El presidente Abinader y el fin del caudillismo en 100 años de historia dominicana

La política dominicana frente a un liderazgo estable

Abinader consolida su base sin divisiones internas. (fuente externa)

Desde Horacio Vásquez hasta Luis Abinader, ningún gobernante electo democráticamente en la República Dominicana había logrado mantener su base  política de apoyo sin confrontar una significativa fractura de la unidad interna, tanto en el  plano partidario como en la propia estructura de poder.

En poco más de  6 años de gestión presidencial, Abinader ha superado esa ominosa tradición al mantener a distancia el fantasma de la división, tanto en el partido que lo condujo al poder como en el alto mando de su administración, al tiempo de impulsar un liderazgo alternativo desde las propias filas de la organización para darle continuidad a su obra de gobierno.

Se trata de un logro sin precedentes,  no registrado en el país desde la elección del presidente Horacio Vásquez en el año 1924, tras la retirada de las tropas interventoras de Estados Unidos,  en un tramo histórico  que incluye a los presidentes Rafael Leónidas Trujillo, Juan Bosch, Joaquín Balaguer, Antonio Guzmán, Salvador Jorge Blanco, Leonel Fernández, Hipólito Mejía y Danilo Medina.

Abinader ha sido  el único presidente dominicano que  ha propiciado y estimulado el desarrollo de nuevos líderes con la vocación de sucederlo en el poder, como son los casos de los actuales aspirantes  presidenciales del Partido Revolucionario Moderno (PRM).

En esta lista sobresalen  Raquel Peña, Wellington Arnaud, Carolina Mejía, David Collado,  Guido Gómez Mazara, Eduardo Sanz Lovatón y Tony Peña Guaba, todos con el perfil y los méritos para competir por la candidatura del PRM en el 2028, y eventualmente para seguir sirviendo al país desde el quehacer público y probar suerte en los futuros procesos democráticos.  

“Porque la verdadera fuerza de una organización no está en el brillo de una figura individual;  está en la suma de miles de voluntades que avanzan en una misma dirección; está en la capacidad de convertir esfuerzos dispersos en una causa común;  y está en entender que nadie sólo construye una nación”.

Con estas palabras pronunciadas  en la más reciente reunión de la alta dirección  del  PRM, el presidente Abinader ratificó  su voluntad de apostar  por la unidad  y propiciar una transición no traumática del liderazgo partidario y nacional.

En este sentido, Abinader ha sido coherente con su consistente práctica de recurrir a la unidad y al consenso  en cada una de las diferentes coyunturas de crisis que ha vivido el país desde el inicio de su gestión, tal como lo hizo con el impacto sanitario y económico de la Pandemia, con el conflicto fronterizo y la crisis de  Haití, con los efectos económicos de la guerra Rusia-Ucrania,  con  la crisis del Golfo Pérsico y su impacto en los precios de los combustibles  y con la inaplazable necesidad de generar  un plan anticrisis para proteger a los sectores sociales vulnerables y preservar la estabilidad económica del país.

Horacio Vásquez y la vieja tradición del caudillismo dominicano

La práctica del autoritarismo en la cultura política dominicana arranca desde la misma fundación de la República, pero para los fines de estas notas iniciamos el recuento histórico con el presidente Horacio Vásquez, quien ascendió al poder mediante el voto popular en el año 1924 en una alianza con Federico Velásquez, quien lo acompañó como vicepresidente en su primer  mandato de 4 años.

La alianza se fracturó dos años  antes de concluir el período en el 2028, debido a la manifiesta voluntad del presidente  Vásquez de optar por un segundo período sin contar con el apoyo de sus principales aliados , incluyendo al vicepresidente Velázquez y al influyente ministro Rafael Estrella Ureña.

Para evitar su salida del poder al concluir su periodo de cuatro años, el presidente  Vásquez organizó una Asamblea Revisora de la Constitución, que en junio del 2027 aprobó una prórroga de su mandato por dos años adicionales, extendiendo su período de gobierno hasta el 16 de agosto de 1930. La extensión de mandato generó una marcada inestabilidad política en áreas del Gobierno y en la base política del  presidente Vásquez.  

El  vicepresidente, Federico Velásquez, rechazó la prórroga y terminó renunciando en el 1928, mientras crecía el descontento popular, conjuntamente con el ya visible laborantismo conspirativo del general Rafael Trujillo Molina, jefe de las Fuerzas Armadas  y Rafael Estrella Ureña, ministro de Interior y Policía, quienes finalmente obligaron a Vásquez a dejar el poder, mediante renuncia, el 2 de marzo de 1930.

Rafael Trujillo. Tras la caída de Vásquez, Rafael Estrella Ureña asumió el poder de manera interina y pactó con Trujillo  un acuerdo para ser el candidato presidencial en el 1930. Sin embargo, haciendo uso de su posición como jerarca militar, Trujillo impuso su propia candidatura presidencial, relegando a Estrella Ureña a la vicepresidencia.

Estrella Ureña, prestigioso  abogado, político,  orador y  admirador  del maestro Eugenio María de Hostos, había construido su liderazgo sin el  apoyo de Trujillo y parecía ser el candidato natural para suceder a Vásquez en las elecciones de 1930.

