La bondad también construye instituciones
Responsabilidad social corporativa y valores éticos en el ámbito empresarial dominicano
Esta semana fui a visitar a José Mármol y salí de nuestro encuentro con esa sensación que dejan las buenas conversaciones: uno llega para hablar de proyectos concretos y termina pensando en asuntos mucho más profundos. Conversamos sobre ciudadanía, sobre la Liga Nacional de Debates, sobre el Sistema Nacional de Deliberación y Ciudadanía, sobre los jóvenes y sobre la necesidad de recuperar el diálogo como una capacidad democrática. Pero hubo una idea que continuó acompañándome después de despedirnos: la economía de la bondad.
Conozco al ejecutivo y al intelectual. Esta vez, sin embargo, me interesó particularmente el ser humano que existe detrás de ambos. José pertenece a esa poco frecuente categoría de personas capaces de habitar mundos que solemos mantener separados. Es poeta y ensayista, pero también ejecutivo. Ha dedicado buena parte de su vida profesional a la comunicación, la reputación y la responsabilidad empresarial, y una parte esencial de su vida intelectual a las palabras, las ideas y los libros. Que la Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2026 esté dedicada a su trayectoria literaria e intelectual tiene, por eso, un significado que trasciende el reconocimiento: habla de una vida en la que pensar, leer y escribir nunca han sido actividades periféricas.
No es un dato menor. Podemos desempeñar durante décadas responsabilidades importantes y acumular reconocimientos profesionales. Pero que un país celebre a alguien por los libros que ha escrito y por las ideas que ha puesto en circulación significa algo diferente. Los cargos cuentan una parte de nuestra biografía; aquello que hemos leído, pensado y escrito suele revelar una parte mucho más íntima de quienes somos.
Quizás por eso nuestra conversación pudo desplazarse con tanta naturalidad desde la economía hacia la ciudadanía y desde la empresa hacia la deliberación. José me habló de la economía de la bondad no como ingenuidad ni como sustitución de la eficiencia, sino como una manera de volver a colocar a la persona dentro de decisiones que muchas veces terminamos reduciendo a cifras e indicadores. Mientras lo escuchaba pensé que esa idea tenía mucho que decir también sobre la institucionalidad.
La expresión, además, ya había comenzado a adquirir para mí un significado personal. Algunas mañanas, mientras llevo a mi hijo Enrique al colegio, escuchamos juntos la canción Economía de la bondad. La hemos convertido en uno de esos pequeños espacios de conversación entre padre e hijo que comienzan con una canción y terminan hablando de la vida. Le pregunto qué significa ser bueno cuando nadie nos está mirando, por qué ayudar a alguien no nos hace más débiles o qué cosas hacen realmente valiosa a una persona. Y escuchándolo responder desde la sencillez de sus años he vuelto a comprender algo elemental: los valores no se transmiten solamente explicándolos; se forman conversándolos, observándolos y practicándolos.
No voy a atribuirle a Enrique una frase que no recuerdo literalmente. Tampoco hace falta. Lo importante de aquellas conversaciones es lo que ocurre cuando un niño intenta responder preguntas que los adultos hemos complicado durante siglos. Nosotros construimos teorías, modelos económicos y sistemas institucionales; ellos todavía conservan una intuición mucho más directa: que importa cómo tratamos a los demás. Por eso, cuando José pronunció frente a mí aquellas mismas palabras —economía de la bondad—, ya no escuché solamente una idea vinculada al mundo empresarial. Pensé en aquellas mañanas con Enrique. Pensé en educación. Pensé en ciudadanía. Y pensé que quizás una de las preguntas importantes para cualquier sociedad no sea solamente cuánto somos capaces de producir, sino qué clase de personas estamos formando mientras producimos.
La bondad puede parecer una palabra extraña dentro de una conversación sobre instituciones. Estamos acostumbrados a hablar de eficiencia, legalidad, productividad, procedimientos, competencias y resultados. Y debemos seguir haciéndolo. Pero una institución puede cumplir rigurosamente un procedimiento y, aun así, olvidar a la persona que está frente a ella. Puede alcanzar indicadores y no generar confianza. Puede ser técnicamente correcta y humanamente distante.
Nuestra Constitución ofrece una clave para resolver esa aparente contradicción cuando coloca la dignidad humana en el centro de nuestro ordenamiento y organiza al Estado para la protección real y efectiva de los derechos fundamentales. Eficiencia y humanidad, entonces, no deberían presentarse como alternativas. Un Estado que funciona tiene que ser eficiente precisamente porque sirve a personas, y tiene que ser humano precisamente porque administra derechos, necesidades y expectativas de personas.
Mientras conversábamos pensé que algo parecido ocurre con el diálogo. Durante años hemos tratado el debate como si su propósito principal fuera derrotar intelectualmente al otro. En demasiados espacios públicos hemos terminado confundiendo argumentar con descalificar y firmeza con incapacidad para escuchar. La deliberación democrática parte de una premisa diferente: puedo defender profundamente una idea y reconocer, al mismo tiempo, que quien piensa distinto conserva exactamente la misma dignidad que yo.
