas, es siempre una superficie rasgada por preguntas éticas. El héroe ambiguo, el impostor brillante, el político valiente o pusilánime: todos son figuras que le permiten explorar los límites del juicio, la fragilidad de las certezas y la anatomía de las decisiones.

El loco de Dios en el fin del mundo se inscribe en esa misma tradición, aunque su objeto ya no es el pasado colectivo, sino el presente espiritual. La figura del papa —ese “loco de Dios” que recorre los márgenes del planeta con una fe obstinada en la misericordia— actúa como contrapunto del propio Cercas, quien se define como un “loco sin Dios”. El título, tomado de un comentario de Francisco, establece de entrada el eje dialéctico del libro: dos locuras enfrentadas, pero no enemigas; dos modos de habitar el mundo desde la fragilidad, pero sin cinismo.

El relato se despliega como un tríptico. En la primera parte, Cercas entrevista a cardenales, teólogos e intelectuales católicos: hombres de fe que razonan con más escepticismo del que uno esperaría. En la segunda, narra el viaje a Mongolia, un país con apenas 1,500 católicos, donde la Iglesia es más comunidad que institución, más caricia que poder. En la tercera, regresa a su madre, al silencio de la pregunta inicial, y al murmullo persistente de lo que no sabe, pero ya no puede rechazar con suficiencia. El libro no tiene una revelación; tiene una rendición. No ante la fe, sino ante el asombro.

El estilo del que duda con elegancia

Desde el punto de vista estilístico, Cercas se mantiene fiel a su voz: prosa clara, frases ágiles, estructura bien templada. Sin embargo, en esta obra aparece un tono más bajo, más íntimo, menos didáctico que en sus libros anteriores. El ritmo es de confidencia, de conversación con uno mismo, de pensamiento que se va abriendo como un mapa sin leyenda. El humor, siempre presente, cede espacio al respeto. La ironía, habitual en su narrativa, se vuelve aquí distancia justa, humildad frente a lo inabarcable.

No hay adornos innecesarios, pero sí metáforas discretas que iluminan el texto. La fe es una herida que no cierra, pero también un consuelo que no se explica. La Iglesia es descrita como una nave anclada en el siglo XVI, pero con velas desplegadas hacia el porvenir. Francisco aparece como una figura contradictoria: austero y mediático, silencioso y profético, un pontífice que desobedece la lógica institucional para obedecer la del Evangelio. Cercas lo observa con una mezcla de desconfianza y admiración, como si intuyera que, incluso para un no creyente, hay figuras cuya autoridad proviene no del poder, sino de la coherencia.

El límite del relato: lo inefable

Uno de los logros más sutiles del libro es su negativa a ofrecer respuestas cerradas. Cercas, fiel a su método, narra para entender, no para dictar. La pregunta de su madre no recibe una confirmación celestial ni un consuelo sentimental. Recibe, en cambio, una indagación seria, una búsqueda acompañada, una escucha paciente. El viaje a Mongolia —territorio real y simbólico— le permite confrontarse con otro modo de verdad: no la de los archivos ni las pruebas, sino la del testimonio, la del gesto, la del amor que no exige demostración.

Aquí se abre una grieta luminosa en la obra de Cercas: su primera tentativa de pensar lo sagrado no como dogma, sino como posibilidad. La fe no es un saber, sino una decisión. Y aunque el autor no cruza la frontera, sí se detiene a contemplarla. El agnóstico no se convierte, pero tampoco se burla. El resultado es una ética narrativa que no se apoya en el juicio, sino en la compasión.

En ese sentido, El loco de Dios en el fin del mundo es también un libro sobre los límites del lenguaje. Hay pasajes donde el narrador se confiesa incapaz de explicar lo que ha visto o sentido. En un escritor como Cercas —aficionado al control y la argumentación—, esa renuncia es reveladora. No hay herejía en su libro, pero sí hay desarme. Un desarme que lo acerca a la poesía: aquella que no explica, pero nombra; que no convence, pero acompaña.

La escritura como acto de fe

Puede decirse que este libro corona una etapa en la carrera de Cercas. Emerge como el escritor que, tras haber interrogado la historia reciente de su país, se atreve ahora a mirar hacia dentro, hacia su propia indigencia espiritual. Si Soldados de Salamina inauguró el ciclo de la memoria como conflicto, y El impostor lo llevó al territorio de la identidad falseada, El loco de Dios en el fin del mundo introduce una dimensión nueva: la de la esperanza. No la ingenua, sino la resistente. Aquella que, como la fe, no necesita certezas para actuar.

Cercas se convierte así en heredero involuntario de una tradición que une al narrador con el peregrino. Como Dante guiado por Virgilio, como Dostoievski llevado al límite por la pregunta del mal, como Unamuno disputando a Dios entre sollozos, Cercas asume la escritura como búsqueda. Su descreimiento no es pose sino un suelo desde donde mirar con más claridad el gesto del que cree. Su escepticismo es generoso ya que permite que la fe se diga sin prejuicio, y que la duda tenga también derecho

El loco de Dios en el fin del mundo es, en última instancia, un libro sobre la escucha. El escritor que antes preguntaba a los archivos y a los testigos, ahora escucha a su madre. Escucha al papa. Escucha a los misioneros en la intemperie. Y en esa escucha encuentra una forma nueva de narrar: no desde el poder de saberlo todo, sino desde la humildad de quien acompaña.

Cercas no da respuestas. Pero ofrece algo mejor: un lenguaje capaz de habitar la incertidumbre. Y en tiempos de tanto ruido, ese gesto —mínimo, honesto, bellamente escrito— es una forma de fe.