Sin embargo, por el  fuerte apoyo que el jefe militar se había agenciado en los sectores vinculados a la conspiración, Estrella Ureña se plegó a la pretensión de Trujillo de encabezar la boleta de la  Coalición Patriótica de Ciudadanos, aceptando  la candidatura vicepresidencial  en el  entendido de que sería el candidato unitario al término del  mandato.

Estrella Ureña pronto descubrió que los planes de Trujillo eran otros. Las diferencias entre ambos  se hicieron visibles y alcanzaron su clímax cuando Trujillo ordenó el asesinato del reconocido  líder opositor  José Virgilio Martínez Reyna, -junto a su esposa embarazada, Altagracia Almanzar-   y de los caudillos cibaeños Desiderio Arias y Cipriano Bencosme.

El 7 de diciembre de 1931 la Cámara de Diputados acusó al vicepresidente Estrella Ureña, de manera formal y a unanimidad,  de cometer  de varios crímenes políticos, y al día siguiente el Senado de la República procedió a su destitución. Luego de esto, Trujillo quedó sin oposición y sin posibles sucesores, excepto los que él designaría con el dedo, hasta que se produjo su ajusticiamiento el 30 de mayo de 1961.

Juan Bosch o el nuevo caudillismo en democracia

Tras la desaparición del dictador Trujillo y el inicio de una nueva era de vida  democrática, la tradición caudillista y el fraccionalismo de las instituciones partidarias,  cambió de rostro y estilo pero no desapareció de la cultura política dominicana.

Así se reflejó en el relevo democrático encarnado por el profesor Juan Bosch, tras la victoria del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) el 20 de diciembre de 1962. Desde el inicio mismo de su gestión, el 27 de febrero de 1963,  Bosch marcó una clara distancia con los líderes que lo habían acompañado en la lucha del exilio, incluyendo a los pioneros del 5 de julio de 1961,  Ángel Miolán, Nicolás Silfa y Ramón Castillo, quienes ingresaron al país en plena vigencia de la dictadura para organizar la resistencia democrática frente a los remanentes de Trujillo.

Ángel Miolán, fundador del PRD y  gran organizador del Partido en el país, quedó fuera del Gobierno de Bosch desde  el primer día, mientras que Nicolás Silfa fungió brevemente como secretario de Trabajo antes de abandonar el Gobierno y el Partido por manifiestas diferencias con el gobernante; Ramón Castillo, que no ocupó ningún cargo en la administración,  también entró en contradicción con el estilo autocrático  de Bosch y se desvinculó del Gobierno y del PRD.

Aún después de su derrocamiento el 25 de septiembre de 1963, Bosch siguió ejerciendo un liderazgo autoritario, tanto en el PRD -hasta su renuncia en noviembre de 1973-  como en el nuevo Partido de la Liberación Dominicana (PLD).

En ambas organizaciones, Bosch mostró una escasa disposición de promover y formar un liderazgo alternativo al que pudiera pasarle “el testigo”  cuando llegara la oportunidad de un  eventual relevo.  

Esa actitud fue la que evidenció frente a su discípulo más aventajado, José Francisco Peña Gómez,  a pesar de haberle dedicado su obra Crisis de la Democracia de América en la República Dominicana: "A J.F. Peña Gómez y en él, a la juventud del pueblo, semilla de la esperanza en la tierra dominicana”.

Aunque la ruptura entre ambos se atribuyó a “diferencias ideológicas irreconciliables”, lo cierto es que Bosch nunca aceptó que sus posiciones políticas fueran sometidas al debate o al consenso democrático dentro o fuera del Partido. Inclusive, la ruptura se produjo en 1973  cuanto tanto Bosch como Peña Gómez coincidían en la estrategia de enfrentar a Joaquín Balaguer en la  contienda electoral de 1974, una eventualidad saboteada por la intempestiva renuncia del líder perredeísta, que le allanó el camino al caudillo reformista para “ganar las elecciones” de ese año sin oposición.

Ya en el PLD, Bosch también enfrentó a otros líderes emergentes, sin aparentes contradicciones políticas  mayores y sin debate en los organismos del Partido,  como Tonito Abreu y Rafael Alburquerque, las dos figuras más relevantes en la estructura de la organización, luego del presidente. Y más adelante a muchos otros  fundadores y dirigentes del PLD.

Joaquín Balaguer, el insustituible

Aunque profesó absoluta lealtad a Trujillo durante tres décadas y ejerció elevadas funciones en el Gobierno,  desde ministro hasta vicepresidente de la República, Balaguer nunca mostró   el más mínimo  interés por alcanzar la cima del poder.  Tras el ajusticiamiento del dictador,  el 30 de mayo de 1961, Balaguer asumió la presidencia de la República pero  mantuvo el bajo perfil de sus ambiciones políticas, al extremo de ganarse el mote de  Joaquín Balaguer “Muñequito de Papel”.

