Eduardo Matos Moctezuma y la isla que quedó en el cuerpo

La herencia de Santo Domingo en el arqueólogo más importante de México

Eduardo Matos Moctezuma, arqueólogo clave de México y director del Proyecto Templo Mayor, vincula en su herencia al Caribe con el mundo prehispánico. (Fuente externa)

Eduardo Matos Moctezuma es considerado el arqueólogo más importante de México, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2022, miembro de El Colegio Nacional, titular de la primera cátedra que Harvard —en 380 años de historia— ha nombrado en honor a un mexicano.

Pero pocos saben que su padre, Rafael Matos Díaz, nació en Santo Domingo y llegó a México como secretario de la embajada dominicana. Allí conoció a Edith Moctezuma Barreda, una mujer poblana que llevaba con orgullo la leyenda de descender del emperador Moctezuma. De esa unión —el Caribe y el centro de México, el diplomático antillano y la orgullosa descendiente del Imperio— nació Eduardo, el 11 de diciembre de 1940.

La infancia de los hijos de diplomáticos tiene esa textura particular: se crece en varios países a la vez, sin pertenecer del todo a ninguno. El padre fue trasladado a Panamá, luego a Venezuela, donde la familia vivió el golpe de Estado que derrocó al presidente Medina Angarita desde adentro, desde la propia embajada. Vivieron en Santo Domingo más de un año antes de regresar. La isla quedó en el cuerpo.

En esa casa itinerante, la madre —profundamente católica— les leía a sus hijos por las noches El origen de las especies de Darwin. El padre, escritor además de diplomático, llenaba los estantes de libros y subía el volumen cuando sonaba el gran pianista cubano Bola de Nieve. Así creció Eduardo Matos Moctezuma: entre una madre que rezaba y leía a Darwin, y un padre caribeño que guardaba en sus anaqueles los libros que formarían a un arqueólogo.

Cuando la familia regresó definitivamente a México, Rafael Matos Díaz, cuya condición de extranjero limitaba sus opciones laborales, se dedicó a construir pequeños edificios. “Para infortunio de quienes habitaran en aquellos departamentos”, dice su hijo riendo. El padre se elevaba, el hijo eligió otro camino: descendía. Estudió arqueología, trabajó en distintos sitios de Mesoamérica, y fue centrándose en lo que se convertiría en la excavación de su vida: Tenochtitlán.

El descubrimiento de la Coyolxauhqui

El 21 de febrero de 1978, unos trabajadores descubrieron accidentalmente una enorme escultura azteca cerca del Zócalo: la Coyolxauhqui, la gran diosa lunar mexica. Matos Moctezuma, que regresaba de un congreso en Panamá —curioso regreso al país de su infancia— leyó la noticia desde el avión. Al aterrizar, le esperaba una llamada del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Nació así el Proyecto Templo Mayor, la excavación más importante del México moderno, que él dirigió durante más de dos décadas.

El mundo lo reconoció. París, Caracas, Berlín, Londres, Harvard. En 2022, el Princesa de Asturias coronó una vida dedicada a descifrar el pasado. Pero su legado más duradero quizás sea otro: ha formado a muchos de los principales arqueólogos mexicanos de las generaciones siguientes.

La influencia del Caribe en su obra

Y el Caribe nunca se fue de él. Entre sus más de cuatrocientos artículos y capítulos, y sus más de cuarenta libros traducidos a 38 lenguas, aparece un título de 1981: Pedro Henríquez Ureña y su aporte al folklore latinoamericano. El hijo del diplomático dominicano escribió sobre el más grande intelectual dominicano. Es además miembro de la Sociedad de Antropólogos del Caribe y estudió las décimas dominicanas, esa forma poética que surge de la oralidad y la memoria más profunda de nuestro pueblo. Pero hay otro libro que condensa su visión del mundo antiguo: Vida y muerte en el Templo Mayor —la dimensión humana de Tenochtitlán, con sus glorias y sus contradicciones.

Su sobrina Valeria lo describe el día que llegó el pergamino del Princesa de Asturias desde España: barba cana perfectamente acicalada, zapatos impecables, desenrollando el diploma con deleite. Y cierra su retrato con una línea que lo dice todo: “Mi tío baila chachachá.”

El padre de Santo Domingo que subía el volumen cuando sonaba Bola de Nieve dejó algo en el hijo que ningún premio puede medir. Algo de sus ancestros caribeños sigue latente en él. Lleva la isla en el apellido del padre y en la música que resuena en su cuerpo.

Nuestro, aunque no lo supiéramos. Nuestro, ahora que ya lo sabemos.