La herida que no sangra: el trabajo y sus daños invisibles
Más allá del casco y la bota, el reto de la salud mental en el trabajo
Cada 28 de abril retorna con la puntualidad de un aniversario melancólico. El Día Mundial de la Seguridad y la Salud en el Trabajo, instituido por la Organización Internacional del Trabajo en 2003, fue concebido como ofrenda y como advertencia: ofrenda a los caídos en faena; advertencia a las naciones que aún confunden productividad con sacrificio. Pero la edición de 2026 ha desplazado el foco hacia un territorio menos evidente, más íntimo, casi pudoroso. Bajo el lema «Garanticemos un entorno psicosocial saludable en el trabajo», la OIT reconoce, sin estridencias, que existe un daño que no sangra y que, sin embargo, mutila.
El diagnóstico postergado
Durante décadas, la cultura preventiva privilegió lo visible: la estadística cómoda de los dedos perdidos, las caídas, las quemaduras, los pulmones tomados por el polvo. Esa contabilidad —rigurosa, necesaria, irrenunciable— fue convirtiéndose, sin embargo, en coartada. Mientras se medía el accidente, se desatendía la angustia. Mientras se vendaba el cuerpo, se ignoraba la mente. La OIT, al consagrar 2026 al riesgo psicosocial, formula una verdad que clínicos, juristas y educadores intuíamos hace tiempo: la enfermedad laboral del siglo XXI no siempre llega con sangre; muchas veces llega con insomnio, con apatía, con esa desafección silenciosa que erosiona el oficio antes de derribar al trabajador.
Hablamos del agotamiento del enfermero que no dejó de sonreír; del docente que enseñó hasta extenuarse; del repartidor convertido en algoritmo; del operario al que se le negó la desconexión. Hablamos, en suma, de una patología sin radiografía, que la prevención clásica no supo nombrar y que nuestro Código de Trabajo apenas roza con timidez decimonónica.
El cuerpo y su otro cuerpo
Conviene recordar que el ser humano que trabaja es, antes que ninguna otra cosa, un ser humano. La medicina ocupacional moderna —deudora de Ramazzini y depurada por la OIT— ha comprendido que el trabajador posee dos cuerpos: el biológico, que se fractura, y el psíquico, que se desgasta. Ignorar este segundo cuerpo es ejercer una prevención coja. Lo grave es que, en la República Dominicana, esa cojera tiene ya costumbre de andadura.
El sistema dominicano de seguridad y salud en el trabajo, articulado en torno al Reglamento 522-06, la Dirección General de Higiene y Seguridad Industrial (DGHSI) y el IDOPPRIL, sigue inclinándose, por inercia y por presupuesto, hacia la indemnización antes que hacia la anticipación. Se compensa lo que ya ocurrió; se previene poco lo que pudiera ocurrir. La salud mental ocupacional —ansiedad, depresión, estrés crónico, hostigamiento, violencia laboral— habita aún las márgenes del expediente, cuando debería ocupar su núcleo. Hay aquí una pedagogía pendiente: quien indemniza y no anticipa no protege al trabajador, lo administra.
El espejo digital
A todo esto se suma una novedad que no admite postergación: la transformación digital del trabajo. Plataformas que evalúan en segundos, jornadas que ya no terminan al apagar la luz de la oficina, conversaciones laborales que se cuelan en la madrugada por la pantalla del teléfono. La economía de plataformas ha deshilvanado la frontera entre la vida y el oficio, y con ella ha disuelto también la noción misma de descanso. No es exageración afirmar que el trabajador contemporáneo está tan conectado que ha dejado de pertenecerse.
Aquí, la reforma del Código de Trabajo que se discute en el Congreso Nacional ofrece una oportunidad infrecuente. Reconocer el derecho a la desconexión, tipificar el riesgo psicosocial, dotar a la DGHSI de autonomía técnica y exigir a IDOPPRIL una vocación preventiva auténtica son medidas que dejarían de ser propuestas académicas para convertirse en política pública. El país tiene el lema; le falta el legislador.
De la pedagogía a la política
Quien ha pasado años en aulas y en consejos universitarios sabe que la enseñanza más fina es siempre la del ejemplo. Si las instituciones del Estado, las universidades y las empresas no traducen en gestos cotidianos —liderazgos empáticos, claridad de roles, escucha activa, protocolos serios contra la violencia y el acoso— el cuidado de la salud mental, el lema del 28 de abril seguirá siendo decoración solemne en una pared. La cultura preventiva no se decreta: se cultiva, como se cultiva el respeto, con paciencia monástica y con mirada larga.
El latido que no se ve
Volvamos, para cerrar, al punto de partida. Hay heridas que no sangran. Hay enfermedades que no aparecen en la radiografía. Hay accidentes que no figuran en el reporte mensual de la DGHSI. Pero existen, laten, deterioran. Que el Día Mundial de la Seguridad y la Salud en el Trabajo de 2026 nos sirva, al menos, para esa verdad incómoda: una nación no se mide solo por lo que produce, sino por el cuidado que dispensa a quienes la producen. El resto —los discursos, las efemérides, los actos protocolares— son ornamento. Lo esencial es ese latido, frágil y obstinado, que sostiene cada jornada de trabajo. Aprender a oírlo, en clínicas, aulas, oficinas y faenas, es quizás la única forma seria de prevenir; lo demás será, otra vez, vendar después de la herida.