El inglés ya está en la agenda; ahora falta que empiece a tiempo
PISA 2025 y los datos que el propio país reportó a la OCDE señalan dónde puede darse el próximo salto
Hay una manera sencilla de medir cuánto ha madurado la conversación educativa dominicana: hace unas décadas el debate era cuántos niños estaban en la escuela; hoy es qué competencias necesitarán para trabajar, innovar y ejercer una ciudadanía plena en la economía del conocimiento. Los resultados de PISA 2025, conocidos recientemente, hablan de matemáticas, lectura y ciencias. En 2027 hablarán, por primera vez, del inglés de nuestros adolescentes, porque la República Dominicana decidió participar también en esa evaluación, una apertura a medirse que merece reconocerse. Es una buena ocasión para sumar a la conversación una convicción sencilla: la preparación para ese mundo empieza mucho antes de lo que solemos pensar.
El inglés abre hoy puertas más grandes que un empleo en una zona franca o una beca en el exterior, aunque también las abre. La propia OCDE, en el marco de su primera prueba de inglés, lo reconoce como lengua franca de la ciencia; y es también, cada vez más, el idioma en que se crea la tecnología y en que se entrenan los sistemas de inteligencia artificial que ya están cambiando la forma de trabajar. Los países no ganan esa competencia por su tamaño, sino por el talento de su gente, y el inglés es parte de la infraestructura de ese talento. Como toda infraestructura, se levanta desde los cimientos: la infancia.
Las cifras de PISA merecen leerse con franqueza y sin alarmismo. De cada cien jóvenes dominicanos de quince años, unos nueve alcanzan el nivel básico en matemáticas, veintitrés en lectura y veintiséis en ciencias. El país mejoró entre 2018 y 2022 y se mantuvo en 2025: un avance que conviene consolidar. Y hay en esas cifras una pista sobre el inglés: si veintitrés de cada cien comprenden bien lo que leen en español, no esperemos que comprendan lo que leen en otro idioma. Leer es una sola competencia, en cualquier lengua. El reto no es solo enseñar inglés, sino desarrollar la comprensión lectora y el pensamiento crítico que lo hacen posible; las dos cosas crecen juntas.
Un segundo documento, menos conocido, completa el cuadro con la información que el propio país reportó. En mayo pasado la OCDE publicó lo que 58 sistemas educativos respondieron sobre cómo enseñan inglés en la escuela pública. El inglés obligatorio empieza aquí a los nueve años, cuando en la mitad de los países empieza a los siete o antes; Polonia lo inicia a los tres. La meta a los quince años es el nivel A2, una de las más modestas de la tabla, mientras Grecia y Uruguay se proponen B2, el nivel que permite leer un artículo de prensa y defender una opinión. No existe todavía una prueba estandarizada de inglés antes del bachillerato. Y a los profesores de secundaria se les pide B2 cuando la mayoría de los sistemas pide C1, una brecha que dice menos sobre la vocación de cada docente y más sobre la necesidad de sostener la inversión en su formación.
En resumen, y con los datos que el país mismo aportó: empezamos más tarde que la mayoría, nos fijamos una meta más modesta, aún no medimos en el camino y pedimos a nuestros docentes menos que la mayoría de los sistemas. Ninguno de esos cuatro factores depende del bolsillo de las familias; los cuatro dependen de decisiones de política pública que el país está en condiciones de tomar. No son un balance de lo que ha fallado, sino un mapa de por dónde puede darse el próximo salto, y el primer punto de ese mapa es la edad en que un niño dominicano escucha inglés por primera vez en su escuela.
Ese punto es también el más sensible. El niño que crece en un hogar con recursos suele aprender inglés desde pequeño; el que crece en un hogar humilde lo encuentra más tarde y en dosis más pequeñas. La geografía apunta en la misma dirección: el índice de Education First —una prueba voluntaria por internet, no una medición de la OCDE, pero indicativa— muestra más de cien puntos de diferencia entre un adulto de Santo Domingo y uno de San Cristóbal o de El Valle. El inglés, como tantos otros indicadores de superación, depende demasiado de dónde se nace y se vive. Esa desigualdad no es de hoy ni es solo del idioma, pero el idioma la refuerza. Llevar inglés de calidad a la escuela pública desde los primeros grados es darle a cada familia, sin importar su bolsillo ni su provincia, la misma llave para las mismas puertas.
