La poeta alemana que llevó a Dominicana en el nombre

El agradecimiento eterno de la mujer que se nombró Dominicana

Hilde Domin llegó a República Dominicana en 1940 huyendo del nazismo. (Fuente externa)

El 6 de agosto de 1940, una pareja de jóvenes intelectuales judeoalemanes llegó a San Pedro de Macorís tras ocho años de huida. Habían tocado puertas, algunas cedieron por un tiempo. Siempre las maletas listas. La única que se abrió sin pedir papeles ni dinero — y ellos no tenían lo uno ni lo otro — fue la República Dominicana.

Ella se llamaba Hilde Löwenstein. Catorce años después, cuando regresó a Alemania, se apellidaba Domin.

Vivieron en Santo Domingo, en la Avenida Independencia 94. Hilde trabajó como traductora, como profesora de alemán, como fotógrafa de arquitectura — sus ojos recorrieron piedra por piedra la Ciudad Colonial. «Sentaron las bases de una nueva época en la investigación arquitectónica del país», dice José Enrique Delmonte Soné, presidente de la Fundación Erwin Walter Palm. Las tardes las pasaba en la tertulia de la calle Mercedes, conversando sobre poesía con intelectuales dominicanos. «Cuando llegó al país todavía no era poeta. Aquí nació», recuerda el historiador Bernardo Vega. Cuando el escritor dominicano Miguel Mena la visitó en Heidelberg en el año 2000 y le preguntó cómo soportaban el calor del trópico, respondió sin drama: «Abríamos la nevera, nos posábamos un momento, tratábamos de sentir ese frío.»

En cuarenta y dos años de vida nunca había escrito un poema. Una noche de septiembre de 1951 llegó la noticia de la muerte de su madre en Alemania. Lejos del cuerpo sin vida, la veló con palabras — doscientos poemas en poco más de dos años. Y al partir, se despidió de la isla que la había salvado del único modo que sabía: llevándose su nombre. Hilde Domin. Apócope de Dominicana — el nombre de un domingo, de una isla soñada. Su primer nombre le fue dado. El segundo fue escogido.

Regresó a Alemania en 1954 con su primer libro, Solo una rosa como apoyo. Ella decía que el regreso, no la persecución, había sido el gran acontecimiento de su vida. En febrero de este año se cumplieron veinte años de su muerte. Pero su historia sigue siendo poco conocida entre los dominicanos. Pocos saben que la Ciudad Colonial que hoy caminamos fue documentada por una poeta judeoalemana que llegó huyendo y se quedó catorce años sorteando el calor con el soplo frío de una nevera. Pocos saben que los primeros poemas de una de las voces más importantes de la literatura alemana del siglo XX nacieron aquí, en Santo Domingo, velando con palabras al cuerpo ausente de su madre.

Partió de Dominicana, pero Dominicana se fue con ella. La tejió a su nombre.