Ahí encontré el punto de encuentro entre la economía de la bondad y los proyectos que fui a compartir con José. La Liga Nacional de Debates no debería limitarse a formar jóvenes capaces de hablar bien o ganar una discusión. Aspira a algo más difícil y duradero: formar ciudadanos capaces de investigar, pensar, argumentar, escuchar y disentir sin destruir al otro. El Sistema Nacional de Deliberación y Ciudadanía parte de una convicción complementaria: una democracia no se fortalece solamente porque las personas puedan votar periódicamente, sino porque desarrollen capacidades para encontrarse, discutir problemas comunes y construir acuerdos aun cuando comiencen desde posiciones diferentes.
Entonces comprendí que estábamos hablando, desde lugares distintos, de una preocupación semejante: reconocer al otro. La bondad necesita ese reconocimiento. La deliberación también.
No se trata de imaginar una sociedad sin conflictos. Las democracias están llenas de intereses, diferencias y desacuerdos legítimos. Se trata de aprender a procesarlos sin convertir a quien piensa distinto en enemigo. Esa capacidad constituye una forma de capital social tan importante como muchas infraestructuras físicas. Una sociedad donde existe confianza, cooperación y disposición para construir acuerdos dispone de mejores herramientas para resolver problemas que ningún individuo, empresa o institución puede solucionar por separado.
Y esas capacidades no aparecen espontáneamente al llegar a la edad adulta. Se forman en la familia, en la escuela, en la universidad, en la comunidad, en las empresas y en las instituciones. Se forman también leyendo.
La lectura realiza silenciosamente uno de los ejercicios de convivencia más extraordinarios que conozco: nos permite entrar durante unas páginas en la conciencia de alguien que no somos nosotros. Una novela nos obliga a mirar desde otros ojos; un ensayo nos enfrenta con un razonamiento diferente; un poema puede conseguir que sintamos algo cuya existencia desconocíamos. Leer es, en cierta manera, practicar la alteridad.
Quizás ahí entendí mejor a José Mármol. No creo que sea casual que alguien que ha dedicado una parte sustancial de su vida a las palabras termine hablando de bondad. Quien lee durante muchos años descubre inevitablemente la complejidad humana. Aprende que pocas personas caben completamente dentro de una etiqueta y que detrás de las decisiones existen historias, aspiraciones, temores y contradicciones. Los libros no garantizan mejores seres humanos, pero pueden ampliar nuestra capacidad para imaginar la vida desde el lugar del otro.
Por eso me alegra especialmente el reconocimiento que recibe José en la Feria del Libro. No solamente porque celebra una obra literaria. También porque coloca frente a muchos jóvenes una trayectoria que demuestra que no existe una contradicción inevitable entre pensamiento y gestión, entre sensibilidad y eficiencia, entre poesía y empresa. Se puede participar de las grandes decisiones económicas y continuar haciéndose preguntas sobre el ser humano.
Salí de nuestra conversación pensando precisamente en los jóvenes que quisiera ver debatiendo en las universidades dominicanas. No quisiera que aprendieran solamente técnicas para ganar una discusión. Quisiera que descubrieran algo más importante: escuchar no significa rendirse, cambiar de opinión no significa perder y reconocer una buena razón en quien piensa distinto es una demostración de inteligencia, no de debilidad.
Si conseguimos formar una generación con esas capacidades, habremos hecho algo mayor que organizar debates. Estaremos construyendo ciudadanía. Y si conseguimos que nuestras empresas, universidades, comunidades e instituciones comprendan que eficiencia, productividad y competencia pueden convivir con empatía, cooperación y dignidad, estaremos construyendo algo todavía más importante: confianza.
De mi encuentro con José Mármol me llevo, por eso, mucho más que una conversación sobre proyectos. Me llevo el valor de una conversación que quisiera continuar durante muchos años y una idea sobre la cual quiero seguir pensando. Tal vez hemos dedicado demasiado tiempo a preguntarnos cómo construir instituciones más fuertes y demasiado poco a preguntarnos qué clase de seres humanos necesitamos dentro de ellas.
Las instituciones necesitan normas, procedimientos, tecnología, recursos y buenos sistemas de gestión. Pero detrás de cada una siempre habrá personas tomando decisiones que afectan a otras personas. Es allí donde la bondad deja de ser una palabra ingenua para convertirse en algo mucho más exigente: una forma de reconocer la dignidad del otro y actuar en consecuencia.
Quizás por eso los libros, el diálogo, la educación, la empresa responsable y las buenas instituciones terminan encontrándose en un mismo lugar: todos pueden enseñarnos a reconocer que existe alguien al otro lado de nuestra propia mirada. José me hizo volver sobre esa idea desde la reflexión; Enrique me ayuda a descubrirla desde la sencillez de nuestras conversaciones camino al colegio.
De una conversación entre amigos y de esas mañanas de padre e hijo me queda, finalmente, la misma pregunta: ¿qué país podríamos construir si además de preocuparnos por formar mejores profesionales, empresas más productivas e instituciones más eficientes nos ocupáramos deliberadamente de formar personas capaces de reconocer la dignidad del otro?
Tal vez la respuesta comience por algo tan sencillo y tan difícil como eso: aprender a escuchar, aprender a encontrarnos y no perder la bondad mientras construimos progreso.
Gracias, José, por la conversación, por los libros y por una idea que seguirá acompañándome. Y gracias a Enrique porque, sin saberlo, nuestras conversaciones camino al colegio me recuerdan que el país que tendremos mañana también se está formando en esas pequeñas conversaciones de hoy.
Vamos por lo que nos une. Hoy nos une la economía de la bondad.