Semana Santa: el poder que se arrodilla

El sentido del servicio como herramienta para reconstruir la confianza pública

La Semana Santa no solo como un evento religioso, sino como una pedagogía moral y política aplicada al contexto dominicano. (Shutterstock)

Hay semanas que no están hechas para correr, sino para comprender. Semana Santa irrumpe en el calendario dominicano como una pausa necesaria, pero no para desconectarnos de la realidad, sino para mirarla con mayor profundidad. No es solo tradición ni rito; es, en su esencia más exigente, una pedagogía moral sobre el poder, la dignidad y el sentido del servicio.

En esos días —marcados por el silencio, la memoria y la contemplación— se nos presenta una secuencia que, más allá de su dimensión religiosa, interpela directamente la vida pública: un poder que no se impone, sino que se inclina; que no se afirma desde la fuerza, sino desde el servicio; que no busca preservarse, sino entregarse.

El gesto del lavatorio de los pies, narrado en el Evangelio de Juan (13:1–17), no es un símbolo menor. Es una ruptura. En una cultura donde la autoridad se afirmaba a través de la distancia, Jesús introduce una lógica inversa: el que tiene poder, sirve. Y al hacerlo, redefine la autoridad no como dominio, sino como responsabilidad. Ese gesto, leído fuera del templo, tiene una potencia política evidente.

Porque una democracia no se sostiene únicamente en normas, sino en la forma en que quienes ejercen el poder entienden su papel. La Constitución dominicana lo establece con claridad en su artículo 7, al definirnos como un Estado social y democrático de derecho: el poder no existe para sí mismo, sino para garantizar derechos. Y el artículo 8 lo precisa aún más: la función esencial del Estado es la protección efectiva de la dignidad humana.

Entre ese mandato constitucional y aquel gesto evangélico existe una continuidad que no es retórica, sino ética. Ambos colocan en el centro a la persona. Ambos establecen que la legitimidad del poder depende de su capacidad de servir.

Sin embargo, una de las tensiones más profundas de nuestro tiempo es precisamente esa: la distancia entre lo que se proclama y lo que se practica. Tenemos marcos normativos robustos, instituciones diseñadas para garantizar derechos, discursos que apelan al bien común. Pero la pregunta sigue siendo incómoda y necesaria: ¿funciona el poder para la gente?

Los datos ayudan a entender esa brecha. Según Latinobarómetro, la confianza en las instituciones públicas en América Latina se mantiene por debajo del 30 %. No es solo una cifra; es una señal de desgaste del vínculo entre Estado y ciudadanía. Y ese vínculo no se repara únicamente con reformas legales. Se reconstruye cuando el poder se ejerce de manera visible, cercana y coherente con el mandato de servicio.

El Viernes Santo introduce otra dimensión, igualmente necesaria: la advertencia. Es el momento en que la injusticia se institucionaliza, donde la presión colectiva, el cálculo político y la fragilidad de las instituciones convergen para producir una decisión profundamente injusta. No es solo una escena del pasado; es un recordatorio permanente de lo que ocurre cuando el poder pierde su anclaje ético. Y, sin embargo, la narrativa no termina en la derrota.

El Domingo de Resurrección introduce una idea que, más allá de su significado religioso, tiene una traducción cívica poderosa: la posibilidad de recomenzar. De corregir el rumbo. De restaurar el sentido. En términos de Estado, es la lógica de la reforma: reconocer que las instituciones pueden fallar, pero también pueden transformarse cuando se reorientan hacia su propósito original. Ese propósito es claro: organizar la vida colectiva en torno a la dignidad humana.

Porque gobernar no es solo administrar recursos ni ejecutar presupuestos. Es, en su forma más profunda, construir condiciones para que cada persona pueda vivir con respeto, con oportunidades y con sentido de pertenencia. Es convertir derechos escritos en experiencias reales. Es hacer que el Estado no sea una abstracción, sino una presencia que acompaña.

Semana Santa, entonces, no es una pausa vacía. Es un espejo exigente. Nos recuerda que el poder que no sirve pierde legitimidad. Que la autoridad que no escucha se aleja de su razón de ser. Y que una sociedad que olvida la dignidad como principio termina debilitando su propio futuro. En un país que aspira a consolidar un Estado que funcione para la gente, esta semana ofrece una lección que no debería pasar desapercibida: el poder encuentra su sentido más alto cuando se pone al servicio del otro. No es debilidad. Es la forma más exigente de autoridad.

Y quizás ahí —en ese gesto de arrodillarse para servir— está una de las claves más profundas para reconstruir la confianza, fortalecer las instituciones y volver a colocar el bien común en el centro de la vida pública. Porque los derechos no se proclaman. Se acompañan.

Defensor del Pueblo de la República Dominicana.