Por fin México se reencuentra con España

El puente literario entre dos mundos en la pluma del mexicano Gonzalo Celorio

España y México unidos por las letras. (generada con IA)

Como diría mi madre, México y España están de paños y manteles. Curiosamente, el aliento real ha sido más eficaz que el político. Bastó un reconocimiento en boca del rey de que la bota española cometió horrores y errores en la conquista para mejorar la relación entre el reino y el país iberoamericano que más se parece a la Madre Patria.

En una ceremonia espléndida en el auditorio de la benemérita Universidad de Alcalá de Henares, Felipe VI entregó el Premio Cervantes —el Nobel de las letras en español— a Gonzalo Celorio, autor de una literatura templada y juiciosa, y también presidente de la Academia Mexicana de la Lengua.

Correspondió la laudatio al ministro de Cultura, Ernest Urtasun, quien remató con un final feliz que me ha avivado los sesos: “…en los libros de Celorio se abrazan La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca, y La vida es un sueño, de Benny Moré; el auto sacramental y el bolero”. De inmediato me trasladé a La Habana de Celorio, inmortalizada en su obra Tres lindas cubanas, y, de paso, también a un danzón emblemático. Recuerdos torrenciales: en mi niñez, esa deriva de la contradanza europea paseaba su cadencia por las salas de baile y nos unía a Cuba, donde ese ritmo adquirió carácter propio.

Frases brillantes, inteligentes

La frase de Urtasun enlazaba con otra de Celorio en su discurso: «El sentido del humor ha cavado más túneles en la tierra que todas las lágrimas que se han derramado sobre ella». Afirmación que posee esa cualidad rara de las intuiciones verdaderas. Parece ligera, casi ingeniosa, pero al detenerse en ella revela una arquitectura profunda, una ética y hasta una poética. Más que una ocurrencia brillante, suena a toma de posición frente al mundo, frente al dolor y frente a la literatura misma.

Conviene situarla, primero, en el horizonte vital e intelectual de Celorio. Nacido en la Ciudad de México en 1948, ha sido no solo narrador, sino ensayista, editor y académico. Su obra se mueve entre la memoria, la ciudad y la tradición literaria, con una conciencia clara de pertenecer a una genealogía que no es exclusivamente mexicana, sino hispánica en un sentido amplio. En novelas como Y retiemble en sus centros la tierra o Tres lindas cubanas, Celorio despliega una mirada donde la erudición nunca está reñida con la ironía, y donde el pasado es un territorio vivo, susceptible de reinterpretación.

Esa doble condición —intelectual riguroso y narrador con oído para lo humano— permite entender mejor el alcance de la frase. Cuando Celorio habla del humor, no se refiere al chiste fácil ni a la comicidad superficial, sino a una disposición del espíritu. El humor, en su concepción, es una forma de inteligencia, una manera de leer la realidad sin sucumbir a su peso. Por eso la metáfora de los “túneles” resulta tan precisa. El humor no elimina los obstáculos, pero abre pasajes, conexiones invisibles, rutas de escape. Es, en suma, una herramienta de tránsito.

Frente a él, las lágrimas aparecen como la expresión legítima del dolor, pero también como una forma de inmovilidad. El llanto constata y el humor transforma. El llanto se detiene en la herida y el humor, sin negarla, la bordea, la ilumina desde otro ángulo, la vuelve narrable. En este sentido, la frase de Celorio podría leerse como una defensa de la literatura misma. Escribir es, en cierto modo, cavar túneles con palabras, encontrar sentidos allí donde parecía haber solo oscuridad.

No es casual que esta idea haya resonado en el discurso de Urtasun durante la entrega del Cervantes. El ministro evocó esa imagen en un contexto en el que también subrayó la convivencia, en la obra de Celorio, de registros aparentemente dispares: lo culto y lo popular, lo solemne y lo ligero, lo clásico y lo contemporáneo. En ese cruce, el humor funciona como bisagra. Permite que Calderón dialogue, sin estridencias, con Benny Moré; que el auto sacramental se acerque al bolero sin perder su densidad ni su historia.

Volver a Tres lindas cubanas

En ese punto conviene detenerse en Tres lindas cubanas, una de las obras más significativas de Celorio. La novela, atravesada por la memoria, el exilio y la identidad, se articula en torno a La Habana, pero también en torno a una música: la del bolero. El bolero, con su carga sentimental, su dramatismo contenido y su vocación de intimidad compartida, podría parecer, a primera vista, más cercano a las lágrimas que al humor. Sin embargo, Celorio lo incorpora desde una perspectiva que evita el sentimentalismo fácil. Hay en su tratamiento una conciencia de la teatralidad del sentimiento, una distancia que permite, incluso en medio de la nostalgia, una leve ironía.

