Samaná produce: el coco como industria de territorio

Samaná no debe ser narrada únicamente como una provincia turística. Su gran oportunidad está en convertir una identidad natural —el coco, la gastronomía, el paisaje y la cultura local— en valor agregado, agroindustria, empleo femenino, encadenamiento turístico y bienestar para su gente

En Samaná confirmé una verdad que el país suele olvidar cuando mira las provincias desde la distancia de la capital: hay territorios que parecen vivir de su belleza, pero que en realidad se sostienen por el trabajo silencioso de su gente. El visitante llega y mira primero el mar, las playas, la bahía, las ballenas, Las Terrenas, Las Galeras, la promesa azul de una provincia que el Caribe parece haber bendecido con todos los atributos del descanso. Pero cuando uno camina el territorio con otra mirada, cuando escucha lo que se cultiva, lo que se transforma, lo que se cocina, lo que se vende y lo que todavía falta organizar, entiende que Samaná no puede quedar reducida a una postal turística. Samaná no solo se contempla. Samaná también produce.

Ese es el punto de partida de esta reflexión. El turismo es una fortaleza evidente, pero no puede ser una economía separada de la vida local. Una provincia turística genera habitaciones, excursiones, restaurantes y servicios; pero una provincia verdaderamente productiva logra que ese turismo compre lo que su gente produce, consuma su identidad, fortalezca sus cadenas agrícolas, abra mercado a sus emprendedores, estimule a sus cooperativas y convierta la cultura en ingreso digno. La pregunta, por tanto, no es si Samaná tiene turismo. La pregunta de fondo es cuánto valor logra retener Samaná de todo lo que su territorio genera.

Ahí aparece el coco, no como adorno del paisaje ni como simple recuerdo gastronómico, sino como una cadena productiva con enorme potencial. El coco en Samaná es agricultura, cocina, aceite, cosmética, alimento, dulce, cuidado capilar, artesanía, memoria cultural y oportunidad económica. Está en el pescado con coco, en la cocina popular, en la economía de patio, en la tradición rural y en la imagen misma de la provincia. Pero la productividad no consiste solamente en tener coco. La productividad consiste en transformar mejor cada coco, en evitar que una materia prima local salga barata del territorio y regrese cara en forma de producto terminado.

Esa es la diferencia esencial entre producir y agregar valor. Una cosa es vender el fruto; otra cosa es convertirlo en aceite, crema, jabón, alimento saludable, producto capilar, empaque turístico, marca local y experiencia de origen. El desarrollo productivo comienza cuando una provincia deja de entregar su riqueza en estado primario y empieza a capturar una mayor parte del precio final. En ese tránsito se juega buena parte del futuro económico de territorios como Samaná: pasar de la abundancia natural a la organización productiva, de la identidad cultural a la industria ligera, de la tradición al mercado y del mercado al bienestar.

Los datos nacionales ayudan a entender la oportunidad. La producción dominicana de coco creció de manera importante en los últimos años, pasando de aproximadamente 10.4 millones de quintales en 2022 a cerca de 15.7 millones de quintales en 2025. Sin embargo, en ese mismo período, las exportaciones del fruto registraron una caída significativa, hasta colocarse alrededor de 3,081 toneladas métricas en 2025, por un valor aproximado de 1.43 millones de dólares. Ese contraste revela una lección de economía productiva que debemos tomar en serio: producir más no basta si no transformamos más, si no diferenciamos mejor, si no industrializamos con inteligencia y si no colocamos nuestros productos en mercados de mayor valor.

La productividad del coco no se resuelve únicamente sembrando más. Requiere elevar rendimientos, renovar plantaciones, reducir pérdidas, mejorar manejo agronómico, enfrentar plagas y enfermedades, organizar productores, instalar centros de acopio, procesar localmente, certificar calidad, diseñar empaques, formalizar unidades productivas, obtener registros sanitarios y conectar con canales de comercialización. El coco necesita tierra y clima, pero también necesita conocimiento, financiamiento, tecnología, asociatividad, inocuidad, diseño y estrategia comercial. Sin esos elementos, la provincia produce materia prima; con esos elementos, la provincia produce valor.

