Del “Monumento a la Paz” al “Monumento a los Héroes de la Restauración”

Cuando la historia recupera lo suyo

Un homenaje consagrado a los próceres de la Restauración. (DIARIO LIBRE/Archivo)

Santiago de los Treinta Caballeros no es simplemente una ciudad que crece. Es una ciudad que recuerda. Y en su horizonte, sobre el Cerro del Castillo, se alza una obra que ha visto pasar más de ocho décadas de cambios, esperanzas y, sobre todo, de transformación. Lo que hoy conocemos como Monumento a los Héroes de la Restauración no nació con ese nombre. Su historia es la historia de cómo un pueblo puede tomar un símbolo levantado para exaltar a un solo hombre y convertirlo en patrimonio de todos.

Una obra nacida bajo el signo de la dictadura

La primera piedra se colocó el 30 de abril de 1944, en medio de las celebraciones por el centenario de la Independencia Nacional. El proyecto fue encomendado al arquitecto Henry Gazón Bona, mayor del Ejército, quien concibió una torre de estilo neoclásico, con inspiración grecorromana, que se elevaría unos 70 metros sobre el valle del Cibao . La construcción, supervisada por el ingeniero Mauricio Álvarez Perelló y el constructor Julio César Menicucci Rodríguez, empleó mármol de canteras de Samaná y concreto reforzado.

Su escalera de 365 peldaños no fue casual: cada escalón representaba, según la propaganda oficial, un día del año bajo el “cuidado” del gobernante. La obra tardó casi una década en completarse. Su inauguración oficial tuvo lugar el 30 de septiembre de 1953, con el nombre de Monumento a la Paz de Trujillo.

Esa “paz” que proclamaba el nombre era, en realidad, el silencio impuesto por la represión. Desde su altura dominante, el monumento podía verse desde casi cualquier rincón de Santiago: una presencia visual permanente, un recordatorio de que el régimen lo vigilaba todo. En su interior, el pintor español exiliado José Vela Zanetti realizó 18 murales entre 1952 y 1953. Una de esas obras —donde un hombre rompe cadenas— desagradó tanto a Trujillo que, según la tradición, casi no asistió a la inauguración. Sin saberlo, el artista había pintado, con años de antelación, la imagen del cambio que vendría.

El 30 de mayo y el debate que transformó la piedra

Cuando el 30 de mayo de 1961 cayó el régimen, el país se enfrentó a una pregunta inevitable: ¿qué hacer con todas aquellas obras que habían sido erigidas para glorificar al dictador? Algunas voces pidieron derribarlas. Otras entendieron algo más profundo: no hay que destruir la piedra, hay que cambiar su significado.

El debate se resolvió mediante la Ley 5724, aprobada por el Congreso Nacional el 7 de noviembre de 1961, que rebautizó el monumento con el nombre que lleva hoy: Monumento a los Héroes de la Restauración . La estatua ecuestre de Trujillo fue retirada. El lugar dejó de hablar de un solo hombre para hablar de miles.

Donde se honra a quienes devolvieron la soberanía

El cambio fue mucho más que una placa nueva. El monumento pasó a consagrar la memoria de la Guerra de la Restauración de 1863–1865: aquella gesta en la que dominicanos de todas las regiones, y especialmente del Cibao, se levantaron contra la anexión a España para recuperar la independencia.

Allí se recuerda a Gregorio Luperón, el joven que encendió la llama en Capotillo; a Gaspar Polanco, quien comandó el ejército restaurador; a Benito Monción, cuya valentía en el campo de batalla se volvió leyenda; y a cientos de hombres y mujeres sin nombre que dieron todo por la patria. Santiago, ciudad que fue escenario decisivo de esa guerra, se convirtió así en el guardián de su memoria.

Los murales de Vela Zanetti, conservados y restaurados —el Ministerio de Cultura inició trabajos sobre ocho de ellos en 2024— dejaron de ser decoración para convertirse en relato de la nación: los Padres de la Patria, la Batalla del 30 de Marzo, el pueblo rompiendo cadenas, la educación como bandera. El edificio que un día simbolizó el poder de uno, hoy narra la historia de todos.

Lección de piedra y memoria

Hoy, quien sube esos 365 peldaños no llega a rendir pleitesía a un gobernante. Llega a comprender el precio de la libertad. Desde la cima se ve una ciudad dinámica, moderna, que avanza. Y el monumento permanece, silencioso pero elocuente, enseñando una lección que ningún gobernante debería olvidar: los símbolos no pertenecen a quien los levanta, sino a quien los hereda.

Trujillo creó este monumento para que su nombre fuera eterno. La historia dispuso que fuera la libertad la que quedara inmortalizada. Donde hubo culto a una persona, hoy hay homenaje a un pueblo. Donde hubo propaganda, hoy hay memoria. Donde hubo una paz impuesta, hoy hay la paz que se construye con la verdad.

Esa es la verdadera grandeza de esta obra: no está hecha solo de mármol y concreto. Está hecha de la capacidad de una nación para mirar su pasado, reconocerlo y transformarlo. Porque el monumento más alto no es el que mide metros hacia el cielo. Es el que une a los ciudadanos bajo un mismo propósito. Y ese, finalmente, es el que perdura.