En ese sentido, el bolero en Celorio es una forma de elaboración estética del dolor. Algo similar ocurre con la frase ya citada: el humor no niega la existencia de las lágrimas, pero las reconfigura. Así como el bolero convierte el sufrimiento amoroso en canto —es decir, en forma—, el humor convierte la adversidad en relato, en posibilidad de comprensión. Ambos operan como mediaciones: no eliminan la herida, pero la hacen habitable.

Si se piensa en el bolero —y en la manera en que Celorio lo incorpora en Tres lindas cubanas—, la analogía se vuelve aún más sugerente. El bolero, con su cadencia íntima y su repetición, también trabaja en esa zona subterránea de la emoción. No es una música de grandes gestos, sino de modulaciones sutiles. Sin embargo, ha acompañado generaciones, ha dado forma a experiencias amorosas, ha permitido nombrar lo indecible. En cierto modo, ha cavado sus propios túneles en la sensibilidad colectiva.

Así, la frase de Celorio puede leerse como un puente entre distintas formas de expresión: la literatura, la música, la memoria. En todas ellas, el humor —entendido en su acepción más amplia— aparece como un principio de articulación. No se trata de reír por reír, sino de encontrar, incluso en las situaciones más adversas, una perspectiva que permita seguir adelante, comprender y narrar.

Quizá por eso la frase resuena con tanta fuerza en el contexto del reconocimiento a una trayectoria como la de Celorio. Es una idea brillante y síntesis de una manera de estar en el mundo y en la literatura; una manera que no renuncia a la complejidad ni al dolor, pero que tampoco se entrega a ellos sin más. Una manera que apuesta por la inteligencia, por la ironía y por esa forma discreta de valentía que consiste en seguir cavando túneles, aun cuando la superficie parezca infranqueable.

Hay en ese remate del discurso de Urtasun una intuición crítica especialmente afinada. La obra de Celorio se sostiene en una convivencia de registros que, lejos de anularse, se potencian. Cuando afirma que en sus libros “se abrazan La vida es sueño y La vida es un sueño, el auto sacramental y el bolero”, no propone una simple yuxtaposición ornamental, sino que señala una poética: la de una escritura capaz de tender puentes entre lo culto y lo popular.

El contraste es deliberado. De un lado, Calderón, con su arquitectura barroca y su reflexión sobre la libertad; del otro, Benny Moré, con la musicalidad íntima del bolero. Entre ambos polos, el auto sacramental y la canción sentimental funcionan como emblemas de dos tradiciones que, en Celorio, encuentran un punto de contacto.

Tres lindas cubanas ofrece múltiples ejemplos de esta operación. La evocación de Cuba —y de una Cuba atravesada por la historia, la política y la pérdida— no se construye desde la lamentación pura, sino desde una mirada que combina afecto, memoria crítica y, en ocasiones, una sonrisa apenas insinuada. Esa sonrisa no trivializa la experiencia; al contrario, la vuelve más compleja. Permite ver, al mismo tiempo, la belleza y la fractura, el encanto y la ruina. Es, en definitiva, una forma de conocimiento.

La tradición en la literatura

Volviendo a la frase, podría decirse que Celorio propone una ética del humor. En un mundo donde el sufrimiento es ineludible, la elección no está entre sentir o no sentir, sino entre quedar atrapado en el dolor o encontrar formas de atravesarlo. El humor, en este contexto, aparece como una estrategia de libertad.

Esta concepción tiene una larga tradición en la literatura. Desde Miguel de Cervantes —cuyo Don Quijote es, en muchos sentidos, una exploración del humor como forma de verdad— hasta autores contemporáneos, el humor ha sido un instrumento privilegiado para cuestionar certezas y revelar contradicciones. Celorio se inscribe en esa tradición, pero lo hace desde su propia sensibilidad, marcada por la experiencia latinoamericana y por una relación muy viva con la ciudad, la historia y la lengua.

Hay, además, en su frase, una dimensión casi geológica: los túneles remiten al subsuelo, a lo que no se ve, a los trabajos lentos y persistentes que transforman la superficie sin hacer ruido. El humor, así entendido, no es estridente ni espectacular. Opera en profundidad, de manera sostenida. Cambia la manera en que percibimos el mundo y, al hacerlo, cambia también el mundo mismo, aunque sea de forma imperceptible.