Un ejemplo concreto de esa diferencia es Coco Bahía, en Sánchez, Samaná. Su importancia no está únicamente en que trabaje con coco, sino en que muestra el tránsito productivo que necesita el territorio: pasar de la compra y venta del fruto a la elaboración de aceite de coco, productos capilares, cosmética natural, cuidado personal, alimentos y derivados con identidad comercial. La experiencia empresarial demuestra algo que debemos mirar con atención: un mismo insumo local puede convertirse en decenas de productos, presentaciones, usos, precios y canales de venta. Eso es productividad aplicada al territorio.

La productividad se aprecia precisamente en esa multiplicación de valor. Si un coco se vende como fruta, tiene un precio limitado. Si se transforma en aceite, entra a la industria alimentaria. Si se convierte en cosmética, entra al cuidado personal. Si se convierte en producto capilar, accede a otro mercado. Si se envasa, se etiqueta, se certifica y se cuenta como parte de una historia territorial, adquiere una dimensión superior. El valor agregado no es una abstracción académica: es la diferencia entre vender barato lo primario o vender mejor lo transformado. Y cuando esa transformación ocurre en la provincia, una parte mayor del ingreso se queda donde debe quedarse: cerca de la gente que produce.

También hay una experiencia social que permite entender la productividad desde abajo: COOPMUDESA, la Cooperativa de Mujeres hacia el Desarrollo de Samaná, ubicada en Las Guázaras, municipio de Sánchez. Esta experiencia muestra que el coco no solo puede ser industria; también puede ser organización comunitaria, ingreso femenino y economía familiar. Los datos disponibles sobre su operación muestran que llegó a utilizar unas 17 trabajadoras por día, que cada mujer podía pelar alrededor de 400 cocos y que la producción de un tanque diario de 55 galones de aceite extra virgen requería entre 3,500 y 4,000 cocos. Ese tanque se vendía por aproximadamente RD$67,000, mientras el galón podía colocarse directamente al público en torno a RD$1,400.

Ese dato permite hablar de productividad concreta, no de romanticismo rural. Si entre 3,500 y 4,000 cocos producen 55 galones de aceite, estamos ante una conversión aproximada de 64 a 73 cocos por galón. Si ese tanque se vendía por RD$67,000, el valor bruto era de unos RD$1,218 por galón y entre RD$16.75 y RD$19.14 por coco transformado, antes de considerar costos. Toda actividad productiva tiene gastos, intermediación, transporte, trabajo, empaque, financiamiento y riesgos. Pero la enseñanza económica es clara: el coco sin transformar vale una cosa; el coco organizado, procesado y vendido como aceite vale otra. Esa diferencia es productividad.

Y cuando esa productividad tiene rostro de mujer rural, su valor social se multiplica. Una cooperativa no es solamente una unidad económica; puede ser una escuela de organización, disciplina, confianza, reparto de beneficios y dignidad comunitaria. Cuando una mujer participa de una cadena productiva, cuando deja de estar al margen de la economía y pasa a formar parte del valor que se genera, el desarrollo deja de ser una estadística distante. Se convierte en autonomía, ingreso familiar, aprendizaje, autoestima y ciudadanía. Producir mejor, en ese sentido, no es solamente producir más: es permitir que el trabajo valga más y que la vida tenga más posibilidades.

Samaná tiene, además, una ventaja estratégica que otras provincias no poseen con la misma fuerza: su producto agrícola más simbólico puede conversar naturalmente con su principal motor de servicios. El turismo no tiene que desplazar al coco; puede convertirse en su mercado natural. Un hotel puede comprar productos locales. Un restaurante puede convertir el coco en experiencia gastronómica. Una tienda turística puede vender cosmética natural elaborada en la provincia. Una ruta de visitantes puede incluir fincas, talleres, cooperativas y marcas locales. Un destino turístico puede dejar de vender solo paisaje y empezar a vender también identidad productiva.

