Primera Ilusión

La procesión de la Virgen de La Candelaria

Procesión y primeros recuerdos de amor (wikipedia)

Fue hace tanto tiempo y  luce tan cercano como ayer en la mañana; domingo radiante, con la procesión de la Virgen de La Candelaria. Los niños del colegio Niño de Atocha, con nuestra maestra, Dulce Minier y las inolvidables Directoras Doña Victoria y Doña Lesbia.

 Las 8 y estábamos ya en fila junto al Parque San Carlos, del lado de la 16 de Agosto. Los uniformes de gala, la expectativa de lo desconocido, en un 1956  que con  ocho años  me inauguraba  la vida. Mi mejor amigo, el ‘socio´  César  Augusto Santana, como yo,  nos  confesábamos sentir ganas de hacer pipí con tanta emoción.

Nuestra gala de varones: pantalón de gabardina azul marino y chacabana blanca, zapatos negros  -que estén muy brillantes, nos había advertido  la Directora. Las hembras,  con uniforme blanco, cinturón del mismo color en tela, ribeteadas ambas piezas finamente en azul marino, zapatos blancos y un sombrerito tejido color crema, con lazo. Vimos cómo  subía  la cuesta de la 16, la banda de música, -¡son los bomberos!  cargados de trombones, trompetas, tambores, marimbas, en uniformes color gris: pantalones y camisa listonados en rojo y con gorros militares en la misma combinación de colores. 

El público sentado en las bancas del parque se levantó celebrante ante la  aproximación de la esperada tropa musical. Nosotros dábamos brinquitos de alegría hasta el punto de que nos llamaron  la atención.  Mi regocijo era triple, pues a los motivos de la aventura en procesión que anticipábamos  y la tarde de cine a la que mi hermano  Rafael  prometió  me llevaría –una de vaqueros buena, me dijo, estaba en paralelo con la niña que recuerdo fue la primera de quien me sentí enamorado. Algo así como un metro nos separaba  y desde hacía un tiempo pensaba y soñaba con ella.   Ahora me encontraba ahí, casi a su lado; preciosa, cabellos negros, con pecas, dientes muy blancos, labios algo carnosos (sí, también eso noté a mi edad)  en un uniforme que me hacía verla como envuelta en blanco papel de regalo.

 Conversamos sobre no  sé qué cosas de la procesión, que llamábamos desfile, ya lo olvidé. Fue entonces cuando recibí el primer acto cariñoso de amor no maternal, no filial, de otro ser humano. Fue breve, muy breve, pero  congelé  ese instante y se hizo largo, muy largo: en silencio levantó lentamente su brazo derecho y acercó su mano a mis cabellos en un  poco disimulado intento de recomponerlos y con suave delicadeza tocó mi frente y los alcanzó  abriendo algo sus dedos, que introdujo sólo superficialmente, a manera de peine, repitiendo la despaciosa maniobra mientras repartía su vista entre la mía y mis cabellos. Una sonrisa leve adornaba sus labios y nada dije, ni en ese momento ni a nadie más, ni siquiera a mi entrañable César… hasta el momento en que hoy  rememoro este  instante en que  al pensarlo, aún  recibo la maravillosa resonancia de sensaciones incompatibles, incomparables a todas las que recibiera en mi vida de adolescente y adultez. No sé qué explicación dar a la hermosa calidez de la imborrable  experiencia ¿síndrome de la primera vez? No creo, no sé,  no quiero saberlo.

Ah, sí. Su nombre es Milagros Ulloa, la dulce niña, mi compañera de tercer curso. Y contando quien esto escribe, ya  con una tercera descendencia  en ciernes, en mis adentramientos envejecientes, dondequiera que estés te agradezco y envío besos con la parte aún fresca  de mis mustios labios, y te veo y te veré siempre en tu hermosura original con el corazón palpitante del niño que aún soy y que está dentro y retoza cuando escucha  ‘El Reloj´ de Lucho Gatica, canción con que desde aquel domingo te recuerdo Milagros. El reloj  sigue marchando para todos, pero en ese rinconcito de mi memoria,  en esta esquina del corazón  que todos tenemos, las horas no pasan, el reloj detuvo su camino, hasta tanto nuestro Padre y Creador, nos una como niños a todos los que deseamos estar en su Kindergarten… para jugar y amarnos por siempre.