Trapiche, azúcar y raspadura
Preservar los trapiches es preservar la memoria nacional
La caña de azúcar, introducida en la isla por los españoles a finales del siglo XV, transformó profundamente la historia económica, social y cultural de La Española. Durante siglos fue fuente de riqueza, trabajo, conflictos y también de tradiciones. En esa historia hay un protagonista silencioso: el trapiche.
¿Qué es un trapiche? Es, en esencia, un molino artesanal destinado a exprimir la caña para extraer su jugo. Con ese guarapo se elaboraban miel de caña, melcocha, raspadura o panela y melaza, productos que durante generaciones formaron parte de la alimentación cotidiana de miles de dominicanos.
Los primeros trapiches utilizaban gruesos rodillos de maderas resistentes, como el guayacán o el roble. Inicialmente eran accionados por la fuerza humana y, más tarde, por bueyes o mulos que giraban incansablemente alrededor del molino. El jugo caía en grandes recipientes, donde era hervido para luego verterse en moldes y convertirse en los dulces que aún hoy evocan la infancia de muchos dominicanos.
La historia de este singular artefacto está magníficamente documentada en el libro Los trapiches y el cultivo de caña en San José de Ocoa, del investigador ocoeño Milcíades (Milcio) Mejía.
Mejía no necesita presentación. Es uno de los científicos dominicanos de mayor prestigio internacional. Biólogo y botánico, realizó estudios de especialización en Suecia, España, Estados Unidos y Puerto Rico; dirigió durante varios años el Jardín Botánico Nacional Dr. Rafael M. Moscoso y presidió la Academia de Ciencias de la República Dominicana entre 2010 y 2016. Su rigurosidad científica queda plenamente reflejada en esta obra.
El autor explica que los primeros esquejes de caña traídos por Cristóbal Colón fueron sembrados en La Isabela, pero no prosperaron. Posteriormente, Pedro de Atienza introdujo nuevas plantas procedentes de las Islas Canarias, que encontraron condiciones favorables en La Vega, donde el cultivo comenzó a desarrollarse con éxito. Poco después surgirían los primeros trapiches y se iniciaría la producción azucarera en la colonia.
Uno de los mayores aportes del libro es seguir el recorrido de la caña hasta las montañas del sur, particularmente hacia El Maniel, territorio habitado por esclavos cimarrones que escapaban del régimen colonial. Mejía analiza con objetividad varias hipótesis sobre la llegada del cultivo a esa región. Una atribuye su introducción a los inmigrantes canarios establecidos allí entre las décadas de 1770 y 1790; otra destaca la influencia de familias procedentes de Matanzas y Sabana Buey, cuya participación fue decisiva en la formación de San José de Ocoa.
Especial interés despierta el análisis de las razones por las que el cultivo perdió importancia en La Vega mientras encontró mejores condiciones para desarrollarse en las tierras del sur. El autor no se limita a describir los hechos: los explica apoyándose en abundante documentación histórica, geográfica y agrícola, permitiendo al lector comprender los factores que determinaron esa evolución.
Pero quizá su mayor mérito sea otro. Nos recuerda que la historia de un país no se escribe únicamente desde los grandes palacios, las guerras o los decretos oficiales. También se construye alrededor del humo de un trapiche, del olor del guarapo hirviendo, del esfuerzo de hombres y mujeres que trabajaban la tierra y de una humilde raspadura compartida en familia.
Mientras algunos de esos viejos trapiches aún sobreviven como testigos del pasado, vale la pena visitarlos. No será solamente un viaje gastronómico. Será, sobre todo, un encuentro con una parte esencial de nuestra memoria nacional, esa que también merece ser preservada antes de que el tiempo termine por borrarla.