Ese es el salto que necesita Samaná: pasar del turismo que observa al territorio al turismo que compra al territorio. Cuando un visitante consume pescado con coco, compra aceite de coco, lleva un producto de cosmética natural, conoce una cooperativa o identifica una marca local, la economía turística se convierte en distribución de riqueza. En ese momento, el turismo deja de ser una actividad aislada y comienza a funcionar como una plataforma para la agricultura, la agroindustria, el comercio, el emprendimiento femenino y la marca provincial. Ese encadenamiento es mucho más importante que cualquier discurso general sobre desarrollo, porque muestra cómo una provincia puede convertir su identidad en ingreso.

La productividad de Samaná, por tanto, no debe medirse solamente por la cantidad de cocos cosechados. Debe medirse por la capacidad de transformar ese coco en productos terminados, por el ingreso que queda en la provincia, por la cantidad de mujeres y familias integradas a la cadena, por la relación con hoteles y restaurantes, por la calidad del empaque, por los registros sanitarios obtenidos, por la formalización de las unidades productivas, por los mercados abiertos y por la capacidad de convertir una tradición en una industria de identidad territorial. Esa es la productividad que importa: la que organiza capacidades locales y las convierte en bienestar.

La paradoja dominicana es que muchas veces tenemos el producto, el clima, la historia, la cultura y la demanda, pero no siempre tenemos la cadena organizada. Tenemos territorios capaces de producir, pero con dificultades para financiarse. Tenemos mujeres con oficio, pero con poco acceso a tecnología. Tenemos materias primas reconocibles, pero con escaso diseño de marca. Tenemos turismo, pero con encadenamientos locales débiles. Tenemos consumo interno creciente, pero todavía insuficiente industrialización. Esa combinación explica por qué tantos territorios producen riqueza, pero no siempre logran quedarse con una parte justa de ella.

Por eso, el papel del Estado no puede limitarse a intervenir de manera ocasional. El Estado que funciona debe ayudar a organizar la productividad del territorio. Eso significa caminos productivos, asistencia técnica, sanidad vegetal, financiamiento paciente, capacitación, formalización, registros sanitarios, acompañamiento cooperativo, conexión con compras públicas, apoyo a exportación, promoción de marca y articulación entre productores, empresas, hoteles, restaurantes y mercados. El Estado no debe sustituir al productor ni a la empresa local; debe crear las condiciones para que producir sea posible, rentable y sostenible.

Samaná puede ser un laboratorio de esa visión. No por romanticismo, sino por lógica económica. Tiene producto, paisaje, gastronomía, turismo, historia, mujeres organizadas, empresas locales y una identidad que el mercado puede entender. Lo que falta es unir esas piezas en una estrategia productiva coherente. Coco Bahía demuestra que el coco puede convertirse en marca y valor agregado. COOPMUDESA demuestra que las mujeres rurales organizadas pueden transformar materia prima en ingreso. La gastronomía local demuestra que el coco ya forma parte de la experiencia turística. La provincia demuestra que la belleza natural puede ser también una plataforma de producción.

En Samaná entendí que la productividad no siempre comienza con una gran fábrica. A veces comienza con una fruta conocida, una mujer organizada, una empresa local que innova y un territorio que decide dejar de vender barato lo que puede transformar con dignidad. Esa es una lección profunda para el país. La productividad no debe arrancarle el alma a los territorios; debe organizarla. No debe imponer una economía ajena a la identidad local; debe convertir esa identidad en valor, empleo, capacidades y futuro.

Samaná no solo se mira. Samaná trabaja. Samaná cultiva. Samaná pela, procesa, cocina, transforma y vende. Samaná puede ser turismo, pero también agroindustria. Puede ser belleza, pero también valor agregado. Puede ser destino, pero también origen. Y cuando una provincia logra convertir su identidad natural en productividad, entonces el desarrollo deja de ser una promesa abstracta y se convierte en una economía real para su gente.

Ese es el camino del bien común: que la riqueza del territorio no pase por encima de la comunidad, sino que se quede en ella; que el turismo no mire desde lejos a quienes producen, sino que los integre; que el coco no sea solo memoria, sino industria; que la mujer rural no sea invisible, sino protagonista; y que el Estado funcione no como discurso, sino como articulador de capacidades, oportunidades y dignidad. Porque al final, una provincia verdaderamente productiva no es la que más vende su paisaje, sino la que logra que su gente viva mejor a partir de lo que su territorio sabe producir.

Defensor del Pueblo de la República Dominicana.