China y su estrategia en República Dominicana

La expansión comercial china en el mercado dominicano

El dilema entre el pragmatismo político y la protección nacional. (Shutterstock)

China, como sistema político autoritario, posee una ventaja estructural frente a las democracias: concentra la toma de decisiones, planifica a largo plazo y controla variables clave como el flujo migratorio. Su impresionante desarrollo en las últimas cuatro décadas no es fruto del azar, sino de una estrategia deliberada del Partido Comunista Chino. Es un logro admirable, aunque ello no implica renunciar a las libertades propias de la democracia, aun con sus imperfecciones.

Recuerdo un episodio revelador en 2009, durante un viaje oficial a España acompañando al presidente Leonel Fernández y al canciller Carlos Morales Troncoso. En un almuerzo en La Moncloa, invitados por el presidente José Luis Rodríguez Zapatero y el canciller Miguel Ángel Moratinos, surgió el tema de nuestras relaciones diplomáticas. Moratinos expresó su sorpresa de que República Dominicana mantuviera vínculos con Taiwán en lugar de China, advirtiendo que estábamos dando la espalda a una potencia que pronto sería la segunda del mundo. Fernández explicó que existían acercamientos, pero que China respetaba entonces un acuerdo con Taiwán para no disputar el reconocimiento de terceros países.

Ese escenario cambió en 2018, cuando el presidente Danilo Medina decidió romper relaciones con Taiwán y establecer vínculos diplomáticos con China. Fue una medida pragmática, con tensiones previsibles, pero que debe evaluarse en su contexto. En enero de 2019, el país ingresó al Consejo de Seguridad de la ONU, decisión cuestionada en su momento, pero que con el tiempo elevó el perfil internacional dominicano, especialmente en temas como la crisis haitiana. Hoy, bajo la gestión del presidente Luis Abinader, la política exterior ha consolidado esa proyección, posicionando al país como un actor relevante en la región.

En ese contexto, recuerdo otra anécdota. Fui invitado al Council of the Americas, donde compartí con la embajadora estadounidense Robin Bernstein. Tras mi intervención, me preguntaron cómo conciliábamos nuestra estrecha relación con Estados Unidos con el reconocimiento de China. Respondí que seguimos la misma política exterior estadounidense, basada en el principio de “una sola China”.

Este preámbulo permite entender la situación actual. En 2024, República Dominicana importó desde China unos 4,600 millones de dólares, y en 2025 esa cifra representó cerca del 20% de nuestras importaciones, unos 5,500 millones. En contraste, nuestras exportaciones a China apenas alcanzaron los 300 millones. Este marcado desequilibrio comercial se agrava con la creciente presencia de empresas chinas en el mercado local.

China no solo exporta bienes; también ha comenzado a instalar comercios de diversa índole en el país, lo que amenaza a negocios locales incapaces de competir en igualdad de condiciones. Muchas de estas empresas cuentan con respaldo estatal, y en algunos casos la procedencia de los fondos no es del todo transparente. A ello se suma la instalación de industrias chinas, incluso en zonas francas, lo que plantea interrogantes sobre su impacto en la industria nacional y en la recaudación fiscal.

La aprobación de estas empresas por el Consejo Nacional de Zonas Francas genera dudas legítimas: ¿se evalúan adecuadamente los incentivos fiscales? ¿se verifica el origen de los capitales? Estas preguntas deben abordarse con seriedad.

La estrategia china parece clara: ante la imposibilidad de acceder a sectores estratégicos como puertos, minería o telecomunicaciones, ha optado por penetrar el comercio y la industria local. A largo plazo, esto podría desplazar tanto a pequeños comerciantes como a grandes empresas nacionales. Sin medidas oportunas, en menos de una década podríamos enfrentar una dependencia estructural en sectores clave.

La historia dominicana ha conocido intervenciones militares. Cabe preguntarse si una “invasión” comercial, silenciosa pero persistente, no tendría efectos más duraderos. No se trata de rechazar la inversión extranjera, sino de establecer reglas que protejan el interés nacional y la sostenibilidad fiscal.

En este sentido, el gobierno debe definir una estrategia coherente. El presidente Abinader debe garantizar que sus funcionarios actúen con visión de Estado, priorizando el interés nacional. No podemos permitir que decisiones fragmentadas debiliten nuestra economía.

Asimismo, si el presidente Xi Jinping ha hecho de la lucha contra la corrupción una bandera, sería deseable que esa postura se refleje en la cooperación con países socios. El embajador chino podría contribuir a garantizar la transparencia de las inversiones y colaborar en la prevención del lavado de activos.

Finalmente, China debe definir su posición frente a República Dominicana: ¿socio estratégico o mercado a conquistar? No basta con que importemos miles de millones de dólares en productos chinos; es necesario determinar si la relación será equilibrada o si se orienta a desplazar la competencia local.

La relación bilateral debe basarse en el respeto mutuo y el beneficio compartido. De lo contrario, el actual desequilibrio podría derivar en una dependencia difícil de revertir.