La ciencia del aprendizaje da una respuesta y una advertencia. La respuesta: los primeros años son una etapa privilegiada para adquirir idiomas; a esa edad los niños no estudian una lengua, la absorben jugando, cantando, escuchando cuentos. La advertencia: empezar temprano solo rinde si se sostiene con intensidad, metas ambiciosas y medición a lo largo del camino. Una hora suelta a la semana no aprovecha ninguna ventana; y quien empieza tarde puede compensar con más horas y más exigencia, apoyándose en lo que ya sabe leer y razonar en su lengua.
PISA aporta un dato más que toca de cerca a las familias: solo la mitad de los estudiantes dominicanos dice que sus padres les preguntan cada semana qué hicieron en la escuela; hace tres años eran casi dos de cada tres. Más que desinterés, esa cifra refleja probablemente las presiones de tiempo y trabajo de muchos hogares; la mencionamos porque esa pregunta es la palanca más barata y más poderosa que existe.
En el Instituto Cultural Domínico Americano —el Domínico, como lo llaman tantas familias— enseñamos inglés desde 1947. Sabemos que una institución que enseña inglés opina aquí sobre inglés; por eso este artículo se apoya en datos públicos y no en los nuestros, y por eso lo que sigue no es una oferta, sino una lectura abierta a la discusión. Nuestra experiencia indica que el inglés se aprende bien cuando se aprende por etapas: en el Nivel Inicial, a través del juego, las canciones y los cuentos; en la Primaria, leyendo y escribiendo en los dos idiomas a la vez, lo que fortalece el español en lugar de confundirlo; en la Secundaria, usándolo para aprender ciencias, tecnología y cultura; y al terminar el Bachillerato, con un nivel de salida —que corresponderá al país definir, y que otros sistemas fijan en B2— que permita estudiar, trabajar y competir en igualdad de condiciones. No proponemos una asignatura más: proponemos conversar sobre el perfil del dominicano que el país va a necesitar.
Para que ese camino sea posible, ponemos sobre la mesa tres elementos para la conversación abierta sobre la transformación de la Educación, conscientes de que ninguno depende de una sola institución. Primero, metas claras por etapa, medidas con estándares internacionales y con al menos una prueba antes del bachillerato, para que cada familia sepa qué nivel debe alcanzar su hijo al terminar cada ciclo. Segundo, apoyar a los maestros y maestras de inglés con formación seria, certificación y acompañamiento, porque ningún sistema educativo avanza más rápido que sus docentes. Tercero, constancia: un niño que empieza inglés a los tres años lo consolida a los dieciocho, y ese camino de quince años necesita un compromiso de Estado que trascienda los períodos de gobierno.
No hablamos de un sueño imposible. Costa Rica, con un nivel de desarrollo comparable al nuestro, empieza el inglés obligatorio a los siete años y aplica su primera prueba estandarizada a los once, según los mismos datos de la OCDE, y lo hace sobre una base lectora más sólida: sus estudiantes obtienen mejores resultados en las pruebas PISA de lectura y ciencias, lo que confirma que ambas competencias avanzan juntas. Finlandia y Singapur tomaron caminos parecidos hace más tiempo y coinciden en lo esencial: empezaron temprano, sostuvieron el esfuerzo, cuidaron a sus maestros y midieron. Nada de eso está fuera de nuestro alcance.
La República Dominicana ya demostró que sabe llevar a sus niños a la escuela y mantenerlos en ella más años que nunca. El siguiente paso es decidir qué van a encontrar cuando entren, y a qué edad. El ICDA pone sus casi ocho décadas junto a las familias dominicanas a disposición de las autoridades, el profesorado y la comunidad educativa, como uno más entre los muchos actores que ya trabajan en esta agenda. Desde nuestra Universidad Domínico Americana (UNICDA), que acaba de cumplir 25 años, aportamos a esa misma agenda formando a los profesionales —y a los docentes— que el país necesitará en los próximos años. Porque el inglés de nuestros hijos no es un lujo: es una de las herencias más valiosas que podemos dejarles, y una de las pocas que valen más cuanto antes se empiezan a construir.