Valverde: de producir mucho a competir mejor
Cómo convertir el uso eficiente del agua en la clave de la rentabilidad agrícola
El gran salto de Valverde ocurrió cuando el agua convirtió tierras secas en una potencia agrícola. El próximo dependerá de integrar riego, tecnología, calidad, logística e instituciones para transformar producción en competitividad.
Recorrer Valverde permite comprobar una verdad elemental de la economía: las ventajas de un territorio no dependen únicamente de aquello que la naturaleza le entrega. También se construyen. Mao, Esperanza y Laguna Salada forman parte de una provincia de clima relativamente seco que logró convertirse en uno de los grandes centros agrícolas del país. El agua, la infraestructura y la capacidad de sus productores hicieron posible esa transformación. Hoy el desafío es diferente: Valverde ya sabe producir; necesita competir mejor.
La historia ayuda a entenderlo. Mao fue elevado a municipio en 1882 y Valverde nació formalmente como provincia en 1958, tomando el nombre del general José Desiderio Valverde. Su desarrollo económico quedó profundamente asociado a la agricultura irrigada. El aprovechamiento de las aguas del Yaque del Norte y de sus afluentes amplió la frontera agrícola y permitió consolidar cultivos como arroz, banano y plátano.
La provincia convirtió así una restricción natural en una ventaja económica. Esa experiencia deja una primera lección sobre productividad: las ventajas comparativas no siempre vienen dadas; también pueden construirse mediante infraestructura, organización, conocimiento y trabajo.
El banano permite apreciar la magnitud alcanzada. En 2023 representó alrededor del 75 % de las exportaciones de Valverde, mientras el Noroeste ha concentrado durante años más de tres cuartas partes de la producción nacional. Lo que ocurre en estas fincas, por tanto, no termina en la provincia. Forma parte de una cadena que conecta productores dominicanos con mercados internacionales.
Pero esa fortaleza encierra también una advertencia. En determinados períodos, la producción bananera del Noroeste aumentó mientras las exportaciones enfrentaban dificultades relacionadas con mayores costos, calidad, competencia internacional, condiciones climáticas y mercados cada vez más exigentes.
Producir más sin conseguir vender mejor es un problema de productividad. La productividad no se mide solamente en cajas de banano o quintales de arroz. Se mide en cuánto valor genera cada tarea, cada metro cúbico de agua, cada peso invertido y cada hora de trabajo. Si aumenta la cosecha, pero los costos crecen más rápidamente, disminuye la rentabilidad. Si un producto pierde calidad durante el empaque, transporte o comercialización, parte del valor creado en la finca desaparece antes de llegar al consumidor.
Por eso el próximo salto de Valverde comienza nuevamente por el agua, aunque bajo una lógica distinta.
El Proyecto de Riego Alto Mao contempla una inversión cercana a US$257.5 millones sobre unas 11,214 hectáreas, con impacto directo para 2,274 agricultores y más de 52,000 habitantes. Cerca de 9,400 hectáreas pasarían de sistemas abiertos a una red presurizada, mientras otras 1,759 serían incorporadas por primera vez al riego.
La dimensión de la inversión importa, pero importa todavía más el resultado. No basta con medir kilómetros de tuberías o hectáreas incorporadas. Debemos saber cuánto aumentarán los rendimientos, cuánta agua dejará de perderse, cuánto disminuirán los costos y qué nuevas oportunidades productivas surgirán.
El nuevo indicador debería ser sencillo: cuánto valor económico obtenemos de cada metro cúbico de agua utilizado. Ese razonamiento permite comprender también la convivencia entre arroz y banano. El primero contribuye a la seguridad alimentaria nacional; el segundo genera divisas y conecta la provincia con los mercados internacionales. No se trata de enfrentar cultivos, sino de conocer sus costos, rendimientos y aportes para utilizar con mayor eficiencia tierra, agua, tecnología y capital.
El siguiente eslabón es la logística. Valverde posee una ventaja estratégica en su proximidad con Manzanillo. En 2023, aproximadamente el 82.8 % de las exportaciones procesadas por esa administración portuaria correspondió a bananas o plátanos, y por allí salió alrededor del 41.7 % del valor nacional exportado de esos productos.