El 18 de enero de 1962, Balaguer ingresó a la Nunciatura Apostólica de Santo Domingo para gestionar asilo político, luego del contragolpe del grupo de jóvenes oficiales encabezados por el mayor  Rafael Fernández Domínguez, dos días después de que el entonces secretario de las Fuerzas Armadas, general Pedro Rafael Ramón Rodríguez Echavarría, perpetró un golpe de Estado y apresó a los miembros del Consejo de Estado, instaurando una junta cívico-militar. 

Tras permanecer poco más de tres años  como exiliado político en Puerto Rico y Estados Unidos, Balaguer  retornó  al país en junio de 1965 con la excusa de una visita a su madre enferma, aprovechando su presencia para adelantar una campaña política que culminó con su elección como presidente en 1966, durante la segunda ocupación  militar de EE.UU en el país.

Ya en la Presidencia de la República, Balaguer hizo gala de las mismas actitudes autoritarias aplicadas por los caudillos que lo habían antecedido en el ejercicio del poder, desde Horacio Vásquez  hasta Rafael Trujillo  y Juan Bosch.

En su primer periodo como presidente electo, Balaguer comenzó a distanciarse de sus principales aliados, incluyendo al vicepresidente Francisco Augusto Lora y presidente en funciones del Partido Reformista, el secretario general  Raúl González, quienes habían sobrellevado el gran peso de organizar al Partido Reformista durante los años de exilio de Balaguer. Tanto Lora como González abandonaron el Partido Reformista, Junto a Guarionex Lluberes, síndico de la capital, y Miguel Angel Luna Morales, principal líder reformista en Santiago,  para constituir y encabezar el Movimiento de Integración Democrática (MIDA).

En los siguientes periodos (1970-1978, y 1986-1996) Balaguer le cerró el paso literalmente a todas las figuras de su gobierno o del Partido Reformista que proyectaran  un perfil  de liderazgo o el interés de participar  en el  debate    interno por la nominación presidencial, incluyendo a  Víctor Gómez Bergés,  Manolin Jiménez,  Fernando Alvares Bogaert y Jacinto Peynado, aplicando en la práctica el repetido lema de campaña:  “Mientras Balaguer respire que nadie aspire”.

Leonel Fernández… ¿el último caudillo?

El joven dirigente peledeísta Leonel  Fernández emergió como figura clave en el pacto de reforma constitucional de 1994  que redujo el último mandato de Joaquín Balaguer y estableció la prohibición de la reelección presidencial consecutiva.

En las elecciones de 1996 el PLD pactó una alianza con el Partido Reformista y el presidente  Abinader que le permitió derrotar al líder opositor y candidato del PRD, José Francisco Peña Gómez.

Tras el gobierno del presidente Hipólito Mejía, afectado severamente por la crisis  bancaria del 2003, Leonel Fernández retornó al poder en el 2004 y repitió en el 2008, beneficiándose de la reforma constitucional propiciada por la administración de Mejía que permitía la reelección presidencial consecutiva.

Para encabezar la boleta del PLD en el 2008, el presidente Fernández debió enfrentar y derrotar en elecciones internas a Danilo Medina, quien para esa coyuntura contaba con el ostensible control del aparato partidario. Luego de este proceso, Medina declaró que había sido derrotado  por el Estado y se distanció del  Gobierno  de Fernández.

Aunque en el  2008 no se declaró una ruptura oficial entere los dos líderes peledeístas, el enfrentamiento entre ambos  sentó las bases para  futuras divisiones internas más profundas en el  partido fundado por Juan Bosch.

En el 2012, Danilo Medina ganó las elecciones frente a Hipólito Mejía y el PRD con  el apoyo del saliente presidente Leonel Fernández, quien comprometió abiertamente los recursos del Estado  para asegurar la victoria de su partido.

No obstante, el presidente Medina  declaró que al llegar al poder en agosto del 2012, Leonel Fernández le había dejado  un maletín lleno de facturas, con un déficit fiscal estimado en 187 mil millones de pesos, equivalente a 4 mil 675 millones de dólares. Más adelante el ministro de Economía Planificación y Desarrollo afirmó  que el  déficit consolidado de ese  año podría representar el 8% del PIB si se incluía el déficit de las instituciones descentralizadas y  el cuasi fiscal del Banco Central.

Ese momento representó el inicio real de la ruptura entre los dos principales líderes del PLD, extendiéndose  progresivamente hasta la campaña interna del 2019 cuando Fernández fue      derrotado por Gonzalo Castillo, el candidato  apoyado por Medina y la gran maquinaria del partido gobernante.

El domingo 6 de octubre se llevaron a cabo las elecciones primarias simultáneas del PLD y el 17 del mismo mes Leonel Fernández encabezó la fundación del Partido Fuerza del Pueblo, utilizado como plataforma  para competir en las elecciones del 2020 y del 2024, donde fue  derrotado por Luis  Abinader. Actualmente se prepara para competir en las elecciones presidenciales del 2008, esta vez sin aparente  oposición interna, aunque su hijo Omar Fernández ha sido señalado por algunas encuestas como más popular que su padre en el universo de electores.  Sin duda alguna, Leonel Fernández ha sido el gran caudillo del siglo XXI.  ¿Pero será el último? (1 de julio 2026)

Es periodista, municipalista y activista social.