Pepín Corripio, el hombre que resumió una época
La primera edición del Premio Anual al Mérito Laboral
El día en que se instituyó por primera vez el Premio Anual al Mérito Laboral, el país pareció detenerse un instante, como si alguien hubiera decidido pasar la página con cuidado para no borrar lo escrito.
No era un acto más.
Era una ceremonia concebida para reconocer a quienes, desde el trabajo silencioso o desde la empresa visible, han contribuido de manera decisiva al desarrollo económico, social y humano de la República Dominicana, exaltando el empleo digno y la excelencia en el trabajo en el marco del primero de mayo.
En el salón —iluminado con esa solemnidad que tienen los momentos destinados a volverse memoria— estaban el presidente Luis Abinader, la vicepresidenta Raquel Peña y el ministro de Trabajo Eddy Olivares Ortega, junto a más de un centenar de representantes del mundo sindical , empresarial y gubernamental.
Ocho medallas fueron entregadas, cada una con su nombre preciso, como si se intentara ordenar en categorías lo que en la vida real ocurre mezclado: esfuerzo, inteligencia, disciplina, persistencia.
El Gran Galardón al Trabajador Meritorio recayó, por la parte empresarial, en José Luis Corripio, y por los trabajadores en William Radhamés Tejada Alcántara, dirigente sindical y ejecutivo industrial.
La medalla por Excelencia en el Trabajo fue otorgada a Domínica Cabral de Rijo; la de Innovación a Victoria García Ravelo; y la de Liderazgo y Armonía Laboral a Manolo (Pupilo) Ramírez.
Entre los asistentes figuraban el presidente del Senado Ricardo de los Santos, el ministro Eduardo Sanz Lovatón, Milagros Ortiz Bosch, Laura Peña Izquierdo, Jacobo Ramos y el alcalde Dio Astacio, en una constelación de nombres que reflejaba la complejidad de la vida pública dominicana.
Pero nada de eso explicaba del todo lo que estaba ocurriendo.
Porque cuando el nombre de Pepín Corripio fue pronunciado, no se estaba reconociendo únicamente a un empresario. Se estaba cerrando, sin decirlo en voz alta, una época entera.
En el caso de José Luis Corripio, el premio funciona como un punto final escrito con tinta lenta.
Él pertenece a una generación que no tuvo el privilegio de comenzar en la estabilidad, sino en el desconcierto. Una generación que creció cuando el país todavía arrastraba el eco del silencio impuesto por Rafael Leónidas Trujillo, y que tuvo que aprender a vivir en una libertad que aún no sabía cómo sostenerse.
El país de entonces no era un terreno firme, sino una superficie movediza.
Había ilusiones que duraban lo que dura una tormenta breve, y había también rupturas que partían la historia en dos, como ocurrió en abril de 1965.
En ese tiempo incierto, donde todo parecía provisional, surgieron hombres que no esperaron que el orden llegara para empezar a construirlo.
Pepín fue uno de ellos.
No levantó su obra en la calma, sino en la intemperie.
Cada paso suyo fue una apuesta en un país donde el futuro no estaba garantizado.
No heredó una estructura consolidada: encontró un territorio en construcción, con los cimientos aún húmedos y los planos incompletos.
Mientras el poder político buscaba estabilizarse bajo figuras como Joaquín Balaguer, aquella generación empresarial iba tejiendo, casi sin ruido, la otra arquitectura nacional: la de los mercados que se expandían, las industrias que aprendían a resistir, los periódicos que comenzaban a decir lo que antes se callaba.
Era una labor sin aplausos, pero esencial, como la de quienes colocan las vigas invisibles que sostienen un edificio.
Por eso el reconocimiento que ahora se le entrega no es una medalla más.
Es un gesto de la historia que, por un instante, se vuelve consciente de sí misma.
Hay premios que celebran triunfos. Y hay otros, más raros, que señalan el paso del tiempo.
Este pertenece a los segundos.
Al recibirlo, Pepín no se representaba únicamente a sí mismo.
Representaba a todos aquellos que aprendieron a hacer empresa sin manual, en un país donde nada estaba escrito y donde cada día obligaba a improvisar el siguiente.
Representaba a quienes entendieron que el desarrollo no se decreta ni se importa: se construye, lentamente, con disciplina y con paciencia, muchas veces sin que nadie lo note.
Por eso este galardón tiene algo de despedida sin palabras.
No porque cierre una historia, sino porque la transforma en memoria.
Y cuando una historia entra en la memoria de un país, deja de pertenecer a un hombre y pasa a ser parte del destino colectivo.
Queda entonces una pregunta suspendida en el aire —una pregunta que nadie formuló en el acto, pero que todos, de algún modo, percibieron—: ¿quiénes vendrán ahora?
¿Quiénes sabrán leer este tiempo incierto con la misma intuición con que aquella generación leyó el suyo?
La respuesta, como todas las respuestas importantes, aún no existe.
Pero hay algo que sí quedó claro ese dia: la estabilidad no fue un regalo.
Fue una construcción lenta, imperfecta, hecha a pulso.
Y en países como el nuestro, donde la historia nunca termina de asentarse, el desarrollo no se hereda.
Se fabrica.