ProCibao. El Cibao y la arquitectura productiva del Estado que Funciona

De motor productivo a modelo económico

El Cibao se encuentra hoy exactamente en ese punto de decisión: continuar siendo el motor productivo del país o convertirse en el modelo que redefine cómo funciona la economía dominicana. (ARCHIVO/DIARIO LIBRE)

Hay territorios que crecen, y hay territorios que organizan el crecimiento. La diferencia entre ambos no es estadística, es estructural. Mientras unos acumulan actividad económica, otros construyen sistemas productivos capaces de sostener el desarrollo en el tiempo. El Cibao se encuentra hoy exactamente en ese punto de decisión: continuar siendo el motor productivo del país o convertirse en el modelo que redefine cómo funciona la economía dominicana.

El evento ProCibao, impulsado por la Cámara de Comercio y Producción de Santiago bajo la presidencia de Luis Campo Jorge, no fue una simple plataforma empresarial. Fue, en términos más profundos, un espacio donde se hizo visible una transición silenciosa pero decisiva: la República Dominicana está dejando atrás una economía basada en expansión para entrar en una economía que exige productividad, articulación territorial y sofisticación del valor.

Durante las últimas dos décadas, el país ha mantenido un crecimiento promedio cercano al 5 %, como lo ha documentado el Banco Central de la República Dominicana. Sin embargo, ese crecimiento enfrenta hoy un límite estructural. El propio Banco Central ha sido claro: sin aumentos sostenidos en la productividad, en el capital humano y en la calidad institucional, ese ritmo no será sostenible. En otras palabras, la economía dominicana ya no enfrenta un problema de dinamismo, sino de calidad del crecimiento.

Esa realidad quedó evidenciada en la exposición de Bernardo Fuentes, quien mostró cómo la economía dominicana ha evolucionado hacia una mayor concentración en sectores de servicios, que hoy representan cerca del 65 % del PIB. Este cambio estructural, acompañado por un aumento significativo de la inversión extranjera directa —de US$2,023 millones en 2010 a más de US$5,032 millones en 2025— con una tasa de crecimiento anual compuesta superior al 6 %, confirma que el país se ha vuelto más complejo, pero también más exigente. Ya no basta con producir; hay que producir con eficiencia, con valor y con capacidad de competir globalmente.

En ese nuevo escenario, el Cibao no es un actor más. Es el territorio donde esa transición puede tomar forma concreta. Como explicó el ingeniero agrónomo Arturo Bisonó, el Gran Valle del Cibao —que se extiende desde Manzanillo hasta Samaná— constituye una estructura territorial única, donde convergen condiciones climáticas, geográficas y productivas que explican su liderazgo histórico. Este territorio produce cerca del 60 % del arroz que consume el país y aporta aproximadamente el 70 % de las exportaciones agropecuarias, sustentadas en pilares como el tabaco, el cacao y el banano. Solo el tabaco genera más de US$1,340 millones en exportaciones, el cacao supera los US$669 millones, y el banano ronda los US$197 millones, configurando una plataforma exportadora de alto impacto económico.

Pero el verdadero desafío no está en lo que el Cibao produce, sino en cómo lo organiza. Porque producir no es suficiente. Exportar tampoco lo es. El desarrollo ocurre cuando un territorio logra articular su capacidad productiva en un sistema coherente, donde cada eslabón agrega valor y cada actor fortalece al conjunto. Esa es la diferencia entre una economía funcional y un Estado que funciona.

Michael Porter lo ha planteado con claridad: las regiones no compiten por lo que producen, sino por cómo lo producen. Y Joseph Schumpeter lo anticipó al señalar que el desarrollo económico no es un proceso lineal, sino una transformación estructural impulsada por la innovación. Ambas ideas convergen en una misma conclusión: la competitividad no es un resultado espontáneo, es una construcción deliberada.

Aplicado al Cibao, esto implica pasar de una lógica de acumulación a una lógica de integración. La agroindustria debe conectarse con la tecnología; la producción con la trazabilidad; las exportaciones con la identidad territorial; y el conocimiento con la innovación aplicada. Conceptos como el terroir, presentes en la historia del tabaco dominicano desde el siglo XVIII, deben evolucionar hacia una estrategia de diferenciación global que permita capturar mayor valor en los mercados internacionales.

Pero este proceso no ocurre en el vacío. Requiere un Estado que funcione. Un Estado que garantice infraestructura, reduzca fricciones, articule actores y mida resultados. Un Estado que entienda que la productividad no es un concepto técnico, sino un deber ético, porque de ella dependen los salarios, la formalidad y la movilidad social.

Ahí es donde la discusión deja de ser sectorial y se convierte en una agenda nacional. Porque un aumento sostenido de la productividad no solo mejora la competitividad; mejora la vida de la gente. Cada punto adicional de productividad se traduce en más ingresos, más oportunidades y más dignidad.

El Cibao tiene hoy la posibilidad de convertirse en el principal nodo productivo exportador del país. Pero esa posibilidad no se materializa por inercia. Se construye. Se organiza. Se ejecuta. Y, sobre todo, se sostiene en el tiempo mediante instituciones que funcionen, mercados que premien el valor y una visión compartida entre el sector público y el sector privado.

Porque al final, la diferencia entre un territorio que crece y uno que se desarrolla no está en la cantidad de bienes que produce, sino en el valor que logra colocar en el mundo. Y esa es la verdadera frontera del desarrollo dominicano: no exportar más productos, sino exportar más valor.

Defensor del Pueblo de la República Dominicana.