La distancia entre una finca y un puerto también es productividad. Reducir tiempos, pérdidas y costos logísticos puede producir un efecto económico tan importante como elevar el rendimiento de una plantación. Pero para aprovechar plenamente esa ventaja se necesitan centros de empaque, cadena de frío, certificaciones, trazabilidad y transporte eficiente.
La productividad no termina cuando se cosecha. Termina cuando el producto llega al mercado en condiciones de competir. En esa arquitectura, el sector privado organizado desempeña una función esencial. La Cámara de Comercio y Producción de Valverde, presidida por Ramón Peralta, tiene la oportunidad de convertir las preocupaciones particulares de productores, comerciantes e industriales en una agenda provincial de competitividad. Una Cámara no cultiva bananos ni construye canales, pero puede reducir uno de los costos menos visibles de cualquier economía: la falta de coordinación.
Articular producción, agroindustria, financiamiento, comercio, logística, formación y acceso a mercados puede multiplicar el efecto de inversiones como Alto Mao y de ventajas como Manzanillo. En economía, ponerse de acuerdo también genera valor.
Esa coordinación requiere igualmente gobiernos locales capaces de acompañar la transformación. En Mao encontré una dinámica municipal que merece ser reconocida. El alcalde Yohendy Jiménez Bonilla y la vicealcaldesa Estefany Frías vienen impulsando una gestión orientada a la planificación, la participación y el funcionamiento de la ciudad. El Ayuntamiento no tiene que resolver los problemas agrícolas o exportadores de la provincia para contribuir a su productividad. Su responsabilidad es otra: ayudar a construir un entorno donde producir, invertir y vivir resulte más eficiente.
Calles transitables, manejo de residuos, ordenamiento urbano, espacios públicos, servicios municipales y finanzas organizadas también forman parte del ecosistema económico. Un productor necesita agua y crédito, pero también una ciudad que funcione. Un inversionista observa carreteras, energía y mercados, pero también instituciones y capacidad local para resolver problemas.
La productividad comienza en la finca, pero necesita un municipio que funcione. Ahí se encuentra, a mi juicio, la gran oportunidad de Valverde. El agua, los productores, Mao como centro urbano, Esperanza y Laguna Salada como territorios productivos, la Cámara de Comercio como espacio de articulación y Manzanillo como puerta hacia los mercados no constituyen activos independientes. Son partes de un mismo sistema.
Conectarlos es la estrategia. El siguiente paso debe ser avanzar de una agricultura sustentada principalmente en volumen hacia otra que incorpore cada vez más rendimiento, tecnología, calidad y valor agregado. Eso exige medir pérdidas de agua, productividad por tarea, costos logísticos, rechazo de productos, ingreso neto de los productores y proporción del valor que finalmente permanece dentro de la provincia.
Lo que no se mide difícilmente puede mejorarse. Nuestra Constitución ordena promover la investigación y la transferencia tecnológica para incrementar la productividad agropecuaria y garantizar la seguridad alimentaria. Pero ese mandato no depende únicamente de políticas nacionales. También requiere territorios capaces de organizar las oportunidades, coordinar sus instituciones y construir una visión económica propia.
Hace más de un siglo, el desafío de esta zona era llevar agua hasta la tierra. Resolverlo contribuyó a crear una de las culturas agrícolas más importantes de la República Dominicana.
La próxima transformación será diferente. Ya no bastará con preguntarnos cuánto podemos sembrar. Tendremos que conocer cuánto valor podemos generar, cuánta agua podemos ahorrar, cuánto podemos transformar, qué calidad podemos garantizar y con qué eficiencia podemos llegar al mercado.
Valverde ya demostró que puede convertir tierras secas en producción. Su próximo salto es convertir producción en competitividad. Porque una provincia verdaderamente productiva no es simplemente aquella que cosecha mucho. Es aquella que consigue que agua, tecnología, productores, empresas, mercados e instituciones trabajen como un mismo sistema para generar más valor y mejores oportunidades para su gente.